José Emilio Burucúa despide a su amigo, el italiano Carlo Ginzburg
En esta columna, el argentino no duda en afirmar que con la partida de su colega se apaga una de las más grandes luces de la ciencia de la historia
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Carlo Ginzburg ha sido una de las más grandes luces de la ciencia de la historia en estos dos siglos en los que me ha tocado vivir. Su obra cumbre, o al menos aquella que lo hizo famoso más allá del mundo académico, fue sin duda El queso y los gusanos, publicada en Italia en 1976. Y lo fue con absoluta justicia, porque partió del descubrimiento de una documentación única en un archivo de Friule, muy poco frecuentado hasta que Carlo encontró allí el expediente de un juicio inquisitorial, llevado a cabo en los últimos años del siglo XVI contra un molinero, Domenico Scandella, conocido como Menocchio.
Es decir que nuestro querido amigo trajo a la luz del relato sobre el pasado un capítulo apasionante que ignorábamos, en buena medida, y, no solo nos permitió saber en detalle la vida y las circunstancias de la muerte de un hombre en el mundo campesino del nordeste de Italia, es decir, un tipo de biografía con muy escasos ejemplos hasta aquel momento, sino que además resultó ser el triunfo mundial de una corriente historiográfica, la microhistoria, que nacía entonces en Italia de la mano de Edoardo Grendi, de Giovanni Levi y del propio Ginzburg.

No resulta exagerado decir que, si un joven estudiante o una persona culta y curiosa procuran conocer hoy qué ocurrió en la Europa del giro entre los siglos XVI y XVII por medio de biografías precisas, no dudaría en aconsejarle que acompañe los relatos de las vidas de monarcas, Felipe II, Isabel I, Enrique IV, de papas, Sixto V, Paulo V, de navegantes, Raleigh, Sarmiento de Gamboa, de científicos e intelectuales, Giordano Bruno, Paolo Sarpi, Tycho, Kepler, de artistas, Caravaggio, los Carraci, Monteverdi, con el espléndido retrato vital, religioso y moral que nuestro querido historiador, cuya muerte lloramos hoy, trazó del molinero Menocchio.
Claro que Ginzburg fue mucho más allá del surco abierto en 1976. Él mismo demostró cómo las definiciones, las creencias y las prácticas europeas en el terreno de esa invención atroz de clérigos y abogados que fue la brujería entre los siglos XV y XVII eran en verdad manifestaciones de milenarias certidumbres sobre la comunicación entre los vivos y los muertos, complejos culturales que tejió la humanidad de Eurasia desde mediados del primer milenio antes de Cristo hasta bien entrada la historia moderna de Europa. De modo que la microhistoria se vio coronada por un relato macro, en el tiempo y en el espacio, sobre una construcción, tanto intelectual como práctica, que desembocó en la brujería de Occidente del Quinientos y del Seiscientos.
Y más, mucho más, la indagación alrededor de un grupo bien delimitado de fuentes, como pudo ser un conjunto de libros, una secuencia de imágenes, una polémica religiosa que involucraba actores en varios continentes –Europa, Asia, América–, un procedimiento, una herramienta intelectual destinada a florecer en las ciencias biológicas o en la antropología, todas esas galaxias históricas resultaron desplegadas y analizadas por nuestro historiador y enriquecieron horizontes inimaginables de nuestro saber del pasado. Pues además, Carlo presentó una hoja de ruta para el uso de un método de las ciencias humanas, desde la medicina hasta la semiótica, la historia, la antropología, al que él mismo definió como paradigma “indiciario”, que consiste en un trabajo con las señales, las huellas de los hechos, y nos permite desvelar lo real que se despliega a menudo disfrazado, enmascarado ante nosotros.
Ese paradigma anuda la labor de los historiadores con la de los médicos, los naturalistas, las parteras, los exploradores, los meteorólogos, las mujeres sabias a la hora de cuidar y hacer madurar a sus hijos. Con lo cual, el profesor Ginzburg reencontró una universalidad creíble, rica de promesas y vehículo de nuestras esperanzas, las antiguas y las actuales. Por último, nos transmitió el amor y el fuego que recibió de las vidas de su madre Natalia, una escritora sincera y fascinante, de su padre Leone, mártir de la libertad en la Italia de 1944-45, y de su esposa Luisa Ciammitti, una maestra de los métodos y la escritura de la historia del arte. ¡Qué proporción inmensa de luz que hemos perdido! Adiós, Carlo, mil gracias por todo.
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