Joseph Conrad y su padre: la traición devota
El autor de Lord Jim se evadió de sus orígenes. Abandonó su patria, Polonia, y su idioma natal para ser uno de los más grandes escritores en lengua inglesa, pero siempre lo persiguió la memoria acusadora del padre, un revolucionario, que lo amó y lo torturó con su cariño
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Un padre y un hijo se estiman, pero también son enemigos: una relación hecha de amor y de incomprensión, de actos de ternura y de traiciones. El padre se llama Apollon Korzeniowski, tiene cabeza grande, orejas como pantallas, ojos marrones y soñadores, barba negra y tupida, labios sensuales. El hijo se llama Jozef Teodor Nalecz Korzeniowski, apodado por la familia Konradek; es un niño grácil, pequeño para su edad, de piel más bien oscura, como la de su madre, de ojos negroazulados, brillantes y profundos.
El padre tiene un carácter extrovertido, se entusiasma fácilmente, pero tiende también a la depresión. Conoce seis lenguas y declama en voz alta poesías sobre la libertad, defiende a los desamparados y es un apasionado hombre político que sacrifica su bienestar y el de su familia por una idea urgente y romántica de revolución patriótica.
¿Pero qué era la revolución para Apollon Korzeniowski? Su Polonia natal estaba entonces dominada con mano de hierro por los rusos, mientras las nuevas ideas de libertad y de orgullo nacional viajaban por Europa a la velocidad del relámpago. Eran años de grandes sueños de independencia, de idealismos furibundos y de esperanzas de un futuro conmovedor.
El niño Josef, de apenas seis o siete años, observa con ojos de admiración a su padre patriota. Lo espía, ansioso por imitarlo en sus gestas heroicas. Algo en esa férvida contemplación ha de haberlo impresionado desagradablemente: el hombre impetuoso, infantil y entusiasta deseaba presentarse a su hijo como un modelo.
Al joven Conrad, que cambiará muy pronto apellido y lengua, no le gusta considerar a su padre un revolucionario. ¿Qué es, después de todo, una revolución? Una pasión literaria, un ideal romántico absolutamente impracticable y falto de consistencia. Escribirá más tarde: "El espíritu revolucionario ofrece sólo esta gran conveniencia: que nos libera de todo compromiso con las ideas. El optimismo absoluto y valiente resulta repugnante, pues contiene en sí mismo una amenaza de fanatismo e intolerancia". ¿Será éste el juicio definitivo sobre su padre?
Tiene sólo quince años el pequeño Konradek y comienza ya a sentir a su progenitor como a un extraño. Huye con fastidio de su exagerada teatralidad y de su exasperante sentimentalismo. Y sin embargo, su mirada filial, cada vez más madura, guarda aún un dejo de admiración. "Tenía doce años cuando murió mi padre -cuenta Jozef, ahora llamado Joseph-. Yo he visto con mis propios ojos el funeral público, las calles llenas de gente enmudecida y atónita. Esa muchedumbre -obreros con la cabeza descubierta, mujeres asomadas a las ventanas, estudiantes agolpados en las aceras- nada podía conocer de él, salvo su reconocida fidelidad, pues la emoción los embargaba a todos."
Joseph quedará consternado cuando asista a la destrucción de los manuscritos paternos. "Un día entré un poco más temprano de lo habitual en su habitación y me quedé de pie, sin ser visto, observando el espectáculo insólito de cómo la religiosa que lo cuidaba, agachada ante el hogar, alimentaba el fuego con los escritos de mi padre. Él, reclinado sobre muchos almohadones, estaba hundido en su sillón. No era un enfermo en un momento de desesperación sino un hombre profundamente agotado y vencido. La destrucción de sus papeles me impresionó, porque era una forma de capitulación".
Por muchos años, Joseph estuvo convencido de que todos los manuscritos de su padre habían sido destruidos aquel día, hasta que, en julio de 1914, el bibliotecario de la Universidad de Cracovia le mencionó "la existencia de algunos papeles, entre los cuales había varias cartas, escritas durante el exilio y dirigidas a su más íntimo amigo". Joseph se dirige sin prisa a la Universidad de Cracovia, echa rápidamente un vistazo a las cartas de su padre y regresa al día siguiente para leerlas detenidamente. "Pero la mañana del día siguiente estalla la guerra. Así fue como jamás supe qué le había escrito mi padre a su mejor amigo."
De ese modo, distraída y vergonzosamente, Conrad había enterrado a su padre, demasiado dramático y excesivo, pensando que el mundo también lo había olvidado. En cambio, cuarenta y cinco años después de su muerte, jóvenes escritores polacos lo recordaban como excelente traductor de Shakespeare, Victor Hugo, Alfred de Vigny. "En esa ocasión -escribe Joseph- supe cosas de su vida que yo siempre había ignorado, como por ejemplo, que el Comité Secreto Nacional, destinado esencialmente a organizar la resistencia moral contra la rusificación de Polonia, había nacido gracias a la iniciativa de mi padre. Las primeras reuniones se habían hecho en nuestra casa de Varsovia, de la cual no recuerdo sino una sola habitación (probablemente la sala), blanca y roja. Recuerdo a mi madre sentada entre los asistentes, vestida de negro, como signo de luto nacional y desprecio a las entonces nuevas y feroces reglas de la policía de ocupación."
La madre, Eva Bobrowska, tenía apenas treinta años cuando se produjo la ocupación. Su rostro era bellísimo, "siempre adusto" y toda su persona estaba envuelta por una misteriosa gravedad, quizás presagio de una muerte precoz que le llegaría cuatro años después.
Las hermanas Bobrowska eran dos, según le contará su tío, cuando el joven Joseph, huérfano de padre y madre, vaya a vivir con él. Una era dulcísima, inteligente y estudiosa: confiaban en que ella tendría un gran porvenir. En cambio, morirá de pulmonía. La otra, su madre, era muy bella, pero de carácter "menos fácil", según palabras de su tío. Inquieta, frágil, de una inteligencia caprichosa y romántica, se había enamorado de Apollon y había decidido casarse con él, no obstante la desaprobación de su padre. Justo en el momento en que defendía su derecho al matrimonio, su padre sufrió un ataque mortal, que a ella le provocó un sentimiento de culpa tan profundo que creyó, incluso, enloquecer. El desequilibrio psicológico aparentemente irremediable que la atormentaba y por el que sus parientes temieron tener que internarla en un manicomio se transformó con el matrimonio en progresiva serenidad interior y coraje.
Cuando la joven madre muere por las penurias del exilio, acordado y aceptado incluso con espíritu patriótico por los cónyuges Korzeniowski, Apollon se encariña mucho más con su hijo. Su instinto paterno, sin embargo, lo conduce a un abrazo tiránico que termina penosamente por aislar al niño del mundo. Se rehúsa a mandarlo a la escuela para que no aprenda "la lengua del invasor", lo somete a un severo programa de estudios de historia dirigido por él mismo, le prohíbe jugar con otros niños porque teme la influencia de un mundo "corrupto y servil". En resumen, crea un régimen que acaba por dañar el cuerpo y la psique del niño, cuyo corazón "se había encogido y arrugado", según confiesa el mismo Apollon. El hecho es que el pequeño Konradek comienza a sufrir ataques de nervios, que los médicos diagnostican como epilepsia.
Pero Apollon no era irresponsable ni falto de generosidad: por el bien de su hijo, decide enviarlo a Kiev, a casa de su abuela, más confortable y acogedora que su propio hogar. Las cartas que Apollon escribe a sus amigos demuestran cuánto le costó desprenderse de su hijo: "Me siento tan sólo sin Konradek... Imagínate: un niño tan estúpido que dice sentir nostalgia por la soledad de un exilio, en el que lo único que conoció fue mi rostro enojado, y cuya única diversión a sus escasos nueve años consistía en unas pesadas lecciones de historia; aun así, no tienes idea de cuánto extraño a ese estúpido niño".
Tras la muerte de Apollon -definido por Jeffrey Meyer, su biógrafo, como un "miserable administrador de sus propios bienes, poeta mediocre, desastroso revolucionario, en resumidas cuentas, un fracasado"-, el joven Konrad va a vivir con su tío, Tadeusz Bobrowski, hermano de la madre. En casa de su tío, un hombre pacífico, culto, sereno y lleno de humorismo, Joseph recupera la salud y el goce de la vida.
Ni bien puede, en 1874, con apenas diecisiete años cumplidos, huye de Polonia, sin saber qué hará ni cómo sobrevivirá con el poco dinero que su tío le envía mensualmente. Nunca había visto el mar, aunque se imaginaba siempre a sí mismo navegando. De Viena a Zurich, de Lyon a Marsella, él cumple con sus sueños del viajero errante, apasionado de libros y de aventuras. Amaba la ópera (vio Carmen catorce veces), leía y caminaba muchísimo, pero ante todo guardaba la esperanza de embarcar.
En Marsella le ofrecen trabajar a bordo de un barco inglés, cuya ruta era la de los Mares del Sur. Conrad acepta feliz, saborea la idea de una relación intensa con la Naturaleza y ansía descubrir mundos desconocidos. Pero el fantasma del padre, muerto hace ya años, regresa y está a su lado, severo y amenazante.
En la mente del muchacho se insinúa la palabra clave: traición , que se transformará en el motivo recurrente y obsesivo de los bellísimos cuentos de aquellos años. Esos relatos comienzan y culminan con una traición, más o menos consciente, más o menos angustiante o voluntaria. Como en Las locuras de Almeyer , como en Lord Jim o como en Tifón , siempre hay un hombre que huye, que se esconde, seguido como Orestes por la furia de un remordimiento sin remedio.
Conrad se detiene a menudo a reflexionar sobre esta traición desgarradora, con la esperanza de justificar ante sí mismo su tormento: "Me había evadido de mis orígenes bajo una tempestad de reprensiones, me separaba una gran distancia de aquellos afectos del pasado que seguían invadiendo mi memoria, y me sentía ajeno a ellos, desde que la vida, misteriosamente, me había seducido tan lejos de mis vínculos de fidelidad". Para decirlo de una manera intrincada, el nudo de su angustia interior era aquello que él mismo no lograba perdonarse: el abandono de su país y de su lengua. El sentimiento de pertenencia que su padre llevaba como estandarte parece incitarlo desde lejos, perseverante.
Ahora bien, ¿la fidelidad ciega, justamente, no forma parte del carácter de aquel Don Quijote, tantas veces ridiculizado con ternura por Conrad mismo? ¿La fidelidad no era el lenguaje profundo del corazón de Apollon Korzeniowski, devoto de su tierra y de su lengua, de sus tradiciones y de su bandera, pero incapaz de proteger a su amada, a su hijo y a sí mismo?
"Después de leer tantas novelas de aventuras, deseaba ingenuamente que su cuerpo rehuyese a su intolerable realidad material" -escribe Conrad acerca de un imaginario Don Quijote, en quien reconocemos fácilmente a su padre-. "Quería mirar fijo en los ojos del valeroso gigante, señor de Arabia, cuya armadura está hecha con piel de dragón. ¡Oh amable debilidad natural! ¡Oh simplicidad bendita de un dulce corazón despojado de todo artificio! ¿Quién no sucumbiría ante semejante tentación consoladora?" Apollon fue un hombre amado y amable, pero qué intolerante con sus pasiones civiles. ¡Cuántos extremismos en sus delirios patrióticos! Su hijo tuvo un espíritu diferente, más racional y moderado, y prefirió obedecer órdenes en las naves extranjeras antes que combatir a los rusos en su tierra natal. Y, sin embargo, lo acompaña en todo momento un pensamiento de deserción y deslealtad. Escribió: "Sería demasiado extenso explicar lo que une íntimamente las contradicciones de la naturaleza humana, y lo que a veces confiere al amor mismo la forma extrema de la traición", escribió una vez más, intentando aclarar el significado profundo de dichas contradicciones.
Parece que el padre está allí, siempre vivo, y que mantiene una autoridad que el hijo apenas si logra olvidar. "Un loco que hace guardia por la noche, meditando junto al aljibe de una hostería, y que al alba se arrodilla para ser nombrado caballero, es un hombre que ha llegado casi a la perfección", escribe Conrad pensando en su padre.
Aquel que avanza sobre un caballo ruinoso, con la cabeza gacha, coronada por una aureola, o es el patrono de todas las vidas perdidas y desperdiciadas, o es el único ser salvado por la gracia irresistible de la imaginación.
Es aquí donde Conrad encuentra el punto de unión con la historia de su padre. ¿La gracia irresistible de la imaginación no podrá ser reconstruida en los papeles antes que en la vida? ¿Aunque más no sea, escribiendo o reescribiendo la historia de una culpa jamás expiada y probablemente jamás expiable? Se trata de un sentimiento desgarrador, entre la necesidad de abandonarse a la consolación del tiempo y la enérgica voluntad de de una estrategia narrativa.
Un padre y un hijo: cuántas traiciones, cuánta lastimosa fidelidad a la memoria.
La autora ganó el prestigioso Premio Strega en 1999 con Buio (Oscuridad).
Traducción de Alejandro Patat



