
Expresión en carne viva
Por Ariel Mlynarzewicz Para La Nación Buenos Aires, 2009
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La obra de Francis Bacon marcó definitivamente a pintores de varias generaciones. Nos marcó. Las fotografías de su taller desordenado, como una trinchera; los restos de los sucesivos combates en ese espacio de intimidad están en sus telas. Pintó cuadros como testigos de su vida, desde la primera hasta la última pincelada. Bacon es el gran pintor del siglo XX, y no se puede reducir a categorías. Encontró una nueva forma de devolver la realidad, mucho más potente que el simple realismo, sin declamaciones ni falsos altruismos. Profundo y compulsivo, tomó como principal herramienta la vigilancia del instinto, atrapando el momento fugaz, como si pintar fuera una apuesta con cientos de intentos fallidos antes de dar en el blanco. Pintó el espacio del dolor, la soledad y el abandono. El pincel va hacia terrenos inquisitorios y, al mismo tiempo, construye espacios de rigor compositivo que, como decía Shitao (el gran paisajista chino del siglo XVII) le sirven "para salvar el alma del caos." El espacio definido por el color y sus proporciones; esos planos amarillos, naranjas, esos rosados, malvas, salmones, verdes y azules ordenados con una inmensa maestría para expresar lo que dice y, además, otra cosa.
El autor es artista


