Jesús, en primera persona
EL EVANGELIO SEGUN EL HIJO Por Norman Mailer (Emecé)
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A los setenta y cuatro años, Norman Mailer no se arredra. Ahora nos cuenta la historia de Jesús no en tercera persona sino en primera. Encarnado en el Jesús histórico y en el hijo de Dios, le da su voz.
"Sentí que el Nuevo Testamento no está bien escrito. Olvida un poco la lógica histórica. Ahí es donde me metí", dijo el escritor judío norteamericano en una entrevista reciente. Y agregó que, mientras escribía la novela, creía en Jesús. "Ahora, no sé, no estoy seguro."
Aunque El Evangelio según el Hijo no está a la altura de Los desnudos y los muertos o El fantasma de Harlot , y seguramente surgió al influjo del boom mundial de ventas de libros sobre Jesús y la Virgen, la obra se lee como lo que es, una novela y un desafío.
En la voz y el tono elegidos para hacer hablar a este Jesús, hay una cierta lejanía interior que roza el frío y constituye, al mismo tiempo, el principal acierto y la principal limitación. Defecto porque el hombre se escapa, reducido por momentos a un instrumento divino presa de la confusión y la incertidumbre. Acierto porque le permite al novelista acceder a la veta divina, siempre problemática desde el punto de vista de la ficción.
¿Por qué un evangelio según el Hijo? La respuesta está en la primera página: "Si bien yo no diría que el de Marcos es falso, contiene una gran exageración. Y ofrecería menos por Mateo, y por Lucas y Juan, que me dieron palabras que nunca pronuncié y me describieron como apacible cuando estaba pálido de cólera. [...] De modo que yo brindaré mi propia versión. A quienes me pregunten cómo llegaron mis palabras a estas páginas, les diré que lo consideren un pequeño milagro".
Jesús admite que hubo otros evangelios además de los cuatro canónicos. Cada uno aspiraba a fortalecer su propia iglesia. "De todas estas iglesias sólo una prevaleció, y escogió sólo cuatro evangelios, condenando a los demás. [...] También es verdad que si hubiera favorecido cuarenta evangelios y no cuatro, no habría número capaz de bastar".
Lo interesante es que este Jesús recoge elementos de los evangelios apócrifos, porque cuenta que María le dio dos hermanos: Santiago y Juan. "Puede ser que el amor entre nosotros estuviera maldito, pues en años posteriores yo no me sentí tan cerca de estos hermanos como de los niños asesinados en Belén. Muchas veces medité acerca de esos niños y de la vida que nunca tuvieron".
Éste es un ejemplo de la extrema cautela de Mailer con un personaje tan especial: Jesús sólo meditó acerca de esos niños muertos en su lugar. Aún niño, cuando José le revela quién es su Padre, "sólo difícilmente podía verme a mí mismo como el Hijo". Se sentía como un hombre que alberga a otro hombre hasta que Juan lo bautizó.
La extrema diplomacia de Mailer -¿su concesión al mercado?- se repite en el desierto, cuando Jesús se desdibuja frente a un Satanás implacable en sus razonamientos: "El amor de Dios por todos a quienes ha creado está sofocado por sus maldiciones. Su lenguaje revela cuánto adora la grandeza que simula despreciar". A Mailer le ocurre aquí lo que a John Milton en El paraíso perdido : el demonio adquiere perfiles humanos que lo fortalecen como personaje literario en desmedro de los divinos.
Mailer confiere hábiles dosis de humanidad a Jesús, que se asombra ante sus propios milagros, teme en el desierto la picadura de los escorpiones, sufre cuando no le brindan amor y sufre por el egoísmo de sus discípulos, aunque los comprende y los perdona. Se obliga a no sentir pena por sí mismo porque "la destrucción de cada hombre se encuentra en la lástima que reserva para sí". Lo acomete el orgullo, lo acometen las dudas, y no sabe si dice la verdad al prometer que resucitará a los tres días. Demasiado tarde, en el Gólgota, valora el amor de María.
La crucifixión ocupa muy pocas páginas, que Mailer emplea para entrar de lleno en la nada novedosa pero siempre apasionante concepción de un Dios falible que ha perdido grandes batallas contra el demonio pero que, en su astucia, "vio la manera de llamar victoria a la derrota".
En medio de los padecimientos de la cruz, Jesús reflexiona: "Si yo lo había abandonado, también él me había abandonado. [...] Hacía sólo lo que podía hacer. [...] Sus esfuerzos por mí, ¿habrían sido tan grandes que ahora estaba exhausto?"
Tras la resurrección y sobre el final de la novela, este giro o humanización de Dios a través de Jesús resulta un tanto tramposo por lo tardío, pero práctico y efectista como recurso literario. Al plantearlo en los últimos tramos y no desde el comienzo o la mitad, logra sorprender y se ahorra dificultades.
Más baratos y demagógicos son los lamentos que pone en boca de su personaje sobre la hipocresía de muchos cristianos y sobre el Vaticano como el mayor reservorio de oro del mundo.
Sentado a su diestra, Jesús nos confiesa que "mi padre no me habla con frecuencia. Aun así, yo lo venero. Brinda tanto amor como puede ofrecer, pero su amor no carece de límites."
Lo mejor que puede decirse de esta breve novela es que se lee con interés pese al final conocido. Como siempre, muy buena la traducción de Rolando Costa Picazo. (235 páginas).
Jorge Urien Berri
(c)
La Nación



