
Jean-Paul Sartre entre el purgatorio y la gloria
El libro que comenta toda Europa, El siglo de Sartre . A veinte años de la muerte del filósofo francés, Bernard-Henry Lévy ha publicado un ensayo provocador, en el que rescata el pensamiento de una de las figuras más discutidas de la centuria. En este diálogo Lévy se refiere a las contradicciones de un hombre que se debatía entre la libertad y el totalitarismo.
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BERNARD-HENRI LEVY ha escrito un libro en el que cohabitan y se confunden la denuncia y la glorificación más extremas. La gran familia sartreana elogia la voluntad de síntesis, sin aceptar las críticas de fondo. La gran familia antisartreana elogia las críticas de fondo, sin aceptar la voluntad de síntesis y comprensión final.
No desea Lévy renunciar a ninguno de esos matices y contradicciones que, a su modo de ver, le dan al personaje y a la obra de Jean-Paul Sartre una envergadura mayor en la historia intelectual del siglo XX. La polémica y el diálogo quedan abiertos a quienes sean capaces de seguir y explorar esa oscura y dramática senda.
-Tras la lectura de su libro, no tengo muy claro si usted contribuye a reconstruir la memoria y la estatua de Sartre, o inicia un proceso de inconfesable demolición.
-Yo tengo la impresión de haber reconstruido su imagen.
-Pero no duda en hablar de un Sartre "totalitario".
-Yo no soy sartreano, no pertenezco a la familia sartreana. Lo digo todo, por supuesto. Primero, intento explicarme cómo el mismo Sartre puede ser, al mismo tiempo, un hombre de libertades y un totalitario, cómo el mismo hombre ha podido ser el más libre de los hombres y el compañero de viaje del PCE, un estalinista. Al final, intento comprender cómo el conjunto de la aventura es sencillamente formidable.
-Una aventura "globalmente positiva".
-No... yo me digo que es la aventura de una gran vida.
-Sin embargo, evocando la aventura de cama de Sartre con Blanca Lavin usted reconstruye un comportamiento sencillamente innoble, y evocando la polémica conAlbert Camus usted habla de "escándalo totalitario", de "perfidia", de "bajeza".
-En ambos casos, he intentado ser justo, y distinguir los distintos niveles. En el plano personal, es Camus el más simpático, en el terreno político es Camus el que tiene razón, pero en el terreno metafísico creo que es Sartre el que mejor permite plantear el problema de la libertad.
-Un poco sofístico me parece. Usted afirma que en el terreno concreto del análisis de los campos de concentración soviéticos es Sartre el que se equivoca. ¿Cómo puede usted afirmar, al mismo tiempo, que tiene filosóficamente razón?
-Se puede tener razón filosóficamente y estar equivocado políticamente.
-Usted llega a acusar a Sartre de apología del terrorismo.
-Efectivamente. Cuando los maoístas franceses se plantearon la cuestión del terrorismo, preguntándose si había o no había que tomar las armas, en Francia, donde hay una tradición terrorista muy anterior a las tradiciones española o italiana, Sartre fue uno de los que impidió a los maoístas desembocar en el terrorismo, pues le parecía una solución absurda...En otro plano, es una evidencia que sobre el marxismo, la antigua URSS, el Gulag, Sartre dijo cosas horribles e insoportables, pero fíjese, tampoco hay que olvidar el resultado: tras haber ido al final del error, tras haber ido al final de la noche del error, cuando se trató de salir, él fue de los que nos invitaron a salir.
-Para las víctimas del Gulag, esa invitación que usted evoca quizá llegó demasiado tarde.
-Sin duda.
-¿Cuál es la parte de seducción en toda la retórica y la escritura sartreana? ¿En qué medida usted mismo no está pura y sencillamente seducido por esa prosa, más allá de la razón misma?
-En mi caso, es una evidencia que estoy seducido. La parte de la seducción sartreana es muy alta. No se pueden pasar cuatro, cinco años, de una vida, leyendo y releyendo una obra, sin estar seducido por ella.
-En algún lugar del segundo Fausto , Goethe dice que el Demonio es, precisamente, esa fuerza de seducción que siempre dice "no" a todo. ¿No hay algo de diabólico y endemoniado en esa seducción de la palabra sartreana?
-De entrada, Sartre no se equivoca ni seduce siempre. No se equivoca sobre la guerra de Argelia, no se equivoca al final de su vida sobre los boat people vietnamitas, no se equivoca sobre Vichy... Sartre no se equivoca siempre. Y, además, ¿qué quiere decir equivocarse? Pensar quizá sea equivocarse. La verdad es una sucesión de errores, errores rectificados.
-¿Qué queda, al final, de la palabra sartreana? ¿Las novelas, la filosofía, el teatro, la crítica literaria?
-Queda, de entrada, que es un inmenso lector, un inmenso crítico literario. Su libro sobre Flaubert es un libro extraordinario. Queda un inmenso novelista, mucho más importante de lo que se piensa.
-¿Piensa usted, de verdad, que las novelas de Sartre pueden compararse a los libros de Kafka, Thomas Mann o Faulkner?
-Por supuesto. Para mí, La náusea es una de las grandes novelas del siglo XX.
-¿Y en el terreno filosófico?
-Queda una voluntad de filosofar.
-¿Compararía usted su Crítica de la razón dialéctica con el Tractatus de Wittgenstein?
-Mire usted... creo que es posible comparar El ser y la nada con lo mejor de la filosofía francesa de este siglo.
-Perdóneme la malevolencia, pero George Steiner dice que la filosofía francesa del siglo XX es, con frecuencia, una nota a pie de página de la historia de la filosofía alemana.
-Mire... hay en ciertas formas de filosofar de Sartre, sobre un tonel, como Diógenes, como los cínicos griegos, una forma de filosofar en la calle y para la calle, algo francamente espléndido. Algo muy bello.
-Sartre encima de un tonel, a la puerta de Renault, en Billancourt, no siempre dijo palabras sin duda inolvidables.
-Bueno, bueno... en aquella ocasión, Sartre no estafa filosofando, efectivamente. Había utilizado una imagen. En cuento a los errores... recuerde usted los errores de Voltaire contra Rousseau.
-Voltaire nunca tiene la pretensión de la palabra absoluta que hay en El ser y la nada , la Crítica de la razón dialéctica o El idiota de la familia .
-Es cierto. Quizá pueda hacerse ese reproche. Pero recuerde que, en definitiva, también se trata de libros inacabados. En definitiva, ¿es mejor tener libros que asuman su condición inacabada, que asuman su incapacidad de terminar?, ¿o es mejor tener libros que aspiren a lo sistemático, maquillando sus debilidades? En cualquier caso, no se puede hacer a Sartre el mismo reproche, al mismo tiempo: no se le puede reprochar ser un filósofo totalitario, cuya ambición absoluta tendría algo de una tentación totalitaria, y, al mismo tiempo, reprocharle haber dejado inconclusos esos proyectos de sistema.
-Esa tentación de poseer, hoy, la verdad que denunciamos mañana, ¿no corre el riesgo de abandonar la palabra a la ley del más fuerte, que, en nuestro tiempo, es la palabra publicitaria?
-Al contrario. Sartre nunca toma la palabra del más fuerte. En el caso de su polémica con Camus, sobre el marxismo y los campos de concentración soviéticos, hay en la palabra de Sartre algo muy bajo en sus ataques contra su amigo. Sin embargo, Sartre ha participado, con exceso, incluso, en la sacralización de la palabra de las víctimas. Para Sartre, es suficiente con ser una víctima para tener todos los derechos.
-Sin embargo, usted cuenta, con mucho detalle, cómo en la época de su viaje a Moscú, Sartre toma partido por el Estado y no recuerda, en ningún momento, el dolor de las víctimas de los campos de concentración.
-En el caso de la URSS, es evidente que Sartre olvida a las víctimas. Sin embargo, siempre está junto a las víctimas del Tercer Mundo, defendiendo el partido de los oprimidos. Su "crimen", su falta ante el Tercer Mundo, es haber sacralizado a las víctimas, dándoles todas las libertades, incluida la de asesinar a sus opresores.
-Si lo entiendo bien, Sartre reclama para sí el derecho permanente a la palabra justa, negándosela, siempre, a sus adversarios, sean de izquierda, como el grupo Socialismo y Barbarie, sean conservadores, como Aron, o sean sus antiguos amigos íntimos, como Albert Camus.
-Aceptando, sin embargo, para sí mismo, el principio de haberse equivocado. Hay una práctica del desmentido, de la autocontradicción, de la autocrítica, que no es la de un dogmático. Sartre no deja de repetir que el suyo es un pensamiento en movimiento y que, a su modo de ver , en el terreno del pensamiento, lo importante es el movimiento y no los resultados.
-Al final de esa aventura personal, usted insiste en un tercer Sartre, que usted solo defiende contra todos; un Sartre que desemboca en la mística judía. ¿Cómo explica usted ese desenlace final?
-Técnicamente, lo explico por la influencia clandestina del pensamiento de Emmanuel Levinas. Encuentro filosófico de primera importancia, incluso si se consuma a través de un tercero, su joven secretario, antiguo jefe maoísta, reconvertido a la mística judía, Benny Levy. A partir de ahí, qué quiere que le diga, Sartre termina su carrera y su vida, como tantos otros personajes de nuestro tiempo, como un personaje de Dostoievski, un poseído, un endemoniado. Sartre fue al final del error, al final del horror, al final de la noche del mal. Y al final de esa larga y loca aventura, acabó comprendiendo que no encontraría la salud moral, más que en la revolución de su propio pensamiento: el desmantelamiento de todas sus ilusiones revolucionarias, el desmantelamiento de todos los mesianismos profanos. En ese sentido hablo de un "hombre siglo", porque ha ido hasta el final de la noche de su época.
-¿Terminó Sartre abrazando el mesianismo religioso?
-En sus textos últimos hay cosas muy extrañas... Sartre llega a afirmar que cree en la resurrección de los cuerpos. Sartre no dice "la inmortalidad del alma", eso está al alcance de cualquiera. Eso no quiere decir nada. El gran misterio cristiano es la resurrección de los cuerpos. El último Sartre, el que lleva la autocrítica hasta la demolición, ese Sartre que acaba haciéndose leer los textos de la mística judía, dice creer en la resurrección de los cuerpos. No me gusta hacer el retrato de un Sartre que chochea y dice todo tipo de majaderías. Yo creo que Sartre sabía lo que estaba diciendo.
-Si lo entiendo bien, Sartre acabó siendo un creyente.
-No, no... Sartre fue un ateo que intentó llevar hasta el fin la aventura del ateísmo. Pero, ¿es que ser ateo significa el olvido de Dios? ¿Es que ser ateo significa liquidar a Dios? No sé qué decir. No es una cuestión sencilla.
-A su modo de ver, la aventura filosófica de Sartre culmina volviendo a replantear el problema de Dios...
-Sartre no había dejado, nunca, jamás, de plantearse el problema de Dios... Como Bataille, como Lacan, como todos los pensadores ateos del siglo XX. La gran cuestión del siglo XX es la cuestión de la muerte de Dios. Sartre es quizá el último pensador contemporáneo y al mismo tiempo actor de problemas históricos. Sartre no acabó siendo cura ni rabino, pero me parece muy bello que terminase planteándose el problema de Dios.
-Usted parece evocar a Malraux, diciendo que el siglo XXI será un siglo religioso.
-Nuestro siglo XX ha sido un siglo religioso. El siglo XX ha sido un siglo de largas, feroces, espantosas guerras de religión. ¿Qué ha sido el estalinismo, sino una religión laica? Los integrismos, el fenómeno de las sectas, las resistencias a esos integrismos y sectarismos, que lo queramos o no, son fenómenos religiosos. Hay que ser muy naïf para pensar que hemos acabado con las religiones. La religión es cosa de ayer, de hoy, y de mañana.





