Feria del Libro, una explícita tribuna kirchnerista

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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10 de mayo de 2019  • 21:03

Nadie puede dudar de que la presentación de Sinceramente, la efusión confesional y política de Cristina Fernández de Kirchner, fue, antes que un acontecimiento literario, un acto abiertamente político con aires de lanzamiento de campaña, con militantes, antiguos funcionarios y actores en la primera fila.

Es cierto que la expresidenta quiso hablar como "escritora", entusiasmada por contar la experiencia para ella "alucinante" de escribir un libro y por acertar -según contó- con la "palabra perfecta". Pero esa sola pretensión de estilo no alcanza para explicar el fulminante éxito de ventas de su libro, del que nadie duda tampoco.

En cambio, uno puede permitirse dudar, con toda justicia, de la pertinencia de que María Teresa Carbano, la presidenta de la Fundación El Libro, participara como anfitriona exaltada de la presentación. "Recibimos con enorme satisfacción que la autora de Sinceramente haya privilegiado la Feria del Libro para presentar este verdadero suceso editorial, que contrasta con la difícil situación que atraviesa nuestro sector", dijo Carbano. Conmovida y con gestualidad condescendiente ante la líder, prodigó sonrisas, risas y suspiros. Pero Carbano no fue generosa solamente en mohínes y simpatía. Contó además que, antes del acto, le preguntaron qué haría si el público empezaba a cantar consignas partidarias. "Y., me quedo callada", siguió, festejada por la militancia.

En una especie de toma de catch, Carbano hizo una "doble nelson" televisada (con pantallas y redes) en la que entregó institucionalmente en bandeja la Feria del Libro al kirchnerismo y, en el mismo movimiento, insistió en los reclamos del sector editorial, los mismos con los que había consentido el premeditado escrache al secretario de Cultura, Pablo Avelluto, esa noche en la que varios de los asistentes hicieron la performance de darle la espalda en señal de repudio e impedirle el uso de la palabra.Por si quedara alguna duda, la cuenta de Twitter de la Feria del Libro escribió: "CFK presentó 'Sinceramente' en una Feria del Libro colmada y unida en un grito: ´Cristina Presidenta'"

Respecto de las palabras de Carbano, sobrevuela entrelíneas la interpretación de que, para la directora de la Fundación, el éxito del libro de Cristina Kirchner le dio respiración artificial a una industria asfixiada por la crisis. No sabemos si Carbano confía en que hay allí un ejemplo en pequeña escala -una módica- de lo que la líder podría hacer si volviera a la presidencia. Cristina retribuyó la gentileza con una hermandad en el poder: "Autora y presidenta [de la Fundación], eso está bueno". Pero no hagamos conjeturas. Lo único que sabemos es que Cristina se celebró a sí misma como escritora: inusitada perseguidora de la "palabra perfecta", una vez más, como si fuera Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, en la búsqueda de le mot juste, "la palabra justa".

Afortunadamente, la Feria del Libro es una especie de ágora en la que, cada año, dominan los temas de debate público. No tendría por qué no serlo, dado que, por buenas razones, ya nadie cree que la literatura (ni los libros en general) deba habitar en una torre de marfil. Resultaba previsible, y en cierto modo deseable, que, en un año electoral, la Feria fuera una modesta caja de resonancia de lo que sucede puertas afuera de la Rural. Para Carbano, el debate es bienvenido. Lo es para todos, sobre eso no hay discusión.

Pero lo que sucedió anteayer no fue ni de lejos un debate. Fue una celebración política partidaria amparada por las autoridades que organizan la Feria.

Para justificar su activa asistencia en la presentación de Sinceramente, a Carbano la asiste el respeto a la investidura de un expresidente. Sin embargo, Cristina Kirchner no es Bill Clinton ni George W. Bush, ambos retirados de la política electoralista. Aunque no haya anunciado su candidatura, Cristina está en campaña -lo sabemos de sobra- y cualquiera que quiera ignorarlo es por lo menos ingenuo o distraído. Llegado el caso, lo mismo valdría para el presidente Mauricio Macri (claro que no sabemos cómo habría sido un libro suyo), con la diferencia cualitativa de que él -también en campaña, cierto- es todavía el presidente en ejercicio, y eso implicaría una obligación protocolar.

Lamentablemente, la militancia y la división sustituyeron los protocolos. Lejos de ser una impostura, el protocolo es una señal de convivencia. La Feria omite esos protocolos, se ubica al margen, protegida por el escudo intelectual, que no obstante no defiende en otros frentes.

La Feria "vende" amplitud, pero como dijo el periodista Sergio Suppo, la Feria juega con dados cargados. O mejor dicho: juega con cartas marcadas.

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