Julian Barnes: la road movie de su veloz paso por Buenos Aires
El escritor británico se deleitó en la biblioteca Cané con viejos escritos de Borges
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No se le podría pedir más en menos tiempo. Luego de tres semanas de vacaciones entre Chile y la Argentina, el reconocido escritor británico Julian Barnes desplegó una meteórica agenda en Buenos Aires en las últimas 24 horas de su estancia, previas a su regreso a Londres. Ayer, en una reducida rueda de prensa en el British Council, el célebre autor de El loro de Flaubert prometió regresar a la Argentina, pero de incógnito.
Con una buena dosis de humor inglés, dijo que volverá, por ejemplo, a la Biblioteca Municipal Miguel Cané, que ayer por la mañana recorrió en compañía del jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri; el ministro de Cultura, Hernán Lombardi, y la subsecretaria de Patrimonio, Josefina Delgado. Pero será para ver si la flamante placa de la puerta, que señala el acontecimiento de su visita, sigue ahí. LA NACION estuvo en la recorrida.
Acompañado por su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, con quien comparte una encantadora complicidad hecha de miradas -según observó esta cronista durante la jornada-, Barnes fue el invitado de honor del embajador británico, John Hughes, y su esposa en una cena con escritores, periodistas y personalidades de la cultura. Disfrutó conocer la biblioteca Cané, en la que Borges trabajó entre 1937 y 1946. Almorzó una típica picada argentina en el bar Margot, de Laura Durán, en Boedo. Compartió una hora y media con periodistas, café mediante, en el British Council, y conoció anoche, en el Malba, a sus lectores porteños.
Como los inmortales muchachos de Liverpool, probablemente el autor de Una historia del mundo en diez capítulos y medio haya cantado anoche en Buenos Aires: "It s been a hard day s night" ("Anochecer de un día agitado " ). Julian Barnes y Pat Kavanagh lucieron más británicos que la reina Isabel II. En el humor, en la presencia y en ese toque de afabilidad que ni el sofocante calor logró demoler.
Empanadas, loros y cultura
Antes de su fugaz paso por Buenos Aires, Barnes y su esposa visitaron la quebrada de Humahuaca y la Puna jujeña y se demoraron en Cachi, Salta. Degustaron las típicas empanadas salteñas y conocieron la carne argentina en el campo de unos amigos en Azul; se deslumbraron con Villa Ocampo, en San Isidro, pero mucho más con la historia de Victoria Ocampo. Y recorrieron los agradables paseos del Tigre. En un breve aparte, durante la cena, Barnes dijo a LA NACION: "Todavía no sé cómo voy a procesar todas las sensaciones que me llevo".
Durante la comida en la embajada británica, Barnes conversó animadamente con el historiador Pacho O Donnell; la heredera de la obra de Borges, María Kodama, y los escritores Guillermo Martínez y Pedro Mairal, entre otros invitados.
Reconocido admirador de la obra de Borges, sorprendió a los presentes al consultarlos sobre la reflexión del autor de El Aleph respecto de la Guerra de las Malvinas. Sólo el autor de Crímenes imperceptibles , un eximio conocedor de Borges, supo la respuesta: "La guerra no es más que dos pelados peleándose por un peine". Para Barnes, Borges demostró entonces que la obligación del escritor es decir la verdad más allá de la popularidad.
La directora general del Libro y la Lectura, Alejandra Ramírez, se ocupó devotamente de que en el primer piso de la biblioteca Cané, llamado "El patio de los loros de Flaubert", hubiera una réplica traída de Salta, que luciera como el del libro. Hincado en el piso, con un humor que deleitó a todos. Barnes estampó: "Certifico que muy posiblemente éste sea el auténtico loro de Flaubert, a menos que no lo sea. La literatura es ambigüedad".
Antes, mientras observaba con mucha atención el cuartito donde Borges creó página a página el cuento "La Biblioteca de Babel"( El jardín de senderos que se bifurcan ), al mirar el antiguo reloj detenido a la una y diez Barnes comentó: "Es la hora en que fue desvinculado de su trabajo". Y con un guiño a LA NACION agregó: "Siempre hay una verdad mayor". Borges fue trasladado de aquel trabajo y destinado como inspector municipal de gallinas. Al comentario de que sus compañeros lo consideraban "una persona rara", el narrador británico replicó: "Es lo mejor que se puede decir de un escritor".
Por la tarde, ante la prensa, Barnes admitió que en la Inglaterra actual la política es del siglo XIX y que la brecha entre ricos y pobres alcanza cotas de la época victoriana. Subrayó que el arte cuenta más verdades que ninguna otra cosa y dijo que la mejor literatura no es snob: "En todas partes la gente ama, sufre y se contenta más o menos con lo mismo". Sus reflexiones fueron del acto de escribir ("uno no controla las historias, sino que éstas eligen al escritor") a la literatura ("toda novela tiene algo malo. No existe la novela perfecta"), pasando por sus visitas a casas de escritores en todas partes para descubrir destellos desconocidos de sus vidas. Y habló de la importancia de conocer otras lenguas y culturas "para alcanzar otras verdades".
Barnes dijo, entre muchas otras cosas, que la literatura es contar más verdades que la verdad simplemente expuesta. "De eso se trata, por eso dura." Y reveló que consultó a su hermano filósofo sobre la frase inicial de su próximo libro, Nothing to be frightened of ( Nada que temer ): "No creo en Dios, pero lo extraño". Por toda respuesta, su hermano dijo: "Sentimental".
Firmas, muchas firmas
- En su fugaz paso por Buenos Aires, Julian Barnes firmó todos los volúmenes de sus libros en la Biblioteca Cané. El ministro Lombardi -un fanático de Borges- le pidió que autografiara la página del cuento "Juan López y John Ward" ( Los conjurados ). "No sé si debo", dijo Barnes, con mucho respeto. Macri, que esta semana recorre las bibliotecas municipales para conocer su calamitoso estado, dijo a LA NACION: "La visita es muy buena. Hará que en el Reino Unido sepan un poco más de nuestra riqueza cultural y de nuestros próceres literarios". Y destacó el éxito en España de la muestra de Borges, auspiciada por el gobierno porteño.
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