
Jacques Tati: El tiempo y la vida
Este mes se cumplió el centenario del nacimiento del director de Mi tío y Las vacaciones del señor Hulot, uno de los grandes maestros del cine, que supo plasmar como pocos el ritmo y el tono de la vida cotidiana de los seres anónimos, siempre con humor y con un mágico halo de nostalgia
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ABC
En el centenario del nacimiento de Jacques Tati vale reflexionar acerca de por qué una obra tan inclasificable y de sinuoso alcance como la suya puede estar tan viva. Tati no cumple con ninguno de los tópicos que el mercado del cine ha aquilatado a lo largo de más de cien años. Su carrera como director comenzó tardíamente, ya cumplidos los cuarenta, y se alargó durante veinticinco años con solo media docena de largometrajes y cuatro cortometrajes ( Soigne ton gauche , L école des facteurs , Cours du soir y Forza Bastia ) repartidos como prólogo y epílogo de dicha filmografía.
Tati, nacido Jacques Tatischeff en una familia con origen nobiliario ruso -pero condenada al ostracismo por la condición de hijo natural que marcó a su padre-, se dedicó durante su juventud al music-hall y al teatro de vodevil como actor, malabarista y lo que se requiriese, ya que su afición al boxeo, al rugby y al tenis lo colocaba en condiciones para desempeñar esos oficios. En 1949, la cinematografía francesa, que trataba de recuperarse del intervencionismo alemán durante la Ocupación, sumida en un estilo denominado eufemísticamente como "academicista", Jacques Tati se reveló como un notable cineasta con Día de fiesta , una sucesión insólita de gags visuales con un cartero-ciclista que desencadenaba situaciones tan originales como divertidas. El film se realizó con sesiones de improvisación, medios económicos modestos y tuvo una distribución menesterosa. Fue un éxito total. El cine galo necesitaba de alguien con talento para mostrar sus posibilidades cómicas, casi olvidadas desde que René Clair había partido a los Estados Unidos a mediados de los años treinta.
Lo más sorprendente de Tati es que ocupó un lugar muy singular en esa cinematografía durante toda su vida y también después de su muerte, hasta épocas muy recientes, en las que el cine francés ha logrado por fin tener entidad propia para la comedia. Los demás films de Tati, protagonizados por un desarmante Sr. Hulot, que interpretaba el mismo director, fueron pasos que reafirmaban su insobornable independencia. Las vacaciones del Sr. Hulot (1953) confirmó su talento: es una reflexión divertida, amarga y tierna sobre las vacaciones y el ocio programados.
Divergencia
Su prestigio alcanzó su culminación con Mi tío (1958), nueva proclama del individualismo y el derecho a la divergencia en una sociedad donde se observaba la gradual destrucción del mundo de antaño (el de las personas en contacto con sus objetos) por parte de los procesos de mecanización, utilizados en "casas inteligentes", que en el film inspiraban sketches tan graciosos como ocurrentes. Con Mi tío, el enorme potencial de Tati demuestra cuál es su mayor virtud: conocer la psicología del espectador, que se reconoce en las situaciones embarazosas pero al que aún se puede sorprender con giros inesperados, con esquemas que se deforman y estiran hasta aislar al protagonista en un entorno que tiende, desde el realismo circundante, a la abstracción conceptual.
En esa línea de trabajo, Playtime (1967) fue una sátira de los viajes turísticos organizados que acaban por embotar nuestra capacidad de observación. Tráfico (1971) trasladaba la misma mirada sarcástica al insoportable contexto automovilístico de las grandes ciudades. Y como canto de cisne, con un inexplicable fracaso comercial, llegaría Zafarrancho en el circo (1974), una suerte de Candilejas al modo de Tati.
Rasgos
A pesar de su excepcionalidad, Tati comparte más de un rasgo con los lejanos genios mudos del cine cómico burlesco. Como en el slapstick , más allá de Max Linder o los cuestionables logros franceses de Pagnol o de los hermanos Prévert, Tati actuaba para que su personaje fuese antes inoportuno que torpe; asocial (como el paria Charlot, como el marginado Keaton); defensor pacífico de la libertad individual; ácrata antes que anárquico frente a la autoridad; adalid de los personajes mínimos; autor de diálogos insignificantes; morador de silencios tristes pero humanitarios; cercano a los niños porque comparten la ignorancia del deber y del "saber estar". Sus películas son episodios de un personaje sin evolución (como los de Lloyd), porque, como un fenómeno de la naturaleza, simplemente se manifiesta.
La esencia del cómico Jacques Tati, que se atrevía a hacer un cine que había evolucionado secretamente desde la pantomima, está explicado por extensión o impertinente corrección en uno de los textos más hermosos y clarividentes de la historiografía cinematográfica, el artículo "M. Hulot y el tiempo", publicado en 1953 en Esprit y firmado por el fundamental André Bazin. Allí se afirma: "lo característico de M. Hulot (leamos Tati) parece ser el no atreverse casi a existir. Es una veleidad ambulante, una discreción del ser (?) M. Hulot no es más que la encarnación metafísica de un desorden que se prolonga mucho tiempo después de su paso".
Pero lo cierto es que Hulot nunca es consciente de nada, ni de la ridícula trascendencia de lo que lo rodea ni de cómo sus obras alteran el cosmos. Como los personajes de Peter Sellers en La fiesta inolvidable (1968, de Blake Edwards) o Desde el jardín (1979, de Hal Ashby), avanza como si se desplazara en una burbuja en cuyo interior la gravidez, el tiempo y la velocidad obedecen a una física diferente.
Jacques Tati habita un mundo sencillo pero de complejo aislamiento o, más bien, de sosegado ensimismamiento. Un lugar suburbial en el que charlar lacónicamente en la tienda de ultramarinos, observar al ama de casa luchar con el abrelatas sin ser juez ni parte para que el observador del observador encuentre en el personaje una patética y conmovedora comicidad. Es una forma de estar frente a la soledad familiar, en la soledad estoica e inocente del niño que se aburre sin agobio o del adulto que deambula sin fe, ajeno al bullicio estéril, reparando en cosas pequeñas y emocionantes, de engranaje perfecto, como parcelas estancas y minúsculas de tiempo y de vida.
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