Inteligente novela
LA CULPA DEL CORRECTOR Por Manuel López de Tejada (Sudamericana)-102 páginas-($ 12)
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EN su oficio de novelista, Manuel López de Tejada (Rosario, 1959) no disimula el de corrector en diarios de su ciudad natal. Tiene libros anteriores (relatos y novela) consagrados por importantes premios. Pero aquí, desde el título, el corrector no sólo es pretexto del texto sino también agonista y protagonista.
Con sutileza y astucia, López de Tejada no se queda en un realismo adocenado, sino que introduce en La culpa del corrector elementos decididamente surrealistas. Y lo hace con tal habilidad que debemos aceptarlos como lógicos desde el principio: "Una mañana el espejo del baño no me devolvió mi propio rostro, sino el de Anselmo Res". Planteadas así las cosas, sin rimbombancias esotéricas, al lector no le queda otro remedio que asumir lo que ha de seguir como si fuera lo más natural del mundo.
Y lo más natural del mundo es enfrentar la rutina laboral cotidiana, en la cual se presenta como una tragedia la inminente supresión absoluta de los correctores, porque una consultora española propone un "estilo moderno y menos costoso para el diario". Claro que a este drama se suma el de la identidad: si el narrador en primera persona tiene la cara de Anselmo ResÉ ¿qué cara tiene y cómo se conduce el mismísimo Anselmo Res? No es cuestión de descubrirlo acá sino a través de la lectura.
Entre la objetividad y el disparate, López de Tejada va cambiando de la primera a la tercera persona para redondear esta novela que resultará deliciosa y angustiosa, en especial para correctores, redactores y escritores. Todos sabemos de la necesidad de los correctores, porque las computadoras no siempre corrigen bien, pueden estar dotadas para la escritura de negocios pero no para la escritura creativa. Ahora bien: ¿son creativos los correctores humanos? ¿Hasta qué punto lo son redactores y escritores? ¿Acaso no pueden errar los tres? Si a todo esto mezclamos los equívocos y las angustias provocados -en las víctimas sobre todo- por los cambios de identidad, si ha de sobrevenir una muerte inesperada y absurda, y si un tono zumbón alivia -a veces intensifica- las tensiones, concluiremos con que estamos ante una novela muy inteligente que justifica aquello de "lo bueno, si breve dos veces bueno".
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