
Ian McEwan: “Estamos mirando las sombras de una ignorancia sin fin”
El escritor británico participó del lanzamiento en español de su nueva novela “Lo que podemos saber”, que transcurre en el año 2119 y se pregunta cómo preservar la memoria social por el impacto “descontrolado” de la IA
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“Quizás necesitemos una o dos catástrofes para entrar en razón”. Para Ian McEwan, esa idea incómoda asoma difícil de descartar a la hora de mirar el presente e imaginar el futuro. Ambos, pero sobre todo el tiempo por venir, son la materia de su nueva novela, Lo que podemos saber, donde el escritor británico de 78 años imagina qué podrán saber de nosotros aquellos que vengan después, y qué parte de una vida puede conservarse realmente en un documento.
Durante la rueda de prensa por su lanzamiento en español, bajo el sello Anagrama, el autor enumeró las señales de alarma por las que el mundo “está yendo hacia un lugar más peligroso”. La primera de ellas, cree, es la inteligencia artificial. “Ya atravesamos un punto de singularidad, con programas que se alejan de nuestro control, y una falta de regulación ante el temor de que la IA desencadene una crisis financiera global sin precedentes”. Las otras amenazas son el cambio climático, el poder de las grandes compañías tecnológicas y de figuras como Elon Musk”.
La paradoja del presente
En diálogo con LA NACION, el autor afirmó: “Estamos pasando tiempos extraños y ansiosos”. Lo dice, acaso, con la autoridad que le da el hecho de llevar décadas observando la relación entre las decisiones individuales y las fuerzas que terminan modificando una época.
A diferencia de Expiación, donde el autor recurrió a archivos para reconstruir una época, en Lo que podemos saber, el archivo aparece dentro de la ficción como la herramienta con la que un hombre del futuro intenta reconstruir la nuestra. Ese cambio tiene una razón y es la que le dio la perspectiva de la novela, explicó a este medio.

“El cambio más importante al llegar a los setenta es que dejé de investigar para los libros. Tengo la sensación de que tengo suficientes elementos para googlear en mi propia mente. Camino por la montaña y durante el senderismo, manteniendo el ritmo, descubro que puedo generar historias en mi mente. Antes investigaba durante la escritura. Esto ya no lo necesito. Te podés fiar en detalles del pasado, pero siempre hay un cristal bastante grueso entre el pasado y la mirada”, explicó.
La inquietud tecnológica se suma a una preocupación que ya estaba presente en su obra, que es la incapacidad de las sociedades para reaccionar frente a amenazas que conocen antes de padecer sus consecuencias. McEwan ha participado en debates sobre cambio climático y ve ahí la gran paradojas del presente: que tengamos información suficiente para comprender el peligro, pero no necesariamente la voluntad colectiva para actuar.
Como en el resto de su obra, su nueva novela vuelve sobre una misma dificultad: cuánto podemos conocer realmente de otra persona. Si en aquella novela una interpretación equivocada del pasado altera una vida entera, en la nueva un investigador del año 2119 dispone de miles de documentos para reconstruir a un hombre del siglo XXI y descubre que la acumulación de información tampoco garantiza el conocimiento.
McEwan publicó su primer libro, First Love, Last Rites, en 1975, a los 27 años, y obtuvo el Somerset Maugham Award. Tres años después publicó The Cement Garden, que marcó desde temprano su interés por explorar las zonas incómodas de la experiencia humana. Desde entonces ha publicado más de una docena de novelas, entre ellas Atonement, Amsterdam y Lessons. Ganó el Booker Prize por Amsterdam y fue finalista en otras cuatro ocasiones. Atonement, además, fue llevada al cine en una de las adaptaciones más reconocidas de su obra. A lo largo de cinco décadas, McEwan ha cambiado de escenarios y registros, pero ha vuelto sobre preguntas persistentes acerca de la percepción, las decisiones y aquello que escapa al control individual.
El futuro que nos estudia
Para McEwan, por encima de todo existe un estado de ánimo que reúne los temores que enumera y los vuelve todavía más difíciles de enfrentar: “Hay un pesimismo colectivo, con efecto paralizante y pegamento metafísico”.
De ahí su provocadora hipótesis sobre las catástrofes, por las que cree que a la humanidad quizás le falte atravesar un par para entre en razón.
Ese mecanismo es el que lleva al extremo en Lo que podemos saber, publicada el año pasado en inglés y que ahora Anagrama trae al español.
La novela salta a 2119. Gran Bretaña está transformada por el aumento del nivel del mar y por décadas de guerras, pandemias, desplazamientos y crisis ambientales. Desde ese futuro, un académico intenta reconstruir una noche de 2014 en la que un poeta leyó ante un pequeño grupo un poema escrito para su esposa. El texto desapareció y, un siglo después, el investigador busca reconstruir aquella noche a partir de los documentos que sobrevivieron: correos, mensajes, diarios, testimonios. La investigación sobre el poema perdido termina abriendo una historia de amor, rivalidad, secretos, enfermedad mental, crimen y venganza. Pero el verdadero objeto de la pesquisa es otro: determinar hasta dónde puede llegar el conocimiento cuando sólo quedan las huellas de una vida.
Desde la lectura, 2014 es todavía un pasado cercano; para su investigador de 2119 es una época remota. Lo que hoy consideramos cotidiano —nuestros teléfonos, nuestros mensajes, nuestros correos, nuestros archivos digitales— se convierte en material histórico. El futuro nos estudia.
Y mientras su personaje necesita sumergirse en archivos para reconstruir una historia, McEwan dejó atrás esa investigación previa. Su despreocupación abarca la huella digital que pueda sobrevivirlo, contó, al revelar que entregó sus correos electrónicos de 1996 a 2013 a una biblioteca de Texas (“no creo que haya escrito nada significativo por mail”).
Lo que sí lamenta es la pérdida de la intimidad, porque “con la escritura digital hemos perdido el arte de la privacidad y de la soledad, el gusto por ella”.
En ese sentido su preocupación es humana. Y quizás por ello su nuevo trabajo nos muestra que una vida puede estar rigurosamente documentada y lo mismo seguir siendo inaccesible. La realidad le da la razón, si se piensa en que podemos saber dónde estuvo alguien, qué escribió, con quién habló y, sin embargo, no podremos nunca saber qué pensaba mientras hacía todo eso.
“Creo que los investigadores del futuro que se adentren en los archivos digitales tendrán una falta de profundidad, porque no podrán ver el alma desnuda”, afirmó.
Para McEwan, un futuro donde la IA nos lo cuente todo es posible. El problema es y será su falta de talento. “La IA e Internet nos puede quizás contar la historia con entusiasmo. Pero creo que no nos va a dar belleza ni placer”. Por eso recuerda el valor de la novela, género que cree imposible de extinguir:
“La novela es una forma fantástica que nos permite reflexionar sobre la propia vida, por eso no puede morir. Es el mayor medio para examinar vidas mentales. Capta algo que el cine no puede, que es el flujo de la consciencia, el pensamiento, las relaciones entre las personas y la naturaleza del malentendido. Desde luego, es la persecución apasionada de una minoría”.
Reflexionar sobre el valor y supervivencia de la novela lo llevaron durante la charla a entregar un resquicio de luz, luego —quizás— de advertir del otro lado del Zoom la desesperanza y admiración por igual que la descripción de la realidad observada se instaló en la rueda de prensa.
“Hay un elemento de optimismo necesario que se encuentra en la novela. Como humanidad tenemos motivos para ser optimistas; debemos serlo, porque se lo debemos al futuro”, instó.
Esa tarea, tal vez, sea la operación más incómoda, como es la de obligarnos a contemplar nuestro presente desde el momento en que ya sea demasiado tarde para cambiarlo.



