
“Farmear aura”, de la calle al diccionario: cuándo una expresión deja de ser una moda y entra en la academia
La frase circula entre adolescentes y se multiplica en las redes sociales en videos y memes; del argot propio de una generación atravesada por Internet y los videojuegos a los torneos públicos en plazas
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Hay un territorio incierto entre la moda y la permanencia de una palabra. Allí, los lingüistas esperan que el tiempo haga su trabajo, mientras buscan señales que mitiguen la angustia silenciosa de los lexicógrafos.
“Farmear aura” acaba de entrar en ese territorio. La expresión circula entre adolescentes, se multiplica en las redes y designa, con el lenguaje propio de una generación atravesada por Internet y los videojuegos, conductas que hasta hace poco podían nombrarse de otra manera. Su expansión parece evidente. Su futuro, sin embargo, no.
Aquí, allá, en todas partes
Una palabra puede estar en todas partes y no llegar a ninguna parte. Puede ser por meses contraseña de pertenencia, pasar de los videos a las conversaciones, saltar de una comunidad a otra y, sin embargo, desaparecer cuando la generación que la puso en circulación encuentre otra manera de decir lo mismo. O puede hacer el recorrido contrario: desprenderse de su grupo de origen, atravesar edades, regiones y sectores sociales y terminar instalada en el habla cotidiana.
Ese destino es imposible de vaticinarse cuando la palabra está naciendo.
“Para que un término se quede, esa expresión tiene que salir de ese ámbito privativo, argótico, y empezar a extenderse en varios factores: perdurar en la línea de tiempo, tener vitalidad y existencia a lo largo de una cantidad de años, es decir que no sea efímero”, explica a LA NACION Andrea Bohrn, docente e investigadora de la Universidad Nacional de General Sarmiento, miembro de la Academia Porteña del Lunfardo y docente de Gramática de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
El concepto que utiliza Bohrn es el de argot: un repertorio de palabras propio de un grupo social determinado, que puede estar definido por la edad, una disciplina, una actividad o determinados intereses culturales. El nacimiento de una palabra no es, entonces, extraordinario. Lo excepcional es que consiga escapar de ese primer territorio.
“Para que pase al uso general tiene que salir de ese ámbito argótico y extenderse”, dice.
La extensión tiene varias dimensiones. Una palabra debe resistir el paso del tiempo, pero también ampliar su geografía y sus interlocutores, además de alcanzar distintos puntos del país, diferentes sectores urbanos, edades y grupos sociales. No es necesario que todos la utilicen. Basta con que, al menos, puedan reconocerla, comprenderla.
“Bondi tiene ese alcance. Quizás no todos la usan los usuarios, pero si la reciben la pueden decodificar o producir”, explica.
El contraste con las redes sociales es revelador. Los usuarios perciben una velocidad casi instantánea, pero los lingüistas necesitan años. Una tendencia puede instalar una expresión en cuestión de días; determinar si esa expresión forma parte de una transformación duradera, exige otra escala temporal.
Pero las redes no son solamente una fábrica de anglicismos. También aceleran la circulación de palabras regionales, resignificaciones y juegos lingüísticos. Bohrn señala, por ejemplo, la paranomasia, la sustitución de una palabra por otra a partir de una semejanza fonológica.
En el Río de la Plata, “champú” puede aparecer como sustitución humorística de “champán”. Y destaca que está presente en la canción Fernet, de Quevedo y Rey. Un procedimiento nacido dentro de una comunidad puede, bajo determinadas circunstancias, atravesar sus fronteras, señala.
“Para los lingüistas, establecer que una palabra llegó para quedarse no es trabajo de un año. Se hace a lo largo de sucesivos años”, dice Bohrn. Ese desfasaje explica buena parte de la incertidumbre. Mientras una palabra parece conquistar el lenguaje cotidiano, los especialistas todavía no saben si están frente a una innovación lingüística o ante un fenómeno de temporada.
“Manzana” fue, en algún momento, una expresión utilizada con ironía. Parecía tener posibilidades de prosperar. No lo hizo. Tuvimos que esperar a ver cómo iba permaneciendo o no para dar cuenta de si era un terminó que iba a quedarse”, ejemplificó. El tiempo es uno de los primeros filtros; la juventud, uno de sus laboratorios.
Cada generación crea palabras para reconocerse, para distinguirse de otras generaciones y para nombrar experiencias nuevas. Pero esa misma función puede condenarlas a desaparecer cuando cambia la edad de quienes las utilizan.

“Cada generación es joven en algún momento. Habrá un grupo de palabras que envejecerán con ese grupo”, advierte. Los lingüistas llaman cronolecto a esa dimensión etaria de la lengua, son las palabras que usamos porque tenemos determinada edad.
También destacada los mecanismos semejantes, antes y ahora, del lunfardo tradicional. En el pasado, se han creado a partir de algunos términos, apellidos ficticios que designaban actitudes. Como “Fayutelli”, que viene de fayuto. Hoy pueden aparecer en nombres propios transformados en categorías: “Mili”, “Pili”, “Tincho”. También están las palabras que cambian de sentido. “Turro”, señala Bohrn, tuvo originalmente un sentido muy despectivo y puede aparecer hoy como una expresión identitaria. “Wacho” puede funcionar de manera semejante, sin que necesariamente conserve una carga peyorativa.
La angustia del lexicógrafo
Santiago Kalinovski, académico de número y director del Departamento de Lingüística y Filología del Departamento de Letras, lo plantea desde el otro extremo del proceso: antes de que un diccionario pueda registrar una palabra, primero tiene que existir una comunidad que la sostenga.
“Tiene que pasar que los hablantes la incorporen, que se asiente”, señala. La frase contiene una de las dificultades centrales del trabajo lexicográfico. Los especialistas pueden detectar una palabra, documentar su significado, establecer su categoría gramatical y rastrear sus apariciones. Pero el paso decisivo no depende de ellos.
“Un poco esa es la angustia del lexicógrafo: documentar significados, categoría gramatical, todo ese trabajo, que al final depende de que la comunidad lingüística siga usando la palabra”, explica.
Las redes, además, no producen un único lenguaje juvenil. Hay comunidades gamer, grupos vinculados a determinadas músicas, fandoms y comunidades de creadores de contenido. “No todos los jóvenes hablan igual ni forman mismo grupo ni tienen mismos intereses.
“Lore”, por ejemplo, tiene una historia anterior a Internet: proviene de lenguas germánicas y está relacionada con aquello que se sabe o se conoce. “De ahí la palabra folclore”, remarca Kalinovski.
En los videojuegos adquirió otro recorrido. “Empezó en juegos de red, en mundos creados. Es la historia de algo que aparece en los juegos. El ‘lore’ de una espada, de un objeto del juego, por ejemplo”, explica.
El experto apunta que una de las señales de que una palabra está avanzando es que deja de necesitar explicación. “Lore” está, para Kalinovski, entre las palabras en carrera para asentarse. Lo mismo ocurre con “farmear”, adaptación del inglés que incorpora morfología española. “‘Farmear’ podría entrar. Siempre en infinitivo o gerundio”, aclara.
“Ahre” hizo el camino inverso, no quedo asociada a una generación, persistió, pero sólo se la asocia con ciertas manifestaciones de habla juvenil, dice. “Pareció que tenía una función suficientemente estable como para sobrevivir: marcar ironía. Sin embargo, su uso comenzó a retroceder. Se tenía la hipótesis de que el contexto, la necesidad que venía a cumplir, era la de marcar algo como irónico”, explica. Pero la palabra quedó así suspendida en ese territorio que precede al diccionario: suficientemente documentada como para que los especialistas tengan que tomarla en cuenta, pero demasiado incierta como para garantizarle un lugar permanente.
También destaca palabras castellanizadas del inglés que tienen la capacidad de dar una precisión que la palabra que se supone que ya existe y la designa, no tanto. Es el caso de “mutear”. “En el mundo digital significa silenciar, pero su adaptación al español permite nuevos matices. Porque silenciar puede ser algo más moral, de censurar. No tiene el sentido técnico que puede tener ‘mutear’, que resulta rendidor para los hablantes”, admite.
El procedimiento interesa especialmente a los lexicógrafos, porque la palabra ya no aparece simplemente importada de otra lengua. “Se toma del inglés y, cuando se le incorpora morfología española, eso lo miramos para que entre al diccionario”, anticipa.
Moda o transformación
La pregunta es cómo distinguir, en medio de ese flujo, una moda de una transformación.
Kalinovski intentó responderla recurriendo a algo que los diccionarios siempre necesitaron: datos. Durante una investigación realizada junto con el Laboratorio de Inteligencia Artificial de la UBA, su equipo trabajó con un corpus de X (exTwitter) de más de 1.200 millones de palabras producidas en la Argentina. “De ese modo podíamos aislar 5.000 palabras de regiones”, cuenta, lamentando que ese estudio se vio interrumpido a partir del cierre de Twitter tal como se lo conocía.
La intención era detectar, mediante métricas de frecuencia y extensión, palabras que los métodos tradicionales podían pasar por alto. “Descubrimos muchas palabras asentadas que no habíamos detectado”, cuenta.
Entre ellas aparecieron usos regionales como “manso”, utilizado en Mendoza como intensificador —“manso cansancio”—, o “asado”, que en la región de Cuyo puede significar exhausto: “Qué asado estoy”. También apareció “angaú”, un guaranismo utilizado en Corrientes. “‘Angaú’ es un guaranismo; no la teníamos y la pudimos incorporar a partir de esa recopilación”, cuenta.
El experimento mostró algo que parece obvio pero que durante mucho tiempo fue difícil de medir: la lengua cotidiana es mucho más grande que la lengua que llega a la literatura.
Las primeras ediciones de los diccionarios argentinos se apoyaban fuertemente en textos literarios. Pero una conversación o una comunidad digital pueden producir formas con una vitalidad que nunca aparece en un libro.
“¿Qué pasa con las palabras que tienen una gran vitalidad y que no están registradas? Ese énfasis en lo literario es problemático porque la lengua es mucho más ancha que el espesor que termina entrando en la literatura”, concede Kalinovski.
Con el cierre de Twitter de su acceso a su API (Interfaz de Programación de Aplicaciones), desapareció una de las herramientas que permitían observar sistemáticamente una parte de ese lenguaje, lamenta Kalinovski. “No hay fuentes de datos lingüísticos que se puedan consultar”, explica.
El diccionario llega después
El diccionario no es el lugar donde una palabra empieza a existir. Es el lugar donde, después de un proceso de observación y selección, queda registrada.
Existe una representación del diccionario como un tesoro completo de la lengua, pero Andrea Bohrn advierte que se trata de una construcción humana: cada repertorio responde a determinados criterios, objetivos y públicos.
“Hay una representación que las personas tienen de los diccionarios como el tesoro lingüístico, el acervo acabado de una lengua. Lo cierto es que son libros hechos por personas que toman en cuenta criterios”, recuerda.
Una palabra puede tener millones de apariciones y todavía no ser candidata segura para un diccionario. No existe una fórmula que permita predecirlo. Quizá por eso el trabajo del lexicógrafo no es tanto construir un inventario, sino como tomar una fotografía en movimiento. Cuando una expresión parece consolidada, puede comenzar a desaparecer. Es el territorio donde las palabras compiten por sobrevivir. Si no entran, no es porque alguien decida que no lo merece. Primero tiene que conseguir algo más difícil: que los hablantes decidan seguir usándola.


