
La diferencia entre enseñar y adoctrinar
Por José Míguez Bonino Especial para La Nación
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El protestantismo estuvo desde sus orígenes históricos muy estrechamente ligado a la educación. En un sermón de 1530, Martín Lutero estimulaba a sus predicadores a insistir en "que los padres deben enviar sus hijos a la escuela".
En nuestro país, el pastor y maestro escocés de la Iglesia Bautista Diego Thomson introdujo, en 1819, con invitación del Cabildo de Buenos Aires, la educación lancasteriana como un sistema de auto-propagación educativa. Posteriormente, la maestra anglicana Juana Manso colaboró activamente en el proyecto educativo de Sarmiento, en 1868, y fue una propagadora de la educación popular y laica y las bibliotecas públicas. La gran mayoría de las iglesias evangélicas que crearon escuelas parroquiales en la Argentina entendieron su función -especialmente en el nivel primario- como "supletoria" y apoyaron la ley de educación obligatoria, común y laica de 1920. La mayoría de las escuelas parroquiales evangélicas fue desapareciendo en la medida en que la educación estatal suplía las necesidades, para reaparecer en las últimas décadas como escuelas o grupos de "apoyo escolar" ante la evidente necesidad de suplir las necesidades, particularmente en sectores carecientes.
¿Por qué han defendido los evangélicos la enseñanza laica en las escuelas del Estado?
- Nos ha parecido que la construcción y sostén de nuestra nacionalidad necesitan una educación común como base de la formación de nuestra niñez. Creemos desafortunado introducir en la escuela pública una discriminación que se hace inevitable cuando, en las clases de "educación religiosa", se dividen por religiones y confesiones.
- Hay aquí un claro tema de lo que se ha llamado "justicia conmutativa", la necesidad de que, en cualquier transacción o acuerdo, las partes que lo hacen tengan las mismas oportunidades y posibilidades, lo cual evidentemente no ha ocurrido ni ocurre en nuestro país. Y de ello hay abundantes evidencias.
- Laica no debe entenderse, como frecuentemente ocurrió en nuestra educación, como laicista o, peor aún, atea . El hecho religioso es inseparable de la totalidad de la vida humana y no puede ser desprendido de la enseñanza de la historia, la literatura, la cultura y en particular la educación ética. Se trata de incluir en los diversos programas esa dimensión como parte de la enseñanza que se ofrece igualmente a todos. Como no se supone que una escuela tenga cursos aislados y propios para las distintas escuelas sociológicas, de interpretación histórica, éticas o incluso científica, según sea la postura o inclinación de los alumnos o de las familias, no hay razón para ejercer ese tipo de discriminación cuando se refiere a la religión.
- La diferencia debe establecerse entre una educación que dé su lugar propio a la dimensión religiosa y una educación confesional, que debe estar a cargo de los educadores confesionales y en el ámbito de las distintas comunidades confesionales. La primera es básicamente informativa y debe tener en cuenta la totalidad del fenómeno religioso; la segunda responde a las particularidades teológicas, litúrgicas y éticas de cada confesión religiosa.
Pero sería de desear que, aun las escuelas que pertenecen a una confesión religiosa, respetaran la diferencia entre su función pública de "enseñar" religión y la específica de "adoctrinar". Mutatis mutandi, se podría aplicar a la primera la distinción que Durkheim hace con respecto a la ética: "Pues enseñar moral no es predicarla, no es inculcarla: es explicarla".


