Fantasmas evanescentes

Clemént Rosset dedicó un breve y poético estudio a aquellos objetos que se cree ver aunque no sean perceptibles, ya sea porque no existen o porque no están presentes
Matías Serra Bradford
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27 de junio de 2014  

Cualquier escritor, por no hablar de un filósofo, pervive en el umbral mismo de la visibilidad. La circulación de su obra y su nombre son un espejismo -el reconocimiento tiene algo irreal- que el propietario se encarga de pulir como un lente. Es una suerte -una alegría- que en los últimos años el nombre del filósofo francés Clément Rosset haya ganado presencia en lengua castellana. La invisibilidad es parte de un puñado de materias a las que Rosset vuelve obsesivamente y a las que parece no tener sentido darles fin. Con una formidable atención en el instante de la escritura, Rosset sigue la lógica fatal de un razonamiento, y en él, la persecución de una línea de pensamiento se convierte en un estilo. La reiteración y las variaciones le dan a la prosa de Rosset un aire musical. A su vez, con cada relectura el lector ve más nítido, como quien se va a acostumbrando a la luz cuando viene de la oscuridad.

De este lado de lo visible Rosset encontró, como todo gran filósofo, su tema -lo real-, que va tejiendo y destejiendo en un mismo libro y de un libro al siguiente. En Lo real y su doble apunta: "El presente es justamente aquello que no es percibido, invisible, insoportable". Lo que se vuelve invisible, para quienes lo niegan -sobran los medios, sobran los ejemplos-, es lo real. En sus pacientes embestidas contra la negación de la realidad, lo subrayado por Rosset tiene validez en diversos terrenos, como el político, con más frecuencia de lo que se creería. La precocidad de su lucidez -el mecanismo de sus inferencias estaba allí desde el principio, cuando redactó La filosofía trágica a los veinte años- ha ido de la mano de un sentido común implacable. Sorprende la velocidad con que a un concepto lo da vuelta como a un guante. Alguien que despliega sus argumentos con semejante claridad le hace creer al lector que rápidamente podrá pensar como él. Al igual que con un novelista, con Rosset la mente y el espíritu viajan a lugares a los que no podrían haber llegado por su cuenta. El autor de El mundo y sus remedios es también un creador: está pensando cuando está escribiendo. (El lector no será el primero en descubrir lo cerca que siempre ha estado cierta filosofía de la poesía.)

Esta breve serie de estudios sobre lo invisible trata de "los objetos que creemos ver aun cuando no sean perceptibles de ninguna manera porque no existen y/o no están presentes (como un rostro ausente en una pieza iluminada)". Variantes sobre la tensión entre la realidad y la conjetura: la cara que le imaginamos a una voz, o la voz que le imaginamos a una cara, o bien la cara que le imaginamos a un pianista cuya cara nunca conocimos. Asimismo, Rosset se enfrenta a lo que se supone que debería verse y no se ve, como un significado en la música, que nunca lo tiene. Perteneciente a la familia de la sombra, el eco y el reflejo -asuntos que Rosset exploró en más de una oportunidad-, lo invisible tiene mil caras y ninguna: "Es sabido que media una distancia entre lo que el prestigio de un nombre puede hacer presagiar, ya se trate del nombre de un lugar o de una persona, y aquello que el primer contacto real con los mismos lugares y personas ofrece a la percepción? Siempre hay menos en la duquesa de Guermantes que en el nombre de la duquesa de Guermantes, menos en la ciudad de Balbec que en el nombre Balbec, menos en el cumplimiento del amor que en su espera". El autor de Lógica de lo peor no deja afuera la invisibilidad de Dios. Ya en El objeto singular declaraba: "La autoridad de todo Mesías consiste en su ausencia o, más bien, en el pensamiento tranquilizador de que su presencia permanece y permanecerá por venir". Pero más difícil de abordar que una divinidad es la propia persona: "Hay una última persona que nunca reconocemos porque es constantemente invisible, y es evidentemente uno mismo". En referencia a grabaciones y retratos, explica: "Uno no se reconoce en absoluto en esa clase de reproducciones: mi voz suena falsa en mis oídos, así como me desconcierta mi fotografía". En Lejos de mí lo definió como "el yo, ese gran misterio inútil".

El tono levemente irreverente de Rosset nunca le escapa a la tentación de una broma; de allí su afición por el Tintín de Hergé, las narraciones de Marcel Aymé o los cuadros de Goya. Acerca del Coco -"el cuco"- del pintor español comenta: "Esa invisibilidad que los niños se asustan de ver, o de estar a punto de ver, contribuye a aumentar la angustia: si algo da miedo cuando no lo vemos, ¿qué pasará cuando lo veamos?". Ya en otra parte había discurrido sobre el miedo en el cine: "El simple hecho de la invisibilidad -y de la noche- puede bastar para provocar el miedo: todo lo que es invisible es virtualmente temible". Hay algo de ilusionista en la facilidad estilística del propio Rosset, algo de artesano temprano de la cinematografía, como lo hay en el sujeto del último ensayo de Lo invisible , el novelista Raymond Roussel, ejemplo supremo de "la acrobacia literaria que en resumen consiste en hacer algo de la nada". Con un libro de Rosset, el temor ante lo invisible, ante lo real o ante los fantasmas de la filosofía se esfuman, como las cantidades evanescentes de Newton, que se van haciendo más y más pequeñas hasta desaparecer por completo.

Lo invisible

Clément Rosset

El Cuenco de Plata

Trad.: Silvio Mattoni

76 páginas

$128

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