
Historia de una amistad inquebrantable
Con carácter póstumo, Emecé publicará Lavalle y Carril , un trabajo de gran interés histórico en el que el autor se propuso contar la controvertida vida de quien fue su bisabuelo. La obra, de la que ofrecemos dos fragmentos sobre el papel que le cupo a Salvador María del Carril en el fusilamiento del coronel Dorrego, quedó inconclusa.
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EL general Juan Lavalle y el Dr. Salvador María del Carril eran casi de la misma edad. Pero, en rigor, Lavalle, que nació en Buenos Aires, el 17 de octubre de 1797, era mayor que Carril, nacido en San Juan de la Frontera el 5 de agosto de 1798. Los separó la enorme distancia geográfica que media entre Buenos Aires y los Andes y los diferentes rumbos que tomaron sus vidas. Dedicado desde temprana edad a la carrera de las armas, Lavalle estuvo largos años ausente del país, empeñado en la guerra por la Independencia. Sólo cuando ambos habían cumplido treinta años de edad, con motivo de la revolución de 1828 y el fusilamiento de Dorrego, sus caminos se encontraron. La amistad que desarrollaron desde entonces fue inquebrantable, a pesar de las duras contingencias y desgracias que debieron afrontar.
Según la versión más generalizada y aceptada como verdad histórica, las fuerzas del Ejército que volvieron a Buenos Aires después de la guerra con el Brasil se sublevaron el día 1º de diciembre de 1828, al mando del general Lavalle, y depusieron al gobernador de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego. El partido unitario, en el que tenía influencia preponderante el Dr. del Carril, decidió que Dorrego debía ser fusilado. Carril escribió con este motivo cinco cartas a Lavalle, aconsejando el fusilamiento.
El día 13 de diciembre del año citado Dorrego fue fusilado por orden del general Lavalle, "por mi orden" dice la comunicación dirigida al ministro Díaz Vélez. Pero la versión histórica a la que me refiero sostiene que la responsabilidad del hecho incumbe, en primer término, a Carril, que habría sido el instigador y principal responsable de la muerte de Dorrego.
No hay duda de que Carril creyó y sostuvo en ese momento que Dorrego debía ser fusilado, opinión que expuso crudamente por escrito, sin reticencia alguna, afrontando la plena responsabilidad de sus actos. Pero la consideración objetiva de los hechos, sin ideas preconcebidas, muestra que las cosas no fueron tan simples. Si hubiera de admitirse como verdad histórica incontrastable que la opinión de Carril, expresada en sus cartas, fue el motivo determinante del fusilamiento de Dorrego, habría que convenir en que el 1º de diciembre de 1828 Carril era un hombre todopoderoso en la Argentina, al extremo de que podía decidir cuestiones tan graves como ordenar el fusilamiento del gobernador de Buenos Aires. O habría que concluir que el general Lavalle padecía de una debilidad de carácter tan seria que le indujo a aceptar y ejecutar decisiones ajenas como si fueran propias.
Claro es que ninguna de estas dos hipótesis es cierta en forma absoluta. (...) Pero advierto desde ya que he escrito las páginas que siguen sin propósito alguno de polémica, ni con los panegiristas de Lavalle, ni con sus adversarios, ni con los detractores de Carril, que son legión. (...)
He titulado este libro Historia viva porque he eliminado, hasta donde fue posible, los juicios y observaciones personales, reemplazándolos por la transcripción directa y textual de los documentos, especialmente las cartas de Dorrego y el deán Funes al general Bolívar, las de Lord Ponsonby, y las de Carril a Lavalle de los años 1828 y 1829, con las citas bibliográficas correspondientes, de manera que puedan ser consultados por quienes tengan interés en hacerlo.
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Mucho se ha hablado del arrepentimiento de Lavalle por haber fusilado a Dorrego. Según una memoria de Jacinto R. Peña, citada por Carranza, en el año 1839 cuando Lavalle se encontraba en Corrientes organizando el ejército que debía emprender la cruzada libertadora contra Rosas, delante de un grupo numeroso de oficiales preguntó: "¿Saben ustedes qué día es hoy?... Hoy es 13 de diciembre, aniversario del fusilamiento del coronel Dorrego por mi orden... Señores, ¿qué significa este por mi orden, de un mozo valiente de treinta años, que por disponer de 500 lanzas, atropella las instituciones para quitar del medio al primer magistrado, al capitán general de una provincia?...Ah señores... los hombres de casaca negra, ellos, ellos, con sus luces y su experiencia me precipitaron en ese camino, haciéndome entender que la anarquía que devoraba a la gran República, presa del caudillaje bárbaro, era obra exclusiva de Dorrego".
Las anécdotas que se transmiten oralmente tienen generalmente como base un hecho cierto, pero son deformadas por la memoria de quienes las van repitiendo. No era propio del general Lavalle calificarse a sí mismo de mozo valiente y eludir la responsabilidad de sus actos militares, buscando excusas después de tantos años frente a tantos extraños. Pero admitamos que la anécdota sea cierta en todos sus detalles. Es evidente que Lavalle no se refirió en ella para nada al Dr. Salvador María del Carril, que tenía la misma edad que él, treinta años en 1828, y nunca usó casaca negra. En todo caso, ambos jóvenes, Lavalle y Carril, uno fusilando a Dorrego, el otro escribiendo, como lo dijo Carril en su carta del 20 de diciembre, habrán sido influenciados en sus ideas por los hombres de mayor edad y experiencia a los que alude Lavalle. Por lo demás, como se verá en el lugar oportuno de este libro, en 1839 cuando Lavalle habría dicho las palabras que se le atribuyen, seguía manteniendo con Carril, que estaba a su lado en el Ejército, la amistad que había iniciado en 1828.
El general Tomás de Iriarte en diversas oportunidades se refirió al estado de ánimo y las reflexiones que habría formulado el general Lavalle durante la Campaña del Ejército Libertador en el año 1840 cuando en los últimos días del mes de agosto pasó la noche en la estancia de Almeida, en el mismo lugar donde fue fusilado Dorrego. En sus Memorias dice que Lavalle le habló muchas veces sobre la ejecución de Dorrego: "Me hicieron cometer un crimen: yo era muy joven entonces, no tenía reflexión, y creí de veras que hacía un servicio a la causa pública. Mucho me costó firmar la sentencia, me enfermé, porque yo amaba mucho a Dorrego, le tenía inclinación. Pero es cierto también que cargué solo con la responsabilidad, hasta en esto creí contraer un mérito, y por eso lo publiqué". Después continuaba. "Es preciso mirar por la familia de Dorrego cuando entremos en Buenos Aires: he de asegurar su bienestar futuro".
No necesito repetir que con estas expresiones el general Lavalle no aludió para nada a Carril. Precisamente, en el año 1840, cuando se aproximaba a la estancia de Almeida, Lavalle envió a Carril, que se encontraba en el puerto de San Pedro, provincia de Buenos Aires, en su carácter de intendente del Ejército, una carta impartiéndole órdenes que implicaron una demostración de confianza y de amistad inalterables, que conservo original en mi archivo. La carta dice así:
"En marcha, Agosto 22/840
"Querido amigo.
"Con motivo de una advertencia importantísima que tengo que hacerle, le vuelvo a acusar recibo de la correspondencia que Carranza me entregó esta madrugada. La de Corrientes no la he podido abrir aún y la restante apenas la he ojeado.
"Es preciso que todo individuo, sin excepción alguna , que venga de Corrientes con destino al ejército o al territorio que nos obedece, lo detenga V. a bordo, incomunicado con destreza, y me dé cuenta. Toda correspondencia del mismo destino, sin exceptuar la que venga para mí, consérvela V. en su poder hasta que yo se la pida, abriendo la del gobierno o del general Paz y avisándome lo importante como noticia positiva, que en teniendo ese signo ya yo sé el origen.
"La que remití para el Sr. Martigny es pidiéndole que emplee esta vez todos sus medios, todos los recursos (testado). Mis recuerdos a Mr. Halley. Siempre suyo. Lavalle ".
El general Lavalle y don Salvador María del Carril cometieron, sin duda, un gravísimo e irreparable error fusilando al coronel Dorrego. Pero no fue un error individual de ellos, ni en el caso del general Lavalle, que hizo ejecutar por su orden el fusilamiento, ni en el caso de Carril, que insistió ante Lavalle para que lo hiciese. Ninguno de los dos lo hizo por motivos personales. Los dos estaban firmemente convencidos, por los hechos vividos, de que Dorrego era el primer gran obstáculo que impedía la organización constitucional de la República y que todo lo ocurrido durante el frustrado intento de Rivadavia era obra suya; que su eliminación era un sacrificio inevitable. Gran parte de la población de Buenos Aires y casi todos los jefes y oficiales del Ejército Republicano, que habían combatido contra el Brasil, pensaban lo mismo. Lavalle y Carril, y las demás personas que intervinieron en el fusilamiento, fueron ejecutores de una decisión política colectiva que respondió a los modos de proceder militares de la época y a un rebrote de mentalidad jacobina que perturbó los espíritus.
El Dr. Angel Justiniano Carranza, empeñado en atenuar la responsabilidad del general Lavalle, pasó revista a los antecedentes extranjeros y nacionales de casos semejantes. Llegó a la conclusión de que: "Las teorías y la moral práctica del Sr. Dr. Carril eran suyas; pero el pensamiento -la muerte de Dorrego- era el de las eminencias políticas del partido, con la sola excepción de D. Bernardino Rivadavia. Decimos la verdad pura y neta, agrega Carranza, en presencia todavía de los contemporáneos y de los últimos actores".
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