Guerreros furiosos
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Desde épocas remotas, los sabios trazan una línea entre las personas que pueden controlar sus emociones y las que no. En particular, por supuesto, apuntan a la ira, pero hay otras. Mantener la serenidad frente a lo que nos causa miedo, por ejemplo, es la definición clásica de la valentía. En el rincón opuesto está el dejarse arrastrar por el pánico. Esto nunca tuvo y difícilmente alguna vez vaya a tener buena prensa. La cobardía y, todavía más, la cobardía desbocada son siempre mal vistas. ¡Pero la ira, ay, cómo se pone de moda cada tanto! Existen varias razones, pero una es clara. Cuando todavía no habíamos aprendido a resolver las diferencias por otro medio que la violencia, la ira era, en el campo de batalla, tácticamente más conveniente que la cobardía. Y era también mejor que la moderación, el diálogo o cualquiera de las muchas formas que la civilización desarrolló para que la sangre, literalmente, no llegara al río. Los berserkers, guerreros nórdicos que peleaban en un trance furioso, son un ejemplo arquetípico. Hay muchos otros.
Así, cada tanto, la ira recupera su resplandor rancio y cautiva con la promesa de una victoria definitiva y gloriosa. Pero la violencia no conduce sino a más violencia. Dato: los berserkers fueron declarados ilegales en Islandia en el año 1015.
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