La banalidad del nombre propio
En De dobles y bastardos (Norma), Luis Gusmán incluyó nuevos cuentos y reelaboró otros ya publicados para que el lector encuentre en esas narraciones historias de vida
1 minuto de lectura'
Luis Gusmán llega a la entrevista y cuenta un cuento. El taxista que lo trajo hasta acá, dice, le contó que tiene que viajar atado porque hacía poco habían subido dos pasajeros que lo provocaron con todo lo que le dijeron y para él había sido muy difícil controlarse. Gusmán, por civilidad o por la inercia de su oficio de analista, le hizo una pregunta. El hombre contestó que sí, que había sido boxeador cuando estaba en el servicio militar, pero había tenido que dejar porque mató a uno. Una lástima, agregó, porque si no, habría podido ser campeón del mundo. Gusmán baja la voz y la cabeza cuando termina de contar, como quien pasa un dato secreto. Y su cuento parece creíble menos como anécdota urbana que como constancia de uno de esos momentos en los que un escritor encarna su propia mitología. En la literatura de Gusmán -desplegada en más de diez libros de cuentos, novelas y ensayo- hay personajes así, como el taxista: hombres que se definen por su oficio, que hablan de lo que pudo haber sido con más fatalidad que nostalgia Le digo que cuando leí su último libro, De dobles y bastardos -donde compila seis relatos inéditos y casi treinta relatos antiguos vueltos inéditos por tanta reescritura- pensé algo similar: que él allí está compelido a seguir contando bajo las reglas de ese universo tan sólido y tan constituido que su literatura ha sabido generar. Que ese mundo tiene su propia autonomía y que no parece fácil, ni siquiera en su calidad de autor-demiurgo, intervenir ni volver a él tan fácilmente. "La vuelta puede haber sido para mí más fácil, porque yo siempre me releo como si fuera otro. La intervención no tanto. En esta reescritura me interesó trabajar, por ejemplo, sobre el tema del suspenso, sobre la manera de hacer avanzar un relato en un universo tan cerrado. Los personajes también me presentaron una paradoja: tienen ideas fijas que confirman ese universo cerrado y a la vez son muy curiosos. Pero lo son en relación con su concepción del mundo, no en cuanto a sus semejantes, no se relacionan con los otros, y creo que por eso los cuentos carecen de un valor dramático y conflictivo. Muchos de esos relatos se reducen a una epifanía, a una escena; un cuento, en cambio, necesariamente debe tener una conclusión. Por eso uno de mis desafíos fue crear tensión dramática entre todos estos personajes, que funcionan como locos que se sientan en un parque y emiten relatos. La voz de mis relatos es una voz que ve. Pero no está allí la historia de una vida, y yo creo que un cuento debe contar lo que pasa con una vida más allá de una escena." En esta nueva propuesta de Gusmán parece haber algo de encarnación, como la hay en las sesiones de espiritismo que forman parte de su mitología: ha pretendido pasar de la epifanía, de la voz que emite relatos, de apellidos que se nombran sólo para poner en funcionamiento una escena, a personajes concretos, de nombres e historias recordables. "Mis personajes casi no tienen nombre propio y, en cambio, los cuentos de la literatura que yo considero inolvidables están todos ligados a un nombre: "Una rosa para Emily", "Funes el memorioso", "Bartleby"." Entre los personajes de De dobles y bastardos hay un actor uruguayo que se hace llamar Aguirre y que vive obsesionado por otro personaje, Falstaff; hay una abuela moribunda que le pide al nieto que rescate de la iglesia local la imagen de la Virgen del Carmen, que lleva pegado el pelo que ella tuvo que vender en un momento de desesperación económica de su juventud; hay un noruego que tiene un local de ventas de cuadros al que sólo se lo conoce por el apodo que recibió en la Legión Extranjera; hay un hombre llamado Leiva que le lleva un oso robado de un circo a un taxidermista ucraniano y en el camino se pregunta si el encuentro era en una calera o en una cantera. Todos ellos convierten su nombre en algo olvidable, intercambiable, pero no hacen lo mismo con su manera de estar en el mundo.
Y esa manera de estar en el mundo consiste en ubicarse del lado de la exclusión, del mutismo, del autoabastecimiento. Los personajes de Gusmán prefieren darse a conocer por sus obsesiones, por sus oficios. "Creo que históricamente el oficio ha determinado lugares de tradición, de algo que se transmitía de generación en generación. El oficio, en inmigraciones como las nuestras, cubría lo que no se trataba -por ejemplo, de dónde habían venido los inmigrantes- y frente a esa vaguedad y a esa incertidumbre, el oficio casi equivale a una geografía." Otras veces, como en "Nombre de artista", los personajes se definen por medio de un alias: Charles Laughton, Víctor Mac Laglen. Nombres de astros, de dobles. Otras, por medio de un apodo ligado a un animal. La evanescencia del nombre, sin embargo, no cuestiona una identidad: el universo de los cuentos de Gusmán es tan definido y tan riguroso que se permite estar poblado por dobles y bastardos.
"Creo que Leopold Bloom y Joseph K. -el personaje kafkiano- se pueden considerar los últimos casos en los que el personaje y lo heroico van juntos. Ante esa ruptura, el doble, en mis cuentos, tiene por función facilitar que el acto heroico pueda ser realizado por otro. Hay un pesista que le pide a otro que sostenga la sacralidad de su oficio, hay un hombre que pone a otro a recordar el dolor de un amor perdido. Es muy difícil contar lo heroico en un mundo en disolución, y sin embargo, yo en mi próxima novela trato el caso de un peletero totalmente desafectado de la estructura económica y social y trato de construir con ese material un universo épico en el que lo heroico tenga alguna cabida."
De dobles y bastardos plantea al lector la certeza de que Gusmán se reservó para sí un acto heroico: se atrevió a mirar en el espejo negro que renueva la visión para reformular su modo de seguir contando.



