
Incómoda pregunta de un asesino
Las Benévolas pinta un fresco del tercer Reich en el que, al modo de un "tanque" de Hollywood, no falta nada: ríos de sangre y excrementos, la presencia de Hitler, Himmler y Eichmann en el elenco y, como crímenes privados, incesto y matricidio
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La fascinación que el nazismo ejerció sobre millones de hombres y que fue uno de los orígenes de la Segunda Guerra Mundial no ha cesado. Desde 1945, esa fascinación está unida al horror y se manifiesta en la cantidad de libros de ficción, películas, series televisivas, obras de arte, ensayos e investigaciones históricas acerca del tema que han aparecido desde que Hitler se suicidó y Berlín cayó en 1945 en manos de las fuerzas soviéticas. En 2006, Jonathan Littell, un norteamericano de treinta y ocho años, de formación francesa, descendiente de una familia de judíos polacos que emigró a los Estados Unidos, escribió y publicó en francés Las Benévolas , una novela de casi mil páginas, editada por Gallimard, con la que obtuvo los dos premios más importantes de Francia, el Goncourt y el de la Academia Francesa. En ella cuenta en primera persona la vida de un oficial de las SS y describe la máquina de terror y violencia que era la esencia del Tercer Reich. Aunque hubo una importante operación de prensa para lanzar ese libro, aunque los dos premios señalaron al público el carácter excepcional de la obra, aunque los franceses se sintieron halagados por el hecho de que un norteamericano hubiera escrito la narración en la lengua de Céline, es difícil explicar que se hayan vendido en pocos meses más de setecientos mil ejemplares solo en Francia, si no estuviera en juego el que, para muchos, es el tema de todos los temas del siglo XX. Ahora llegó el turno de las traducciones, como la española (Del Nuevo Extremo) y la italiana.
La novela de Littell, que fue considerada por Jorge Semprún como el libro más importante del siglo XX y de lo que va del XXI, recibió, en cambio, la condena de Claude Lanzmann, quizá la máxima autoridad en lo que se refiere a la Shoah. El Nouvel Observateur habló de "obra maestra" y hubo quien comparó el libro con Guerra y paz , de Tolstoi. Otros, en cambio, lo juzgaron como un excelente "producto".
Además de Las Benévolas , Littell solo es autor de una novela de ciencia ficción, Bad Voltage (1989), escrita en inglés, que hoy descarta como un encargo de juventud sin valor. Por supuesto, Gallimard, con fines comerciales, quiso promover Las Benévolas como el primer libro de Littell, lo que habría convertido al autor en un prodigio. Littell se negó y llegó a un acuerdo con la editorial: en la contratapa de Las Benévolas se dice que esta es "su primera obra literaria". Casi no se menciona la publicación, también en 2006, de una investigación de Littell, The Security Organs of the Russian Federation. A brief History 1991-2005 , que se encuentra disponible como documento electrónico gratuito en Internet. Littell, por otra parte, es hijo del escritor Robert Littell, autor de guiones y de numerosos libros de espionaje cuya acción transcurre en los años de la Guerra Fría. Se dice que Robert tuvo mucho que ver con la formación literaria de Jonathan. Después de Bad Voltage , este hizo algunos guiones y traducciones, entre otros, de Genet y de Sade. La fuente de inspiración de Las Benévolas fue una fotografía que había visto en 1989, de una bella joven rusa, asesinada por los nazis, cuyo cadáver había sido devorado por los perros.
Las Benévolas (en griego, Euménides) es el eufemismo que usaban los griegos para referirse a las Erinias, las deidades de la venganza, encargadas de perseguir los crímenes más horribles y de restablecer el orden de las cosas. Littell dice haberse inspirado en la Orestíada de Esquilo. El libro está organizado al modo de una suite de Bach, aunque con ciertas licencias. Sus partes son "Tocata", "Allemandas I y II", "Courante", "Zarabanda", "Minueto (en rondós)", "Aire" y "Giga".
Quizá el mayor acierto de Littell es haber elegido la primera persona para contar la historia de Maximilien Aue, el oficial de las SS. Esa elección es precisamente lo que Claude Lanzmann le reprochó con horror por cuestiones morales. ¿A quién se le ocurre dar la palabra a lo largo de mil páginas a un asesino?, dijo. La intención de Aue-Littell es mostrar que cualquiera de nosotros, sus lectores, podría haber llegado a cometer las mismas atrocidades que el protagonista. La novela empieza así con un llamado a los "hermanos hombres" en el que resuena el célebre "mis semejantes, mis hermanos", de Charles Baudelaire.
Al comienzo de la novela, Maximilien Aue, ex oficial de la SS que vive en Francia (por supuesto, con documentación falsa) y dirige una fábrica de encajes, emprende el relato de su pasado, décadas después del fin de la guerra. Aue, que se ha casado con una mujer de la burguesía con la que tuvo mellizos, es hijo de un alemán que desapareció al final de la Primera Guerra y de una mujer francesa que reemplazó a su primer marido por otro hombre. Tiene una hermana melliza, Una, a la que está unido por un amor incestuoso que nunca ha podido superar. Ella, en cambio, se ha casado con Berndt von Üxkull, un noble alemán, inválido de guerra y es madre de mellizos, dato del que Aue solo se enterará en circunstancias trágicas. La identidad del padre de esos chicos jamás se aclara (Von Üxkull es estéril) y queda la duda ominosa de que el padre pueda ser Maximilien, ya que los mellizos parecen ser la especialidad genética de los Aue.
Hay algo curioso en el relato de Littell: al principio, tal como lo desea el autor, uno puede pensar, estremecido de espanto, que, en efecto, cualquiera podría haber tomado las elecciones, en definitiva mortíferas, de Aue; pero las cosas no resultan sencillas y la identificación no se hace fácil. Maximilien es un hombre sensible y refinado. Estudia derecho, es muy inteligente, demuestra eficacia en todas las cosas que hace. Le hubiera gustado ser pianista más que abogado y se consuela escuchando a sus compositores favoritos: Bach, por supuesto, pero también la música, menos grave, de Rameau, de Couperin, algunas obras de Schubert, Mahler (no menciona a Wagner) y, por cierto, Schönberg, aunque se trate de un músico judío, representante del "arte degenerado" condenado por Hitler. Extraña coincidencia: las preferencias musicales de Maximilien tienen bastante semejanza con las del compositor Adrian Leberkühn, el protagonista de Doktor Faustus , de Thomas Mann.
Maximilien no tiene especial inquina a los judíos, ni es un racista convencido, pero se pliega al racismo asesino de los nazis y tiene oscuras pasiones privadas que lo llevan a cometer crímenes que nada tienen que ver con las circunstancias históricas. Esas pasiones lo dejan librado a sus propios demonios y los fantasmas que lo acosan no son los de todos. Como no puede satisfacer su amor por la hermana, tiene relaciones homosexuales. Piensa que en los brazos de esos muchachos hermosos y anónimos a los que se entrega podrá sentir algo parecido a lo que ella siente en brazos de sus propios amantes.
Imbuido de una sed de absoluto y de un anhelo por rebasar los límites, Aue cree que el nazismo puede ser la salvación de Alemania y, a la vez, darle sentido a su vida. Lentamente se acerca al Partido. Al principio, es un informante del SD. Después pide ingresar en las SS para conseguir una beca que le permita terminar sus estudios, y lo consigue. El hecho de que el nazismo condene a los homosexuales como él no le impide abrazar la causa. En esos tiempos iniciales del Tercer Reich, la policía lo descubre mientras tiene relaciones con otro hombre y, para evitar las consecuencias de ese acto, de modo paradójico, se incorpora, con la protección de un oficial de las SS, Thomas Hauser, al Sicherheitsdienst , el servicio de inteligencia, que lo destina al frente en plena guerra.
A partir de entonces, Aue asiste a matanzas de ucranianos, de gitanos y, naturalmente, de judíos, en las que participa con repugnancia, culpabilidad y eficacia. Entre otras cosas, debe bajar a una fosa común en la que todavía se debaten las víctimas de un fusilamiento masivo para darles el tiro de gracia a los moribundos. El remordimiento emozado no lo abandonará nunca, pero bajo la forma de vómitos, naúseas y diarreas que lo asaltan en cualquier momento.
Las reflexiones que suscita el libro de Littell, más allá de su calidad literaria, son incontables. Por ejemplo, esos primeros ensayos de aniquilación son desprolijos, nos cuenta Aue. Los oficiales descubren, una vez más, que el Führer tiene razón, que la economía de recursos, sobre todo del espacio, se basa en el orden y en la prolijidad, "virtudes" de las que se desprende una "belleza" letal. Uno de los hallazgos de las SS en esas épocas tempranas es la distribución de los cadáveres en las fosas como sardinas en una lata. De ese modo, caben muchos más y todo resulta más decoroso. Las técnicas de la eliminación de los cuerpos respondían así a los principios políticos y estéticos del Führer. A las fachadas imponentes de los edificios del Tercer Reich; a las esculturas de Arno Breker en las que los caracteres individuales habían cedido su lugar a cuerpos y rostros arquetípicos de la germanidad, les correspondía, al momento de matar, esa especie de arte funerario, de estética del crimen, al que habían dado origen las carnicerías en el Este y en los campos de concentración.
Un peligroso error de cálculo en su carrera dentro de las SS lleva a Aue a Stalingrado. Las descripciones que Littell hace de la ciudad sitiada, de las enfermedades, del hambre y sus consecuencias son pavorosas, pero no difieren de las que ya se han hecho, quizá son más espectaculares, a la manera de una película de Hollywood. Ríos de sangre y de excrementos fluyen por las calles. Sesos, piernas y cabezas vuelan por el aire. Después de ser herido en Stalingrado, Aue es condecorado por heroísmo, vuelve a la retaguardia y va a visitar a su madre, que vive en el sur de Francia con su padrastro. Va en busca de una reconciliación con esa mujer a la que odia. Pero Aue ya no se controla. Una noche, mientras la madre y el padrastro duermen, los asesina. Se encuentra en un estado de inconsciencia absoluta que, al día siguiente, le impide recordar lo que hizo, hasta el punto de que, al hallar los cadáveres, cree en buena fe que los mató un intruso. Como consecuencia de ese doble asesinato, Aue sufre la persecución de dos policías que sospechan de él y a los que ni el sobreseimiento de un juez, ni Himmler, pueden detener, animados por el empeño de demostrar la culpabilidad de este oficial ejemplar.
Cuando vuelve al trabajo, Aue no deja de recibir ascensos. En esa escalada, le asignan la inspección de los campos de concentración. Piensa que podrá imponer cierta racionalidad en las tareas demenciales a las que se entregan Himmler, Eichmann y Höss (el responsable de los campos de Auschwitz). Eso permite a Littell hacer retratos memorables de esos personajes, dar forma narrativa a todo lo que Arendt dijo sobre la banalidad del mal, mostrar de qué modo la responsabilidad de los asesinos se disuelve por la división de tareas. El eficiente Aue lucha para que, en vez de gasear a los internados en los campos, se utilice su fuerza de trabajo. Quiere la grandeza de Alemania y si se la pudiera alcanzar sin eliminar judíos, estaría contento. Un manto de voluntad racional cubre sus actos, así como los de Albert Speer, el ministro de Hitler, también espléndidamente retratado.
Llega la caída de Berlín y Maximilien, como no podía ser de otro modo, asiste a ella. Más aún, a último momento, Hitler, a punto de suicidarse, le otorga otra condecoración. Entonces Aue comete un acto cómico y terrible que sorprenderá al lector.
La escena final, en el Zoo bombardeado de Berlín, donde las fieras han escapado de sus jaulas o yacen ensagrentadas, muestra a Aue, dispuesto a matar a quién sea para seguir con vida. Y, sin embargo, todo lo hace sin apasionamiento. La máquina ha reemplazado al hombre y solo conserva de la especie humana un instinto de conservación con el que está cargado como se carga con datos una computadora.
Quien lea el millar de páginas de Littell debe inclinarse ante el talento del autor, que conoce muy bien los trucos de su oficio, que empleó dos años en una exhaustiva investigación sobre distintos aspectos del Tercer Reich, pero que también, sobre todo hacia el final, se dejó llevar por la misma carga de irracionalidad del material que manejaba (raro que nadie se lo haya señalado). La capacidad para describir paisajes alterados por la guerra, la habilidad con que crea situaciones de una comicidad macabra, la astucia con la que vuelve narrativas las tesis de Arendt sobre el mal muestran a un escritor con una riqueza excepcional de recursos. El lector, eso sí, deberá pasar por alto cierto dandismo literario (Aue se pasea por las trincheras con La educación sentimental de Flaubert) y algunos desbordes, pero encontrará episodios notables, como el de la licencia que Aue pasa solo en la villa abandonada de su hermana, donde se hunde en la angustia y en perversiones monstruosas, impulsado por el afán de recuperar la infancia.
Cuando se termina la novela, es aconsejable escuchar otra voz, quizá no tan estruendosa, pero más humana; por ejemplo, la de Primo Levi en Si esto es un hombre , la admirable crónica de los campos de concentración de alguien que sobrevivió a ellos. Quizá Aue tenga razón y casi cualquiera pudo haberse comportado como él. Esa sospecha vuelve más inquietante la pregunta que el lector no deja de formularse desde el principio hasta el final del libro: "¿Qué hubiera hecho yo?"


