
Hacia una ética planetaria
¿EN QUE CREEN LOS QUE CREEN? Por Umberto Eco y Carlo María Martini (Planeta) - 166 páginas - ($ 15) CINCO ESCRITOS MORALES Por Umberto Eco (Barcelona, Lumen) - 141 páginas - ($ 11)
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EL debate en torno a los valores religiosos ha vuelto a despertar el interés de la filosofía. Se diría que el eclipse de Dios, diagnosticado por Martin Buber en 1951, va llegando a su fin. Por cierto, a ello ha contribuido el auge de los fundamentalismos casi tanto como el lento pero venturoso ensanchamiento del diálogo interconfesional. De uno u otro modo, el tema de la fe se impone nuevamente y su trascendencia -palpable en Heidegger, evidente en Levinas- gana la calle con un ímpetu que no es ajeno al debate público. Así lo prueban la resonancia lograda por las más recientes propuestas de Gianni Vattimo, Reyes Mate yVincenzo Vitiello, las ideas que Eugenio Trías ha volcado particularmente en su Pensar la religión y la innegable repercusión que en Europa tuvo y tiene este diálogo entre Umberto Eco y el arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini, En qué creen los que no creen (Planeta).
Tanto ese libro escrito en colaboración como Cinco escritos morales (Lumen) guardan entre sí parentesco notorio. A tal punto ello es así que uno de los escritos morales fue cómodamente extraído de las páginas de ¿En qué creen los que no creen? Desde esta perspectiva, los textos que componen Cinco escritos... acusan cierto grado de dependencia en relación a la obra compuesta con Martini, cosa que se hace aún más evidente después de leer ambos libros. Con todo lo que tienen de atractivo, los Cinco escritos... denotan su origen más inorgánico. Son exposiciones sobre la guerra, el fascismo en la actualidad y el drama de los emigrados, que Eco fue realizando a través del tiempo y a las que, finalmente, les dio un destino bibliográfico común. Pero es sobre todo en la obra que lo tiene como co-autor donde encontramos mejor asentadas las ideas que Eco despliega con previsible solvencia en la bella edición que Lumen consagró a las piezas morales.
En 1995, la revista italiana Liberal convocó a Martini y a Eco (así se nombran ellos en las cartas, sin mayor formalidad ni pompa) para que entablaran un debate en torno a la ética en el fin del milenio. Con ese debate, que la revista haría público, se aspiraba a difundir los puntos de vista de dos figuras de relieve situadas en escenarios distintos. Por un lado, los de un laico, reconocido entre los autores de mayor prestigio intelectual; por otro, los de un hombre de fe en quien la Iglesia encuentra una de sus voces más ricas y autorizadas. Le dan vida ocho cartas, cuatro de cada parte, escritas entre marzo de 1995 y enero de 1996, y lo complementa un apéndice en el que dos filósofos, dos periodistas y dos políticos italianos amplían y enriquecen el debate.
Las ocho cartas intercambiadas entre Martini y Eco impresionan por su transparencia, por la buena fe y la probidad que acusan una y otra vez, por el hondo respeto recíproco, la indeclinable inteligencia y la emoción con que están escritas. El humor no falta y ningún convencionalismo empaña la discusión. Eco y Martini se miran a los ojos y se interrogan con lealtad y sin vacilaciones. La discusión, como ya dije, gira en torno a los cimientos de la ética. El propósito es el de contribuir a un acercamiento entre laicos y religiosos, capaz de redundar en un esfuerzo mancomundado en favor de la vida humana y de una vida más humana. Ni Eco ni Martini pretenden enseñar, adoctrinar ni promover la imposición de certezas inamovibles. Sólo aspiran a darse a entender y, por sobre todo, a tratar de entender la perspectiva desde la cual habla el otro. Los dos autores coinciden en la idea de que, en la raíz de toda incomprensión, alientan malentendidos que deben superarse.
La fuente de posibles suspicacias recíprocas es lo primero que Eco y Martini exponen y desbaratan. De tal modo queda despejado el terreno para que irrumpan las preguntas fundamentales. Entre ellas, una es decisiva: ¿Es posible encontrar fundamento a una ética que exprese valores universales, comunes a todos los hombres? ¿Qué sustento -se pregunta Martini- puede brindar a una ética semejante el pensamiento laico? Y si ese fundamento no reviste carácter absoluto, ¿cómo puede el laico, sin renunciar a la ética, promover el recíproco entendimiento y el indispensable respeto entre los hombres en un mundo como el nuestro, que clama por justicia y fraternidad? La ley secular, ¿no es siempre relativa? ¿No está ella condicionada culturalmente, acechada por la fragilidad de las costumbres, acosada por las arbitrariedades partidarias o la sed ilimitada de poder? ¿Cómo, en suma, es posible prescindir de Dios si se quiere afincar en principios perdurables el valor sagrado de la persona?
Eco responderá a Martini que una ética laica, provista de atributos universales, es perfectamente posible. Pero antes de exponer los principios que la conforman y remitir a sus condiciones de posibilidad, le recuerda a Martini que no hay garantías contra lo que la religión llama el pecado, por más trascendente y absoluto que pueda resultar el fundamento del que se disponga. A veces, señala el escritor, se cuenta con una justificación última para el ideal del bien común y sin embargo, se procede a sabiendas contra él. En nombre del Dios del amor se ha perseguido, se ha torturado y se ha subestimado sin remordimiento y de mil modos al prójimo.
Para justificar el concepto de ética laica, Eco propone reconocer la existencia de ciertas "nociones elementales comunes a la especie humana que pueden ser expresadas en todas las lenguas". Eco las llama universales semánticos. Esas nociones remiten a necesidades compartidas por todos los hombres, y van desde las imposiciones corporales más básicas hasta el placer del diálogo, el afecto por un prójimo, el amor a los hijos o el dolor por la pérdida de una persona amada. Según Eco, estos universales semánticos son indispensables para establecer las bases de una ética planetaria. Respetarlos equivale a respetar, primariamente, la corporalidad ajena en tanto expresa necesidades que se reconocen como propias y entre las que luego se incluyen, por supuesto, el derecho a hablar y pensar sin más restricciones que las que uno puede autoimponerse. La ética nace, pues, del deseo de no verse afectado por la privación de derechos que se estiman igualmente indispensables para los demás. La propuesta de Eco no rebasa el plano inmanente, intrahumano. Arranca del reconocimiento del cuerpo propio y de sus necesidades, y se remonta hacia el otro, hacia el prójimo, entendido como alguien involucrado en ese mismo derecho que nos asiste y cuya mirada nos confirma o destituye como alguien significativo. Su planteo es resueltamente interaccional, pero no por ello (y curiosamente) se autoconsidera irreligioso o arreligioso, en la medida en que le confiere centralidad a la noción de lo vinculante.
Hacia el final de la correspondencia, se advierte que ni Eco ni Martini se muestran desalentados por los márgenes irreconciliables que puedan subsistir entre una ética laica y otra trascendente. A ambos, en cambio, se los ve estimulados por la posibilidad de efectuar ese salto osado, imaginativo y valeroso hacia la comprensión de la otra ética como indispensable para el otro hombre que no es uno. En la viabilidad de ese salto descansa la fecundidad de la colaboración recíproca entre laicos y religiosos en el terreno propicio a una humanidad menos expuesta a la soledad, a la violencia, a la injusticia.
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