
Juan Pablo Geretto
Actor camaleónico, obtuvo reconocimiento con los unipersonales que hizo en Rosario y en el circuito off porteño. Luego pasó por la TV y ahora llega al gran público como coprotagonista de Rain Man
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Sin peluca, capas de maquillaje y vestuario femenino, Juan Pablo Geretto pasa inadvertido en el bar del hotel céntrico que eligió para la entrevista. Con un pantalón y una camisa clásica, el pelo corto y anteojos de marco grueso, está irreconocible para quienes lo vieron en Solo como una perra , Como quien oye llover y Yo amo a mi maestra normal , exitosos unipersonales de su autoría que presentó durante varias temporadas en Rosario y Buenos Aires. Lo mismo sucede cuando aparece sobre el escenario de La Comedia, teatro donde interpreta a Raymond Babbitt, uno de los protagonistas de Rain Man .
Este particular personaje, el autista con síndrome de Savant que se reencuentra con su hermano menor después de treinta años, es su primer papel masculino. Hasta ahora siempre había representado roles femeninos: mujeres de distintas edades y temperamentos que construyó a partir de la observación de su universo familiar.
-Era un mundo femenino y machista; muy contradictorio y hormonal. Muchos de los personajes de Como quien oye llover , e incluso la maestra normal, tienen que ver con personas de mi infancia y de Gálvez, el pueblo donde crecí. Fui criado en un barrio alejado, donde los hombres se iban todo el día a trabajar y sólo quedaban las mujeres. Ser un niño ahí era muy interesante; más un pibe como yo, sensible, con otras aspiraciones. Tiempo después, todo eso derivó en la actuación, pero en aquel momento mi trabajo era tratar de entender esa estructura y sobrevivir.
-No estudiaste teatro pero en algún momento decidiste que lo tuyo era actuar. ¿Qué te llevó por ese camino?
-Fue la vida. Un día dije: "Basta de trabajar de cualquier cosa. O se vive o se muere de esto". Y llevé esa decisión adelante. Me fue bien; si no, hubiera ido por otro camino. Soy una persona hambrienta de trabajo, no podría vivir sin trabajar. La autogestión surgió a causa de tener pocos recursos y muchas ganas.
-En tus espectáculos hay un repertorio de frases, pensamientos, modos de comportamiento muy auténticos. ¿Las historias son reales?
-Casi todas. Siempre me resultó muy conmovedor comprobar que la gente creía lo increíble y descreía de lo que había sucedido de verdad. Exageré situaciones, las llevé a un extremo porque en teatro todo necesita ser más grande. Pero los personajes siempre habitaron en algún lugar de mí. En mi familia han pasado cosas muy dramáticas, que fueron sobrellevadas con humor; un recurso que siempre fue una válvula de descompresión. Algunas veces no se podía hablar en serio o se evitaba decir algo porque todo era una broma. Eso me dio una profesión.
Geretto tiene 38 años y actúa desde los 19. Su primer unipersonal, Solo como una perra , estuvo once años en cartel. Primero en Rosario, ciudad donde comenzó a trabajar como actor, y luego en Buenos Aires. Cuando el espectáculo ya estaba instalado en el circuito independiente porteño, gracias al boca a boca, los productores del programa de Marcelo Tinelli lo convocaron para sumarse al staff de humoristas.
-Me habían llamado unos años antes y les había dicho que no, por puro prejuicioso. Después también dije que no, pero me convencieron y la verdad es que hice muy bien en aceptar. Fue una gran experiencia. Pude insertar mis personajes en programas como el de Tinelli o Mañanas informales . La televisión te da un entrenamiento específico porque es otro lenguaje, con el que yo no estaba muy emparentado. Claro que siempre viví la televisión en función del teatro. Lo que hacía en tele era para apoyar el espectáculo, para que me conocieran más.
-¿La televisión te hizo popular?
-Hasta ahora, me pasa lo que viste vos hoy acá: muchos no me reconocen sin la peluca. Tardo dos minutos en cambiarme y salir del teatro con mi jogging . Paso entre la gente que está en la vereda, escucho sus comentarios, pido permiso y chau. No se dan cuenta de que soy el mismo que vieron sobre el escenario, y lo disfruto.
-Raymond, tu personaje en Rain Man , es un autista con graves problemas de comunicación. ¿Te resulta más difícil interpretar un papel así en comparación con tus criaturas?
-Sí. Creo que es todo lo contrario de lo que hice. Es como darme vuelta del revés, como meterme para adentro. Todos mis personajes tienen un menú de gestos y guiños para expresarse. Éste no: es preciso, exacto, dice una cosa cuando quiere expresar otra. Es un gran personaje.
-¿Qué te interesó en particular de esta propuesta?
-Tenía ganas de hacer un cambio y de salir del lugar de la producción, de disfrutar más mi rol de actor. Raymond representaba un desafío para mí, ya que es un cambio importante de registro. Acepté por pura intuición. "Me parece que voy por ahí", me dije.
No se equivocó. Geretto se luce en el papel del genio retraído, capaz de contar en pocos segundos cuantos fósforos cayeron de una caja pero incapaz de expresar que le da pánico subirse a un avión.
-Raymond es Rain Man en el imaginario de su hermano Charlie, que interpreta Fabián Vena. Es un personaje complejo, primero porque es emblemático, gracias a la actuación de Dustin Hoffman en la película. También porque se sabe poco de la enfermedad, de lo que puede llegar a pasar en la cabeza de un autista Savant. Tienen una isla de conocimiento en un mar de incertidumbre. Pueden resolver problemas muy complejos pero no pueden atarse los cordones. O tal vez no les interese. No sé.
-¿Investigaste las particularidades del trastorno?
-La investigación la hizo la directora, Alejandra Ciurlanti. No intentamos hacer un trabajo social. Es una pieza dramática con algunas licencias teatrales hecha con mucho respeto y amor. Hay diversas teorías, pero lo que se sabe es que les falta el puente que une los dos hemisferios del cerebro. Es muy difícil abordarlos. Uno no sabe qué hacer.
-¿Cómo encaraste el personaje para representarlo en el escenario?
-Raymond es una persona normal. Nosotros lo encaramos como alguien que siente lo mismo que todo el mundo, pero no lo puede expresar. Desde ese punto de vista, abordamos el trabajo. Llora, se ríe, se divierte, se angustia, se aterra, pero lo demuestra de una manera diferente de cómo lo hacemos nosotros.
La obra se estrenó a mediados de abril. El elenco ensayó durante todo el verano, seis días por semana. En ese momento, Geretto todavía hacía funciones de Yo amo a mi maestra normal .
-¿Qué pasa cuando preparás un personaje? ¿Acapara tus pensamientos?
-Mi caso es un poco esquizofrénico, porque a veces terminaba de ensayar Rain Man y corría al teatro para hacer la maestra normal. Pero sí estoy metido mucho: sueño con Raymond. Es mi primer pensamiento de la mañana y el último de la noche, y no por elección. Está porque es muy fuerte lo que le pasa, lo que sucede entre los hermanos; es una tragedia. Hace meses que estoy llorando por tratar de estar a la altura de alguien que no tiene mis mismas posibilidades de expresión.
-¿Se te ocurren personajes nuevos con frecuencia?
-No soy muy prolífico. No tengo doce personajes en carpeta. Tengo uno nuevo, en realidad, al que le doy vueltas hace varios años. Tal vez sea para un unipersonal; no lo sé. Tengo otra obra que escribí hace un tiempo. Quiero retomarla más adelante y ver si la reescribo. Me interesa mucho esa parte del trabajo creativo. También me gusta observar gente. Lo hago todo el tiempo; es parte de mí.
-¿La maestra normal está inspirada en alguna docente real?
-En todas. Es como el sistema educativo: autoritaria, sensible, militarizada, quebrada, vencida, un poco perdida. Pasaron quince años desde que la hice por primera vez y durante ese tiempo fue mutando el discurso de una persona a un sistema. Me parece que si tantas generaciones se sienten identificadas es porque nada cambió. La educación primaria no apunta a la cuestión emocional, integradora; sólo a la transmisión de conocimiento. Si yo te preguntara ahora un recuerdo de la infancia, tu respuesta no va a ser un problema de matemática o una regla ortográfica sino quién te quiso, quién no, quién te humilló, de quién te enamoraste; esas cosas tan importantes que pasan en la vida de un niño.
-El espectáculo anterior, Como quien oye llover , terminaba con una escena arriesgada: invitabas a un espectador al escenario y lo sentabas en tu regazo para acunarlo como si fuera un bebé. ¿Cómo surgió ese final?
-Se le ocurrió a una directora que se llama Chiqui González. Como todos los personajes eran madres y hablaban de la relación con sus hijos, usamos esa situación como metáfora de la comunicación absoluta. Acuné gente durante seis años y jamás me pasó que alguien lo rechazara. Ya había transitado una hora cuarenta de espectáculo y había un código preestablecido. Sabían que yo no los iba a agredir, ni a exponer. Ya habíamos reído mucho, ya habíamos llorado un rato. Nos habíamos sensibilizado. Llegábamos a un punto de confianza, de intimidad. Han pasado cosas hermosas. Nos hemos conmovido mucho tanto el público como yo con esa escena final.
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