
La culpa bien temperada
PELANDO LA CEBOLLA Por Günter Grass-(Alfaguara)-Trad.: Miguel Sáenz-448 páginas-($ 45)
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Cuando, meses antes de cumplir los ochenta años, el Premio Nobel de literatura alemán Günter Grass decidió admitir en su autobiografía que en su adolescencia había revistado como voluntario en las tropas de elite del nazismo, el desconcierto fue generalizado. ¿Cómo era posible que quien a lo largo de su vida se había erigido en praeceptor germaniae , en figura moral que recriminaba duramente a cualquiera que pretendiera echar un manto de olvido sobre los horrores del Tercer Reich, fuera la misma persona que había escamoteado su propia verdad durante seis décadas?
Pelando la cebolla -la autobiografía, que aparece ahora en castellano- es más que el retrato de un artista adolescente o la novela de formación de un pícaro lanzado a un mundo en estado de convulsión: es el alegato de un hombre que, tras haberse montado sobre un pedestal, decide confesar el secreto de su vida. Mucho se ha escrito sobre el escándalo, pero vale la pena detenerse en el texto en cuestión.
La Segunda Guerra Mundial irrumpió en la vida de Grass a los doce años o, lo que es más importante para nuestros fines, en la octava línea de su autobiografía. Allí se cuenta cómo Günter pasa sus días jugando en las playas de Danzig y coleccionando figuritas con reproducciones de los grandes artistas de la Humanidad. Su primo Franz, cartero polaco, es uno de los primeros fusilados de la guerra; los demás primos desaparecen de su vida. El niño que fue Grass nunca preguntó por qué. La anécdota entrará luego en la historia a través de El tambor de hojalata , la novela más conocida de Grass, pero al escritor no deja de atormentarlo esa primera manifestación de complicidad con el Tercer Reich. El adolescente que algún día será narrador se va involucrando cada vez más con el nazismo. Lo entusiasmaban las historias de héroes, dice hoy en su descargo, y el aire de libertad que se respiraba en los campamentos.
Para escapar del encierro familiar, cuenta Grass en Pelando la cebolla , se anota como voluntario para las unidades de submarinos, pero los cupos están cubiertos. Cuando hacia 1944 lo incorporan para el servicio militar, se ve de pronto en un pelotón de las Waffen-SS, el ala paramilitar de las temidas camisas negras. Con el mismo tono indolente e impasible con el que Grass narra su deriva hacia el nazismo, prosigue su relato sobre su participación en la guerra. Nunca dispara un tiro, pronto cae herido, y en los últimos días de la guerra lo toman prisionero los norteamericanos. No por distante el relato sobre los espantos de la guerra es menos conmovedor.
El hambre es un leitmotiv de Pelando la cebolla : el hambre real, el hambre erótico y el hambre estético. Cuando sale en libertad, Grass trabaja en una mina de carbón, aprende el oficio de picapedrero, ingresa en la Academia de Artes Plásticas, viaja a Italia, escribe poesías y seduce mujeres. Tan solo cuando logra calmar las tres hambres llega el momento de escribir. Corren los años sórdidos de la posguerra durante el gobierno de Adenauer, cuando el milagro alemán encubría toda complicidad con el genocidio nazi. Llama la atención que al rememorar su vida durante ese período Grass no escriba ni una palabra retrospectiva sobre su propio papel durante el Tercer Reich ni registre diálogo alguno con sus contemporáneos sobre los tiempos pasados.
Grass domina como pocos el arte de la narración, es decir: conoce los trucos para seducir al lector, mantener en vilo la atención, para volver verosímiles a los personajes más disparatados, para transformar las ficciones en alegatos políticos. Maestro en el arte de la novela, deja entrever los secretos de su alquimia cuando describe los personajes reales que han dado lugar a la ficción. Y como viejo zorro de la literatura, bien sabe que la autobiografía es un género que a esta altura resulta menos creíble que la pura ficción novelesca. Por eso coquetea con lo impreciso que es el recuerdo y con su tendencia a la fabulación. Ni su propia hermana le termina de creer el supuesto encuentro con Joseph Ratzinger en el campo de prisioneros: la paradoja del mentiroso en versión familiar.
No es que su adhesión al nazismo constituya una revelación: Grass siempre había mencionado que militó en la Juventud Hitleriana. Entre tanto es sabido que para los nacidos a fines de la década de 1920, como el filósofo Jürgen Habermas, el escritor Hans Magnus Enzensberger o el mismo Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, la Hitlerjugend era un destino difícilmente evitable. Grass nunca ocultó que en su caso se trató de verdadero entusiasmo ideológico, pero siempre había sostenido que no había sido más que ayudante de artillería antiaérea. Así y todo, Pelando la cebolla es más reveladora por lo que calla que por lo que cuenta.
Grass sostiene que el nazismo fue una suerte de "infección" o una malhadada "seducción" a la que sucumbió en su inmaculada inocencia. En el libro no hay ni una línea sobre las situaciones cotidianas en las que se volvía evidente el carácter racista del régimen nazi, que tantos coetáneos supieron describir. No ser capaz de reflejar el antisemitismo lo lleva a Grass a narrar, sin comentario alguno, cómo a poco de llegar al campo de prisioneros de guerra se trenzó en peleas con chicos judíos. Acaso el colmo sean las breves líneas sardónicas que le dedica al poeta Paul Celan, de quien se dice amigo durante su estadía en París, que retratan al autor de Amapola y memoria como un egocéntrico obsesionado por paranoias infundadas -sin detenerse en que sus padres murieron en la Shoah y que él mismo pasó por un campo de trabajos forzados-. Es en esas palabras ausentes donde se revela más sobre la infatuación del nazismo que en todos sus intentos de explicar lo inexplicable. No por nada, el único momento en el que utiliza un "nosotros" es durante las páginas dedicadas a la guerra.
En última instancia, Grass coquetea con la virtud, con el arrepentimiento. Lo que parece ser un ejercicio de la memoria es en realidad un testimonio de la negación del pasado, el documento de una formación ideológica que carece de toda concepción de la falta (en su doble sentido: el error y la pérdida). Para Habermas el Holocausto supuso el quiebre de la civilización; para Grass es poco más que un trastorno en la biografía. La vergüenza que exhibe en las primeras páginas de su libro es un recurso retórico, un ritual como el del confesionario en el que Grass, de adolescente, se complacía enumerando pecados de la carne. La suya es una culpa difusa, bien temperada: la del "nosotros no sabíamos nada", la del pacto de silencio que se instaló en la sociedad alemana cuando cayó el nazismo.
La traducción de Miguel Sáenz -que ha optado por adherir lo más posible a la sintaxis alemana con la que Grass hace malabarismos barrocos- es correcta, aunque prescinda de toda elegancia estilística.
Para quien se interese por el nazismo y la posguerra alemana, para quien haya explorado esos años de plomo a través de la literatura del mismo Grass, de Heinrich Böll o Ingeborg Bachmann, o bien del cine de Fassbinder y Schlöndorff, Pelando la cebolla constituye un documento revelador, a pesar de sus silencios. O quizás, precisamente por ellos.


