Informalismo y desprejuicio

Alberto Greco, interesante exposición y apreciable conjunto. Sonia Etchart, Marilina Etchichury y Roberto Elía
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23 de junio de 2002  

Aunque pasó brevemente por la Academia de Bellas Artes y por los talleres de Cecilia Marcovich y de Tomás Maldonado, lo que en cierto modo podría parecer opuesto a su postura en el arte y en la vida, Alberto Greco (Buenos Aires, 1931-Barcelona, 1965) es razonablemente considerado un iniciador del informalismo argentino. Se apartó voluntariamente de este mundo después de haber intensificado sus experiencias hasta los límites más extravagantes. Si bien viajó también por Austria y Londres, Buenos Aires, París, San Pablo, Roma, Nueva York, Madrid y Barcelona fueron los escenarios que lo entroncaron con los raros de la pintura, comprometidos con una manera de vivir escandalosa y angustiada. Sus excentricidades respondieron a una actitud artística regida por las intuiciones y por una espontaneidad sufriente. Su espíritu inquieto y experimentador presidió las razones profundas de una insatisfacción que sobrepasó las necesidades convencionales. La poesía, la pintura, la presentación de objetos y hasta de pequeños animales o de desechos, y el arte de la actitud formaron parte de sus acciones.

Obviamente, se infiere que la veintena de piezas que integran la exposición de esos trabajos no representan la totalidad de su acción, en la que todo podía potencialmente cobrar magnitud artística. Representan, eso sí, su espíritu desprejuiciado y el ansia de expresar con libertad una vitalidad incontenible.

En 1962 aparecieron los Vito Dito (personas, objetos y situaciones fotografiados con su firma), trazos de tiza callejeros que envolvían en un contexto artístico a las personas que contorneaban. También realizó happenings y, al año siguiente, una performance en colaboración con Carmelo Bene y Giuseppe Lenti por la que se lo acusó de blasfemia y debió abandonar Italia. Se instaló entonces en Madrid, donde realizó acciones artísticas de todo tipo, entre las que se destacan sus rollos de papel de más de 50 metros con anotaciones, manchas, pinturas, dibujos, recorte de diarios y fotografías.

Las obras provienen de cuatro colecciones privadas, las de Jorge Alcalá, Mario Brodershon, Gustavo Bruzzone y Guillermo Cúneo, y se exponen juntas públicamente por primera vez. La mayor parte recorre los cuatro primeros años de la década del sesenta; por lo tanto, representa el período final de Greco, aunque también hay retratos al óleo sobre papel de 1957. Su áspera superficie indica la intención de exaltar la función de la materia. En ese sentido, marcan un período primario de su carrera. Sin embargo, tienen rasgos de originalidad propios de altísimo interés que rozan figurativamente el informalismo francés. Repintes y raspados enriquecen la superficie con texturas que le dan un poder expresivo profundo. Aunque tienen sombríos atisbos de color, anuncian con la gravedad de sus tonos las negruras que caracterizaron gran parte de su producción posterior, como puede verse en los demás trabajos. Si se piensa que en 1956 Greco presentó su primera muestra individual en nuestro país, son posteriores a su paso por la poesía, con la que se inició. Por lo demás, en los años finales, que fueron pocos debido a la cortedad de su vida, practicó el arte de la actitud, influido por Ives Klein y en particular por Piero Manzoni, que firmaba personajes vivos.

(En la galería Mario Brodershon - Yacques Martínez Arte

Contemporáneo, Viamonte 625. Hasta el 7 de julio.)

Paisajes del silencio

En el otro polo de la pintura está Sonia Etchart (1958). Preside su labor una actitud racional y emocionalmente contenida. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y vive en Chile desde el año último. Aunque expuso colectivamente en diferentes lugares del mundo a partir de 1979, expone individualmente desde 1992 y es ésta la octava vez que se presenta sola.

Las once pinturas que exhibe son de este año. Representan paisajes de configuración muy personal en su enfoque y en su factura, pero de una originalidad que no desconcierta. Naturaliza los enfoques una imagen que se templa en la construcción de árboles de follajes arracimados sobre troncos que los sostienen como si fuesen columnas. Nos enteramos por el catálogo, en el que escribe Osvaldo Svanascini, que la soledad representada en esas piezas contrasta con su etapa anterior, donde los personajes componían una historia.

Foresta, La noche, El monte, El verano, El bosque, Palo borracho, son algunos de los títulos.

(En Rubbers, Suipacha 1175, planta baja. Hasta el 6 de julio.)

Enfoques de lo humano

La pintora Marilina Etchichury presentó en distintas oportunidades paisajes, naturalezas muertas y figuras. En el último de esos temas trabaja ahora. Son composiciones complejas, con numerosos personajes que llaman la atención. El eje gira en torno de una humanidad distendida por ambientes sociales que intentan alejarla de las pesadumbres. Se diría que las escenas disminuyen las tensiones de la vida diaria con la confidencialidad de los ambientes nocturnales. Definen su configuración oposiciones que juegan con recursos tan limitados como los valores extremos del blanco y el negro en los trabajos con tintas. Los demás son óleos y pasteles en los que cobra cuerpo el color con cierta sensualidad.

(En Te mataré Ramírez, Paraguay 2063.)

Polaridades de estilo

La muestra de Roberto Elía da una visión reducida de su obra, tal vez, debido a las limitadas dimensiones de la "galería". No obstante, se advierten dos líneas principales de diferente orden. La más extendida en el número de trabajos comprende los de medidas pequeñas y responde a un propósito sensorial. Una especie de contrapunto opone la línea oscura que define las formas de los fondos, a menudo, neutralizados. La otra está integrada por piezas realizadas con planos transparentes superpuestos y yuxtapuestos en composiciones ortogonales. Tal circunstancia obliga a una definición sistémica de factura menos azarosa.

(En La Ruche, Arenales 1321. Hasta pasado mañana.)

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