Fronteras porosas
Hay un dato que se le escapó al politólogo Alain Touraine cuando afirmó días atrás que "la Argentina es un país de consumo, pero no de producción y trabajo". La mirada sesgada del francés que nos ubicó al borde del precipicio ignora, por ejemplo, el increíble desarrollo de la actividad cultural, que en la Argentina de los últimos años ha rebasado los cauces de la educación formal para instalarse en espacios de límites más imprecisos que la estructura tradicional del ámbito académico.
Gran parte de los artistas de los noventa, una década que merece ser recordada por algo más que la fallida convertibilidad, se formó en talleres de otros artistas, al amparo de proyectos privados de fenomenal repercusión como fueron las Becas Kuitca de la Fundación Antorchas. Por esa fragua experimental pasaron artistas notables, que producen y trabajan con seriedad, como el rosarino Daniel García.
Más recientemente, el programa Trama-Fundación Espigas alentó proyectos jóvenes. Acotada en lo económico, esta iniciativa mostró una libertad enorme en la amplitud de los contenidos, capturando el espíritu multidisciplinario que es un signo de estos tiempos.
En el interior el país, ha sido paradigmático el caso de Tucumán. La incorporación de cambios en la currícula y la apertura hacia nuevos discursos definió el perfil del Taller C, impulsado por Marcos Figueroa y Carlota Beltrame desde la UNT. De allí salieron tipos geniales, como Sandro Pereira, el artista que sacó chapa de popularidad en la última Arte BA.
La Fundación Proa y el Fondo Nacional de las Artes hicieron punta cuando alentaron la formación de curadores -palabra que era un intríngulis para la gran mayoría-, y organizaron un seminario con especialistas del Guggenheim de Nueva York.
Este corrimiento hacia otras fronteras de la formación y la información, que despuntó el Centro Rojas de Gumier Meier, tuvo su correlato en la vida de la ciudad cuando el frenesí del mix-cultural se apoderó de Palermo y su ampliación hollywoodense. Esos locales donde se mezcla música, arte, gastronomía y moda son híbridos como la hora que nos toca vivir, y expresan de la mejor manera una tendencia que captó antes la educación informal que el ámbito académico.





