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“Mi vida ha sido un fusil cargado”, escribió Emily Dickinson en 1863. Ella era el arma, y su furia interior, la bala que nunca disparó. Pero en una sola frase se encapsulan la desesperación y la rabia que, ahora, han sido recuperadas por una nueva generación de escritoras, como Gillian Flynn, Ottessa Moshfegh o Chelsea G. Summers, cuyas obras pueden englobarse en un género literario del que se están escribiendo aun sus primeras páginas y que se populariza con las etiquetas anglosajonas de feminine fury o female rage (furia femenina o rabia femenina).
