Historias delirantes de la salud de los famosos
MADRID.- Llevar para leer en la sala de espera del médico un libro sobre hipocondríacos no es la mejor señal si uno quiere ser atendido rápido. Al verlo, los otros pacientes seguro que le dirán a la enfermera que lo de ellos sí es una dolencia real y urgente. Recientemente, esta redactora, enfrascada en The Hypocondriacs , fue la primera en llegar a un consultorio y la última en ser examinada.
Es un libro que bien vale cualquier demora. Su autor, el periodista irlandés Brian Dillon, se aleja de las definiciones más estrictas contemporáneas de lo que es la hipocondría y deja el teorizar para los especialistas. En vez, propone un recorrido sobre los que él considera los hipocondríacos más célebres, como Marcel Proust, Andy Warhol, Charles Darwin, Charlotte Brontë, Glenn Gould y Florence Nightingale.
Algunas de las historias son increíbles y muestran un costado inesperado de grandes figuras. Para quienes idolatran a Darwin como emblema de la racionalidad, es fascinante enterarse de que caía en los tratamientos de todo tipo de curanderos para su infinidad de malestares cotidianos, y de cómo llevaba un registro meticuloso de los horarios de su flatulencia, entre otros males, lo cual, presumiblemente, le permitía evitar compromisos .
Una tarde, Glenn Gould cayó en los talleres de Steinway para discutir sobre un nuevo piano. El jefe del departamento técnico tuvo la mala idea de palmear cariñosamente al músico en la espalda, a lo cual Gould respondió con amenaza de juicio porque el resultado del palmeo, por una cadena de efectos, le había "comprimido, inflamado o lo que sea" los nervios de dos dedos. Luego exigió que su cuerpo entero fuera enyesado y canceló una serie de conciertos, en los cuales nunca había tenido ganas de tocar.
Y Florence Nightingale, la heroica enfermera de la guerra de Crimea, al llegar a Londres se declaró inhabilitada de salir de su habitación, con lo cual pudo sólo concentrarse en diseñar la reforma del sistema de salud, y anunció estar siempre al borde la muerte.
Diller no los llama exactamente "manipuladores", pero sí reconoce que muchas veces las dolencias que decían sentir estos personajes les permitieron retraerse del mundo y sus obligaciones para hacer lo que quisieran sin que se les pudiera recriminar. Y, lamentablemente, esta redactora aquí debe concluir su columna: le están empezando dolores en la muñeca derecha, en la parte superior de la oreja y calambres de uña en el meñique de la mano izquierda.





