Inseparables pero irreconciliables
En el centenario del nacimiento del poeta Conrado Nalé Roxlo, se evoca en esta página la amistad que lo unió a Roberto Arlt. Tan diferentes entre sí como la sonrisa y la gravedad, se atraían mutuamente: cada uno representaba para el otro la existencia que no había vivido.
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ERA aquel Buenos Aires de malvones y glicinas, de empedrado y tranvía. Ya afirmado Yrigoyen, la ciudad cumplía el sueño de la Generación del 80: era la gran metrópolis donde se hablaban todos los idomas y se mezclaban todas las culturas. Diarios y semanarios en cuarenta y siete idiomas. La calle Corrientes era una insomne terminal. Desde las azoteas de los barrios se veía el resplandor eléctrico del centro rebotando contra las nubes. Esas luces se iban atenuando a lo largo de las grandes avenidas que hilvanaban los barrios y se disolvían en el fangal del suburbio. Más allá de Primera Junta, Rivadavia (que ya era "la más larga del mundo") era navegada por bamboleantes tranvías amarillos -el 2 y el 5- que, pasando Caballito, cruzaban Flores hasta la terminal de Liniers.
Como huyendo de la claridad del amanecer, a veces se veía a dos jóvenes pasajeros que volvían del centro al barrio. Uno esmirriado, elegante, locuaz, con polainas, chambergo fino y bastón de caña. El otro, alto, desgarbado, huesudo, con un traje cruzado y trabajados zapatos negros lisos, se distinguía por un mechón caído sobre la frente como bandera de rebeldía. Al hablar, estrujaba un sombrero negro aludo, nada porteño, más bien un sombrero de buscador de oro. Eran Conrado Nalé Roxlo y Roberto Arlt.
Volvían discutiendo o soñando hacia ese profundo Flores de quintas, corralones y casitas baratas, que tenía algo de municipio bucólico e independiente, con aspas de molino de zinc asomado detrás de la torre de la Basílica.Sobre Rivadavia se concentraban los negocios, los cafés, los pocos cines, la confitería La Perla o la Londres. Los dos amigos dormirían unas pocas horas, trabajarían para sobrevivir y volverían al café donde renacerían en sus prestigios. Nalé, poeta; Arlt, incipiente novelista, en un país donde, desde Sarmiento, no había existido más que una prosa anémica, engolada, desteñida.
En esos tiempos, cada café era un epicentro cultural, una universitas cotidiana e intensa. Buenos Aires ya concedía más prestigio a la cultura y el ingenio que al exitismo. La cultura le ganaba la calle a los mercaderes y a los políticos. Había que saber de todo, hablar de todo: mística, historia, literatura rusa, taoísmo, Darío y Víctor Hugo, Américo Tesorieri y De Caro, Laforgue y Walt Whitman. Larreta y el gigante Lugones capitaneaban, pese a las protestas, el universo literario argentino. El psicoanálisis y el marxismo, con todas sus durezas y heterodoxias, creaban sus teologías porteñas.
Arlt y Nalé eran como Narciso y Goldmundo: irreconciliables pero inseparables. El poeta le llevaba dos años al novelista y tenía cierta seguridad mundana y una elegancia natural que fascinaban a Arlt, que acumulaba todas las desdichas de la adolescencia pobre. Entre ellas, tener un padre irredimiblemente resentido, un prusiano que creía haber tomado el barco equivocado, capaz de decirle a su hijo de ocho años que había hecho alguna travesura: "mañana al amanecer te pegaré con la correa"... Y hacerlo.
En alguna de sus discusiones, en el tranvía vacío, al 5600 o al 7200 de la infinita Rivadavia, en la madrugada ya herida de claridad, Arlt le espetaba a Nalé: "¿Quién cree, Nalé, que va a salvar el mundo sino esa hez de rameras y de rufianes expulsados de la casa de Dios?" O refiriéndose al hecho de haberse quedado dormido en el velorio de su propio padre: "¿Usted cree que si fue un hijo de puta en vida va a dejar de serlo después de muerto?".
Nalé creía en la gracia, en la sonrisa como exorcismo de la pesadez humana. Creía, como su maestro Lugones, en el valor de cada palabra. Arlt sólo confiaba en las ideas, el diccionario le resultaba más bien una dificultad, un antipático autoritarismo neocolonial. Nalé leía a Hugo y a Samain, escribía con letra menuda en papel de hilo que le regalaba un amigo escribano. Arlt lo hacía con lápiz y sobre la aspereza del papel de estraza que correteaba para sobrevivir. Según Nalé, "más de medio metro de cuentos y novelas abortadas" llenaba todo el espacio entre el suelo y el elástico de la modesta cama de hierro del novelista. Arlt subestimaba las palabras, las correspondencias tenues, los efectos de sugestión. Creía en frases de ideas-fuerza que iban tomando la forma de la hoz y el martillo. A los veinte años ya estaba seguro de tener razón. Nalé lo escuchaba y le disparaba alguna ironía: tenía un talento escéptico y, como todo verdadero poeta, se asomaba a cierto budismo intuitivo, sospechando que el mundo y la presunta realidad bien podrían ser ilusión. Música porque sí, música vana.
Arlt se transformaba en un agresivo escritor "progre", mezclado con la izquierda boba y sonora que afiliaba alegremente la literatura al error político de la época. Se acercaba a ese stalinismo de escritores de segunda que terminarían, en 1945, reclamando al Departamento de Estado, en la plaza San Martín, por el inmediato envío de Braden... Pero Arlt era el "emboscado", el insolente, el indisciplinado. Un duende posado en el hombro se burlaba cuando repetía las ortodoxias. Cuando escribía, él, que aspiraba a la "altura" de lateros humanistas como Romain Rolland o Henri Barbusse, no podría controlar ese lenguaje bárbaro, esencialmente sarmientino, que escapaba de sus malas intenciones realistas. El lenguaje fue el octavo loco, el que redime a los otros siete y a toda su obra. En él se prueba que toda literatura termina en cuestión de creación de lenguaje.
Narciso y Goldmundo
Los dos amigos habían entrado en la gran metrópolis cosmopolita por la puerta del periodismo que en esa época era, como la Universidad, puente de promoción social. Arrancaron en La Idea de Flores y pronto llegarían a los legendarios Crítica y El Mundo . La sociedad bucólica y oligárquica descubría el mundo y la cultura a través de los diarios. Para muchos, será tiempo de " buenmuchachismo" literario. Son los años del auge y, como es sabido, el triunfo de las estadísticas económicas, en general, va acompañado de postergación y miseria.
Arlt se anota entre aquellos que creen en la década infame. Será de los que creen que la literatura tiene por misión la angustia y el dolor humanos. Con Stanchina, Mariani, Castelnouvo, tratarán de plasmar los modestos horrores que ofrecía la Argentina. Añoran penurias como las de Gorki o el apenas conocido Kafka. Por entonces se solía decir de un escritor, como elogio, que "era un gran sufridor".
Nalé será todo lo contrario. No desdeña los puestos públicos y durante la intervención en Jujuy, conocerá a la que será pronto su esposa, Teresita de la Fuente.
Narciso y Goldmundo se perdían en la selva de cemento de Buenos Aires, que vivía salvajemente su apogeo, su nacer, su querer ser. Arlt se va separando de su amigo. Tampoco insiste con los izquierdistas organizados y dóciles del grupo llamado de Boedo. Será el outsider de carácter insoportable. Se hunde en la noche atroz del "Camino de Buenos Aires", con sus multinacionales de la prostitución: el Gallego Julio, los judíos de la Zwi Migdal , el Francés y la conexión marsellesa. Burdeles de la Boca, Barracas, San Fernando, el Bajo, las "casitas" de la calle Junín, el todo a media luz de los departamentos chic .
Será el universo de los Siete Locos, que pretenderán sublimar el mal en la revolución implacable y regeneradora de la condición humana. Noches de cocó, de Armenonville, donde empieza a cantar un muchacho gordo, llamado Gardel. Borges acepta largarse a Puente Alsina, acompañado por Nalé y por Carlos de la Púa, para conocer a un malevo que ya "trabajaba" para Ruggerito.
Nalé Roxlo recibe el espaldarazo de Lugones que elogia su poemario El Grillo. Tiempos extraños: se venden dos ediciones de un libro de versos. Nalé es el Cocteau de Buenos Aires, se celebra su ingenio oral y escrito. Dirige Don Goyo y publica a su amigo Arlt. Este se casa con Clara Antinucci. Vive en pensiones de mala muerte. Nace la que será su única amiga del final: Mirta. Las lecturas de Arlt son tan salvajes como su escritura. Los quioscos y las ediciones de Tor y de Calomino serán su biblioteca de urgencia. Al amanecer termina Schopenhauer ( d´après Tor: El amor, las Mujeres y la Muerte ), o una atroz traducción de Tolstoi, paga el café frío y vuelve a su pensión de la calle Cangallo, desgarbado, arrebujado en su abrigo, con grandes trancos de cóndor geográficamente equivocado, peatón, ya sin pista para retomar vuelo.
Tiempo de obra
En la década del 30, ambos amigos enfrentarán la hora de la verdad con el destino que habían elegido. Apenas en poco más de un lustro, Arlt completa el ciclo de sus novelas posteriores a El juguete rabioso: Los siete locos, Los lanzallamas y El amor brujo (probablemente, el mayor tango en prosa de la literatura argentina). El viaje al fin de la noche de Roberto Arlt quedaba cumplido. Había plasmado un universo nocturnal de prostitutas filosofales y rufianes desvelados por el renacimiento de la condición humana. Por suerte para Arlt, la roma ideología realista que precedía su voluntad de escribir y su "compromiso" fue invariablemente burlada por su duende de artista estrafalario y rabelaisiano. Su lenguaje, su poder de novelista de raza, lo habían marginado de los alegres grupos de la fiesta literaria de aquel Buenos Aires en su mejor hora (el grupo de Boedo, Sur, Florida, Martín Fierro y los grandes diarios del auge de nuestra prensa escrita). Arlt había sido, para todos los sectores de la fiesta o del Palacio, el guarango, el provocador.
Murió en 1942, con la misma edad del siglo y con la misma desesperación de ese año de las terribles batallas europeas. Murió del corazón pero, como podría haber dicho espectacularmente su amigo Castelnouvo, "por abuso de abismo". Murió con el dolor de haber sido ninguneado. Hace pocos días, su hija, Mirta Arlt, me confirmó que había muerto plenamente seguro de haber ido más lejos que cualquier otro novelista de su generación, pese al silencio o el escepticismo de sus pares. Se había anticipado a la exasperación de Louis Ferdinand Céline y al vértigo de angustia existencial de Roquentin, el personaje de Sartre. Mallea, por entonces presidente de la SADE, tuvo la valentía de decirlo, de calificar a Arlt como "novelista eminente que legaba al país algo que entraba espiritualmente en su historia". Sin él, toda la literatura argentina carecería de gravedad.
Nalé Roxlo sobrevivió a Arlt casi en 30 años. El escepticismo y su don humorístico privilegiado lo ayudaron para vivir. Había alcanzado el éxito con sus deliciosas comedias (La cola de la sirena, Una viuda difícil) y con su periodismo cotidiano y siempre punzante. Con sus imitaciones de estilo de la Antología apócrifa, enseñará literatura a varias generaciones, por vía de la exageración del trazo de estilo, con la sonrisa de la sabia caricatura. Fue un abuelo literario de Cortázar y éste reconoció a Nalé como un cronopio-duende. En Claro desvelo y en De otro cielo, pudo alcanzar esa difícil confluencia donde cesan las razones y las "intuiciones intelectuales" y el poema, verso a verso, avanza por un territorio más vecino del silencio que de la definición verbal.
Los dos amigos murieron muy cerca de lo que ya eran en aquellas evocadas disputas en el bamboleante tranvía 5. Diferentes pero atraídos mutuamente, como sabiendo que eran dos laderas opuestas de una misma montaña (inaccesible).
Ahora pertenecen a lo vivo de nuestra república literaria. Hijos dilectos de la increíble ciudad que fue capaz de cobijar tanto fervor y diferencia creadora. Tal vez murieron sintiendo no haber culminado todas sus posibilidades literarias. Arlt se acusaría de demasiada "prepotencia de cross a la mandíbula", como escribió en su enojado prólogo de Los lanzallamas. Nalé Roxlo, que ahora tendría cien años y sería un poco más oriental y sabio como Tiresias, quizás se acusaría, parafraseando a su Rimbaud: "Perdí mi vida por exceso de delicadeza".
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