Historia de dos amigos
El autor de El nombre de la rosa ha escrito una narración sobre la amistad, de la que se publica un fragmento, con unidad propia, en forma de carta a un viejo compañero de escuela. En su misiva, el narrador responde a un mensaje de su camarada y rival en los tiempos del colegio y recuerda la competencia que los enfrentaba
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"No, no, de ninguna manera. En esta historia de rivalidad, querido amigo, yo llevo un punto de ventaja: mi memoria histórica es más organizada que la tuya. Yo soy Funes el Memorioso. La Bellini aquí nada tiene que ver. Todos nos disputábamos su Gracia, pero la nuestra era como una corte de amor: angelical ella, asexuados nosotros. Digo que la virtud era tanta que el "Bonum" era "effusivum sui", y no disminuía al difundirse con igual fuerza entre cada uno de sus Fieles. Era como una tensión, pero no había lucha alguna por la posesión. Tampoco era cuestión de primeros promedios, porque si bien lo recuerdas, en ese sexto grado éramos al menos cuatro. La Bellini le daba a cada uno su parte y nosotros estábamos más que satisfechos.
Es cierto que competíamos en las composiciones: yo estaba acomplejado porque tú eras lírico, elegíaco y pastoril; yo, cómico y menipeo. Yo sufría por el solo hecho de que frecuentaras los géneros nobles y quizás todavía hoy escribo lo que escribo y como lo escribo para convencer al mundo de que la mezcla de géneros y estilos o satura lanx es tan sublime como esos antiguos poemas elegíacos que llamamos epicedios. Quizás (pero aquí mi memoria falla) sufrías por no tener la habilidad obscena de mis crónicas, pero -confirmo- todo esto formaba parte de un juego y el cimiento era el cemento de la amistad y de su sabor. He dicho.
La verdadera historia es otra, y se fundaba sobre sólidos caracteres tipológicos. Tú monógamo y yo polígamo. Ya en quinto grado (en dos cursos distintos y conocidos los unos y los otros no sólo por contigüidad sino también por clara fama) paseabas por Piazza Genova con tu mamá mientras Enzo te seguía siempre como un sicario. A mí me mirabas con desprecio porque me juntaba con chicos maleducados de distintas extracciones sociales y porque conducía bandas que se escondían en los refugios antiaéreos excavados cerca de la fuente. Una tarde, en esa misma fuente, habíamos encontrado un tesoro, un collar de piedras de amaranto olvidado quizás por alguna muchachita que por las noches, en ese reducto, se dedicaba a seducir a los soldados y depositaba en el hueco de un cable sus tesoros minerales para ofrecer a cambio, libres de incrustaciones, los suyos, del todo naturales.
Un día me detuviste -Enzo estaba detrás de ti- y con un dedo levantaste mi solapa y el cuello de mi remera-camisa-saco y me dijiste amenazante: "Primero el Terror de Piazza Genova, después los Leones Negros, y ahora ¿cuál será la próxima banda?" Y te fuiste, dejándome atónito, pues me había dado cuenta de que mi gloria no era por cierto universal.
Poco tiempo después me volviste a sorprender, porque con un comportamiento más civilizado te acercaste y me preguntaste si quería unirme a ti y a Enzo para formar una nueva banda. Y a partir de entonces comenzó nuestro trato cotidiano. Espero que recuerdes, por cierto, la conflictiva dinámica de nuestros juegos, la cual puede llegar a ser importante para tu psicoanalista: no olvides el solipsismo de nuestras tramas ni el cotidiano debate final. Cuando imaginábamos una historia para ser representada por nosotros mismos, ninguno de los dos concedía que el otro hubiese comprendido lo que uno había pensado; cada uno incluía en sus respectivos planes narrativos la reacción del otro, quien a su vez, rebelde, construía contemporáneamente un nuevo curso de los acontecimientos. En resumen, cada uno imaginaba que el otro caería en trampas banales. Pero el juego debía tener un vencedor y un vencido, de manera que en la historia que al final cada uno había pergeñado -immutable la estructura actancial- se invertía el rol actoral y los desenlaces se volvían inconciliables. Eran situaciones que hoy por hoy sabríamos resolver sin dificultad, pero no entonces. No sé si has notado, mon cher collégue et ami , cómo ese mismo esquema explica nuestro recíproco comportamiento de los últimos cuarenta años. Observa cuán extremadamente útiles resultan los estudios semiológicos para el crecimiento moral y civil de la humanidad.
Durante una de esas historias (no recuerdo si habíamos comenzado sexto grado), yo había tramado -por irreprimible exigencia novelesca- un motín, que en caso favorable debía otorgarme la plena dirección del juego y en caso desfavorable debía concederme definitivamente la libertad, a causa -supongo- de la presunta dificultad de convivencia de dos gallos en un mismo gallinero. Y es por esa razón que un día me tomaste por asalto junto a Enzo, diciéndome, con palabras por cierto nobilísimas, que una decisión de ese tipo no te la esperabas de mi parte.
Aquí me vuelve a fallar la memoria (es también a causa de este horrible avance de la arterioesclerosis que escribo estas líneas como testimonio futuro): ya no recuerdo cómo terminó esa confrontación. Sé, por lo menos, que como quiera que haya terminado, nosotros seguimos, felices y beatos, molestando a la pobre Cecilia.
Por otra parte, nuestra relación estaba hecha de pequeños desafíos. Tú leías la Jerusalén liberada , y yo para llevarte la contra una Década de Tito Livio (o más bien comprábamos los libros y los ostentábamos), aunque también puede ser que si yo tenía el Morgante de Pulci, tú traías el Orlando Furioso .
El primer episodio preocupante comienza en sexto grado, cuando, siéndote infiel, yo di pruebas de mi tendencia a la poligamia, aceptando una invitación de Beppe, Giorgio y Giancarlo para ir a casa de Beppe con el pretexto de ir a hacer los deberes. Una vez en su casa, en cambio, nos entreteníamos con la gallina que él tenía como animal doméstico, la famosa Rosita Cocorita, viuda de don Cocó. No fui una sola vez, sino varias, y no dejaste de venir cuando te llamé, aunque me hiciste notar que, desde que yo frecuentaba otras compañías, no me necesitabas.
También esta vez nos amigamos y decidimos comenzar a rendir servicios a Don B. durante la misa: habíamos entrado en una fase mística. La tuya era mucho más fuerte que la mía, estabas escribiendo poesías en las que ostentabas fervorosamente tu teobulimia.
Después los dos sufrimos mi traslado a Nizza Monferrato -tú, creo, te fuiste a Quattrocascine- y un día de ese mismo año nos encontramos en bicicleta en el empalme de Incisa Scappacino, donde nos saludamos y nos despedimos con un fuerte abrazo viril con que, por lo que recuerdo, estaríamos imitando a algún modelo cinematográfico, sin que esto invalidara el gesto espontáneo que surgía desde adentro.
El drama comienza en el otoño de 1945. No sólo habíamos crecido, no sé tú con quién, pero yo me había fortalecido en compañía de toscos campesinos y había empezado a ostentar pasiones por las historietas y libros policiales, pero sobre todo me había inscripto en la Asociación de San Francisco. Y a esa altura, la distancia entre mi poligamia pro-comunitaria y colectivista, y tu aristocrática amistad monogámica se había vuelto insalvable. Sólo te podías fiar de Enzo. Yo, además, había vuelto a frecuentar a Beppe y a Giorgio.
Intentamos volver a sentarnos juntos en el mismo banco, pero al regreso de unas vacaciones me confirmaste que tarde o temprano te sentarías con Berti, hoy un notable representante de productos farmacéuticos. Y aquí otra vez me falla la memoria. Porque si no tuviera que jurarlo, diría que hicimos el cuarto año en una sede improvisada del colegio, como tantos después de la guerra, entre Via San Lorenzo y Via San Giacomo della Vittoria. Después volvimos al Plana para hacer quinto año, y fue allí donde te sentaste con Berti. Si en cambio recuerdas haber dado los exámenes de quinto en otra parte, el traslado al Plana tuvo lugar a mitad del cuarto año, y sólo entonces te sentaste con Berti, para luego partir definitivamente. Nos saludamos con afectuosa cordialidad, pero en realidad había sucedido algo trágico. Yo había perdido tu estima y me esforzaba por pensar que eras un hijo de puta. Después, en los años sesenta, volví a encontrar tus huellas (¿esa carta que recibí sobre unos cargos universitarios era tuya?). A comienzos de los años setenta, G.D. me dijo que eras su colega en aquella remotísima universidad. Cuando le comenté que "éramos compañeros de escuela y competíamos para ver quién escribía la composición más linda", el infame me respondió: "como ves, él tiene una cátedra y tú todavía no", sonriendo atrozmente porque él había ganado la cátedra que yo mismo había perdido.
En fin, me dije, si yo sé dónde está, él sabe dónde estoy. Si no aparece, es porque no tiene ganas de verme. Que se vaya a cagar. Lo ves: otra vez el razonamiento solipsista siempre en acción.
En fin, no será El Gran Meaulnes , pero es siempre una bella historia, densa de parábolas agraciadas, verdades morales, finezas de manual y, sobre todo, una historia articulada sólidamente por las leyes narratológicas. Gianni (ahora no me vas a decir que no lo recuerdas) está preparando para la primavera una nueva cena con todos los del tercero A, en la que intervendrán al menos diez de los que estaban con la Bellini. Ya te van a informar y, si quieres, vas a poder regresar a las Madres Oscuras. Brindis, canciones de época y chistes del servicio militar. Fíjate qué quieres hacer. Tengo un amigo que, antes que una regresión de esa naturaleza, prefiere una hepatitis viral."
Esta correspondencia siguió su curso varios meses. En ese lapso nos echamos en cara punto por punto aquellos episodios en los que ninguno de los dos había dejado de pensar durante cuarenta años. O quizás nos los habíamos olvidado, y poniéndolos por escrito volvían a nuestra memoria. Así, volviendo yo a conquistar a mi amigo y él al suyo, recuperamos nuestra infancia y nuestra adolescencia.
Después nos dejamos de escribir, señal de que el procedimiento había dado sus resultados psicoanalíticos. Ahora nos vemos con frecuencia en nuestras respectivas casas de campo o en algún congreso. Aunque a veces el tema no nos interese, ambos asistimos para darnos una palmada en la espalda y para hablar de cualquier cosa.
La nuestra fue y es una hermosa amistad. Pero quizás haya madurado y haya tenido sus momentos más intensos en esos cuarenta años de silencio.



