
Frida Kahlo: la vida despuésde la muerte
En una sala de hospital, uno de los tantos que el dolor la obligó a frecuentar a largo de su torturada y sin embargo plena vida, Frida Kahlo no sólo constató, una vez más -como si hiciera falta- los límites miserables del cuerpo sino también la libertad abismante de su propia alma. En una sala de un hospital de Nueva York, en 1946, Frida Kahlo volvió a descubrir el amor. Tenía 39 años y la pasión por Diego Rivera permanecía intacta, pero alguien más aparecía: el artista español, republicano y exiliado, Josep Bartolí.
Por los resabios de este amor, que no era desconocido en la biografía de la artista, Frida Kahlo volvió a ser noticia hace algunos días, cuando el lote de veinticinco cartas que le envió a Bartolí entre 1946 y 1949 (se presume que Frida pudo haber destruido las respuestas de él, por prudencia) fue subastado, justamente en la ciudad que los unió, por el precio de 137.000 dólares.
Frida firmaba sus cartas como Mara (probablemente, por Maravillosa) y, precavida, le pedía a su enamorado que firmara con el nombre de Sonja: Diego toleraba las aventuras de su esposa con mujeres pero no con otros varones. Sin embargo, la relación con Bartolí parece haber sido más profunda. Según la correspondencia subastada, el díscolo republicano habría inspirado a Frida, quien menciona haber pintado el autorretrato Árbol de la esperanza mantente firme en una jornada de fragorosa labor motivada por la evocación de Bartolí.
Estos días, también desde Nueva York, llegó otra noticia. El Jardín Botánico de esa cuidad recrea, en una exposición, el estudio y el jardín que Kahlo y Rivera compartieron en su Casa Azul.
La persona pública que de Frida ha quedado para la historia encarna a la perfección el clisé de la mujer atada a los ciclos de la sangre, la oscuridad y la fuerza fértil de la tierra, la exuberancia vegetal de la naturaleza, la locura. Y desde ese lugar simbólico sigue ejerciendo una atracción que excede el poder de su pintura.
Una puerta de entrada a los últimos años de la vida de Frida se encuentra en sus diarios comprendidos entre 1944 y 1954, cuando murió. Allí, entre dibujos urgentes que son estallidos de color, de energía y de desesperación, Frida escribía, con letra infantil, su amor por Diego, sus temores y sus esperanzas. También su irrefrenable apego a la vida, así y terrible como le tocó vivirla. "Nada vale más que la risa. Es fuerza reír y abandonarse, ser ligero. La tragedia es lo más ridículo que tiene el hombre. Pero estoy segura de que los animales, aunque sufren, no exhiben su pena en teatros abiertos o cerrados (los hogares). Y su dolor es más cierto que cualquier imagen que pueda cada hombre representar o sentir dolorosa". Tal vez en esa esperanza lúcida radique, también, su magnetismo sin mella, más allá de los arrebatos fetichistas.
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