La búsqueda de un Sur mítico
En délibáb , su nuevo disco, el músico gaúcho reúne milongas compuestas sobre versos de Borges y del poeta brasileño João da Cunha Vargas. En esta entrevista se refiere al universo que refleja esta obra desde una mirada que supera las fronteras
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Ciertas iluminaciones cambian el rumbo de nuestra vida. Una noche de junio, en su casa de Río de Janeiro, Vitor Ramil soportaba un calor de 40 grados y miraba en el noticiero las imágenes de una fiesta popular del nordeste de Brasil: gente en shorts bailando y bebiendo cerveza alrededor de un camión del que brotaba una música contagiosa. Enseguida, la televisión mostró la llegada del invierno en el sur del país. Caía nieve sobre los campos de Rio Grande do Sul -algo no muy habitual, hay que decirlo- y al locutor carioca eso le pareció el colmo del exotismo. Ramil, sintiéndose ajeno al carnaval nordestino de torsos desnudos y, por extensión, al "Brasil, país tropical" que cantó Jorge Ben, se dejó invadir por imágenes de su infancia en la ciudad gaúcha de Pelotas y, en medio de una súbita extrañeza, fue asaltado por una urgencia existencial: ¿qué música lo representaría a él mismo con propiedad?
Por entonces, era un cantautor reconocido que abrevaba en el caudaloso río de la música popular brasileña y que había grabado su primer disco a los 18 años con la colaboración de Egberto Gismonti y Wagner Tiso. Aquel músico precoz que componía desde los 14, hermano además de los exitosos Kleiton & Kledir, perdió el favor incondicional de la discográfica con sus discos posteriores, más experimentales. Se había instalado en Río de Janeiro a los 24 años, con su mujer y su pequeño hijo; era el lugar de la música y había que estar allí, pero a fines de los años 80 el rock dominaba la escena y Ramil se pasaba el día leyendo. Hasta que una tórrida noche de invierno vio, desde lejos, la nieve que caía en su tierra.
Cuando su madre lo llamó para preguntarle qué hacía con la casa familiar que había quedado vacía, no lo dudó y armó las valijas. "Imaginaba que en dos o tres años estaría de vuelta en Río, pero nunca más salimos de Pelotas -cuenta Ramil-. Empezaba la era del CD, de Internet, y comencé a hacer mis discos en forma independiente, prescindiendo de las discográficas. Ahí encontré un camino. Y sobre todo, empecé a pensar en la estética del frío." El frío como seña de identidad, como símbolo de diferenciación. Y la idea de una "estética del frío" como vía para responder aquella pregunta nacida en el calor carioca.
En 1997 llega Ramilonga , el primer disco suyo donde hay milongas, un género que se convertiría en un eje de su búsqueda. Más de diez años y varios discos después, délibáb (Random Records), su nuevo CD, reúne milongas que compuso a partir de poemas de Jorge Luis Borges publicados en el libro Para las seis cuerdas y de los versos del brasileño João da Cunha Vargas (1900-1980), registrados en casetes y luego publicados en su único libro, Deixando o pago . "La milonga nos conecta con lo íntimo, con lo esencial, y hay en ella valores estéticos que la convierten en la música del frío por excelencia", dice Ramil a esta revista durante su última visita a Buenos Aires, en la que presentó el CD con dos conciertos memorables en Notorious, en compañía del guitarrista argentino Carlos Moscardini. Y enumera: "Rigor, profundidad, concisión, pureza, levedad, melancolía". De todas esas cualidades está hecho este bellísimo disco, que une a dos poetas (uno culto y el otro popular), dos idiomas (el español y el portugués) y dos ámbitos (el arrabal urbano en Borges y el campo en Vargas) para convocar la imagen de un Sur que excede las fronteras.
Además de músico, Ramil -sexto hijo de un uruguayo y una brasileña- es también escritor (tiene publicadas dos novelas, Pequod y Satolep ). En délibáb , la música y la literatura se cruzan de muchas maneras, empezando por el nombre, una palabra que Ramil tomó prestada de su novela Satolep . El délibáb es un tipo de espejismo que se produce en la llanura húngara, un fenómeno óptico que acerca paisajes reales muy alejados al horizonte del que mira. Uno puede divisar un tren en marcha que no emite el menor ruido, porque tal vez está a más de cien kilómetros de distancia. De chico, Ramil leyó sobre este fenómeno en Nuestro universo maravilloso , una enciclopedia de los años 50 editada por Ernesto Sabato. La sospecha de que en la descripción había mucho de ficción se disipó cuando, ya de grande, viajó a Hungría y comprobó que el délibáb era casi una atracción turística. "Escenas distantes, horizonte, llanura. Con tantas sugerencias, me pareció un nombre perfecto para el disco -dice-. Además, délibáb , cuyo significado es espejismo, viene de déli (del sur) y de bab (ilusión). Ilusión del Sur. Eso me mató, porque en estos dos poetas hay una dimensión imaginaria o ficcional que no necesariamente tiene correspondencia con la realidad."
Cuchillos y taperas
¿Y qué mundos atrae este délibáb a nuestro horizonte? Ramil señala que en Para las seis cuerdas (1965), Borges quiso acercarse a lo que llamaba "poesía popular" y lo consiguió, aunque sus versos son perfectos desde la forma y, aun en su buscada simplicidad, tienen la sofisticación de alguien que maneja el idioma con maestría. Esos poemas ("Milonga de Albornoz" y "Milonga de dos hermanos", por ejemplo) cuentan historias de compadritos y malevos pródigas en cuchillos, peleas, sangre y muertes. En contraste con ellos, los versos camperos de Vargas, un verdadero gaucho que nació y creció en una estancia cercana a Alegrete, llevan la marca de la dulzura y la melancolía, aunque condensan, en imágenes sencillas y cotidianas, toda una filosofía de vida. Ambos son mundos distintos, pero cercanos y reconocibles. En los versos de Vargas, aparecen palabras como "tapera", "pingo", "pago", "querencia", "bolicho" (boliche), "china".
"Hay un Sur mítico, un Sur que imaginamos, y Borges y Vargas son y hablan de ese lugar -dice Ramil-. En Rio Grande a Borges se lo lee mucho, y nos vemos reflejados en cuentos como ´El muerto´ o ´El sur´. Y el gaucho estaba presente tanto en la pampa argentina como en Uruguay y el sur de Brasil. Es curioso que hayamos adoptado como gentilicio esa palabra que en cierto modo nos extranjeriza. El gaucho es una marca de identidad que compartimos."
De cualquier modo, resulta innegable que la milonga calza a la perfección en estos versos de Borges y de Vargas. A los 19 años, Ramil musicalizó la "Milonga de Manuel Flores" (aquella que empieza "Manuel Flores va a morir/ eso es moneda corriente/ morir es una costumbre/ que sabe tener la gente"). Y desde los veinte viene haciendo lo mismo con los versos del poeta brasileño. Un día descubrió que tenía suficientes temas como para hacerlos dialogar, en sus diferencias y semejanzas, en un solo disco. Un poema de Borges, otro de Vargas. Y así hasta completar los doce que traen ante el ojo del que escucha ese délibáb de un Sur tan real como ficcional, tan presente como olvidado en el tiempo. "La milonga está a medio camino entre la literatura y la música -dice Ramil-. Arrastra al oyente hacia su horizonte con una intensidad más propia de la literatura que de las canciones. Tal vez por su desnudez. La guitarra y la voz. Nada más. Ése es el equipaje esencial de la milonga."
Dice Ramil que las marcas autorales de uno y otro poeta son tan fuertes que le impusieron un tratamiento muy distinto. Las milongas para los versos de Borges respetan un formato más tradicional, son épicas, rítmicas, mientras que las de Vargas son más cercanas a la canción brasileña, líricas y sentimentales. Tienen también un sonido más amable e impresionista, dado en parte por el uso de acordes abiertos y afinaciones preparadas y también abiertas en la guitarra. Un puente entre ambas es la "Milonga de los morenos", de Borges, en la que con una síntesis prodigiosa el autor de El libro de arena traza la historia de los negros en estas tierras. Hay en las palabras de Borges un afecto inusual que se traduce en la música y también en la voz de Caetano Veloso, invitado a cantar en ese tema.
Dos guitarras
A la hora de grabar y presentar el disco, Ramil encontró en Carlos Moscardini un compañero inestimable. En viajes anteriores, el músico se había llevado discos del guitarrista y quedó enamorado de su sonido amplio y redondo. Tuvo la acertada intuición de que sería el ladero ideal para el proyecto. "Es un músico tremendo -dice-. Conectamos enseguida y nos hicimos buenos amigos, además. Nuestras músicas pertenecen a una misma querencia." Las guitarras de ambos dialogan y se encuentran de la mejor manera. No sólo en los arreglos: el sonido envolvente de las cuerdas de acero que pulsa Ramil se entrelaza de maravillas con el dulce timbre del nylon de la guitarra criolla de Moscardini.
Ramil grabó el disco en Buenos Aires (en los estudios Circo Beat) no sólo para contar con Moscardini casi a tiempo completo, sino también para invocar el arrabal que Borges conjuró en sus versos y hasta al propio poeta. Como se ve en el DVD que viene con el disco y que registra la grabación, fue el propio Moscardini, que vive en el Camino de las Tropas, entre Adrogué y Temperley, quien lo acompañó al puente sobre las vías de tren de Turdera para indagar los personajes y los escenarios donde transcurre la historia de los Iberra, que Borges relata en "Milonga de dos hermanos". Cuando volvía del estudio de grabación por la calle Santa Fe, pensaba que allí lo habían matado a Alejo Albornoz. Así como cuando andaba por Juan B. Justo, por encima del canalizado arroyo Maldonado, se le venían a la cabeza los primeros versos de "Un cuchillo en el norte": "Allá por el Maldonado/ que hoy corre escondido y ciego/ allá por el barrio gris/ que cantó el pobre Carriego". Fantasmas de un Sur mítico que Ramil sigue persiguiendo.
© LA NACION
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