
La ciudad, según Macció
Un contrapunto entre Nueva York y Buenos Aires inspira las obras que se exhiben en el Centro Cultural Recoleta.
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"SOY un pintor que pinta lo que ve", dice sin elocuencia Rómulo Macció (1931), consciente de que todo lo que realiza tiene un superávit enaltecedor, porque concibe, ordena y expresa subjetivamente aquello que lo inspira. Lo que transmite con emoción es una verdad espiritual. Naturalmente, en algunos casos es más afortunado que en otros, pero nunca pierde los rasgos diferenciales que lo sitúan entre los artistas más dotados de nuestro medio. Tan así es que, en tiempos como éstos, en los que la pintura de caballete parece una antigüedad, a él le bastan el pincel y la espátula. Macció persiste, apoyado en las afirmaciones de Germaine Derbecq y Jorge Romero Brest, que en la década del sesenta sostenían que él era el único pintor argentino de talla internacional.
En los últimos años centró su mira en las grandes ciudades, donde suele vivir y exponer. De ahí que ahora haya vuelto a presentarse como un pintor de paisajes urbanos interesado en reflejar sensiblemente la realidad. De todos modos, conviene agregar que la elocuencia de los trabajos de 1998 y 1999, que presenta ahora en la sala más importante del Centro Cultural Recoleta, trasciende las cuestiones de género. Los temas locales se reconocen en Vuelta de Rocha , Subte , Buenos Aires, lluvia , y los foráneos en la magnífica Wall Street o en Puente de Brooklyn . Pero no todo pasa por el parecido con el modelo. En Refrigeradores y nieve , Reflejos y vapor en Manhattan o Chicken Burgers , por ejemplo, sabemos que el paisaje es de Nueva York, aunque la figuración remita a rasgos que podrían pertenecer a cualquier otro lugar.
Tal el caso, también, de los paraguas destartalados que se desparraman por el piso en Después de la tormenta en la calle Nassau (una de las piezas más poéticas de la serie) o el de las letras de propaganda de unas salchichas. La acción de crear y las huellas del trabajo creativo cobran un significado intenso. Definitivamente, su pintura es más que una mera construcción de formas y colores identificables.
La figura no es ya el tema directo; no hay personalizaciones, como pudo haberlas en otros momentos de su producción. La figura es parte del paisaje y a veces ni siquiera aparece. Por lo demás, esta exposición, titulada "Retrato de dos ciudades", sigue una línea de naturaleza perceptiva que ya exploró en trabajos anteriores. Los más recientes, exhibidos en la Fundación Klemm, daban su visión de Nueva York, un tema tan recurrente como el de las "Pinturas porteñas", entre las que se destacaban El asador , Sexteto de tango y Diagonal Norte y Florida . También son memorables las "Pinturas de contaminación y olvido", conjunto de grandes obras que presentó en Proa. Allí resumía algunos temas importantes de los últimos quince años. Figuraban, entre otros, Los inmigrantes -el primer cuadro que hizo cuando se instaló en La Boca, en 1983- La Bombonera Tremma , del mismo año, o Riachuelo, de 1991.
Macció plasma rápidamente, de manera sumaria, apasionada y vital, la quintaesencia de los temas elegidos. Sus paisajes están resueltos con ademanes amplios, que caracterizan el tema sin detallarlo, liberándolo de todo lo accesorio. La agudeza de la captación, por encima de cualquier teoría, pone de relieve la naturaleza humana en sus costumbres o acciones colectivas. Es el caso de Teatro Colón (1998), donde un pesado amontonamiento de automóviles en un primer plano que se aleja gradualmente se opone a la elevación espiritual simbolizada por el edificio, que aparece de un modo refulgente. Los autos están estacionados allí mientras sus anónimos ocupantes asisten al concierto. En Catalinas o en 5° Av (ambos de 1998), el hombre desaparece dentro de sus colosales trabajos de ingeniería. Es tragado por sus propias obras, en las que busca refugio y se aísla de tal modo que a menudo ignora quién es su vecino, aunque lo separe de éste sólo una pared.
En suma, Macció, hombre de mundo, interpreta el espectáculo que aquél le ofrece. Toma el pulso de lo que acontece a su alrededor sin enjuiciar, pero con una agudeza que a veces se parece a una acusación. Su acción sorprende e interesa tanto como a comienzos de los años sesenta, cuando participaba de la Otra figuración. Nada modificó su identidad. Se manifestó de las más diversas maneras, pero siempre sin perder de vista que el destino del pintor es, sin más, la pintura.





