
La disputa de Julia Kristeva con el feminismo
Los volúmenes de la trilogía El genio femenino fueron publicados originalmente entre 1999 y 2002: en ellos la ensayista rescata el valor de la subjetividad en la vida pública
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La relación de Julia Kristeva con el feminismo nunca fue pacífica. Ella misma, lejos de intentar disimularlo, ha aprovechado la disputa para ampliar sus argumentos, siempre a contrapelo. La trilogía El genio femenino –cuyos volúmenes fueron publicados originalmente entre 1999 y 2002– redobla ese desafío. Ya no se trata sólo de disentir con el feminismo más o menos estandarizado porque no atiende a la experiencia de la maternidad, sino además de pensar lo femenino al margen de cuestiones como la invisibilización o la injusticia que afectan a las mujeres como grupo.
Kristeva opta por seleccionar a tres mujeres clave en la historia del pensamiento del siglo XX, como emblemas de una excepcionalidad que, argumenta, debe ser la que señale el papel central de lo individual en la vida pública. Así, la filosofía de Hannah Arendt, el psicoanálisis de Melanie Klein y las narraciones de Colette resultan metáforas del modo en que la singularidad de estas mujeres deja adivinar la certeza de que el siglo XXI está destinado a ser femenino. Los trabajos de estas tres intelectuales se ocupan, respectivamente, de la vida, de la locura y de la palabra, ejes de la inevitable superposición entre lo público y lo privado. Desmenuzar sus obras implica para Kristeva entrelazar los análisis teóricos con reconstrucciones biográficas minuciosas que reflejan los detalles cotidianos, las crisis profundas que atravesaron para sostener su autonomía y cada uno de los ataques que recibieron por haber resistido a posiciones hegemónicas. Es que, así como para Arendt vida y acción resultan casi sinónimos, para Kristeva la subjetividad es actividad, evento, continuo proceso de significación. Y esto se refrenda, no sólo a través de argumentos, sino también de la inclusión en cada uno de los volúmenes de fotografías que arman una suerte de relato paralelo: el sostén de los brazos de Arendt, las transformaciones incesantes del cuerpo –¿los cuerpos?– de Colette, la mirada evasiva pero empática de Klein.
La belleza de la narración de El genio femenino construye un relato formalmente armónico pero inquietante, sostenido en los beneficios de la ambigüedad. Así como Klein muestra el modo en que la idea de maternidad puede ser rescatada para registrar femenino sin necesidad de idealización, Colette se reconoce en el cruce de todos los sexos. No hay dicotomía. Tampoco un ideal de pureza que, tal como señala Kristeva, no ha hecho más que legitimar ideas destructivas como el nacionalismo. Hay sí una elección del trío protagónico por su capacidad para mostrar la excepcionalidad concebida como un valor encarnado, no por heroínas elegidas por el don, sino por mujeres de carne y hueso que optaron activamente por ese camino. No se trata de recuperar la genialidad como legitimación romántica del individualismo, sino de un camino alternativo para encarar revueltas que serán inevitablemente colectivas. Resta saber aún si las consecuencias de esta mirada sobre el feminismo son de verdad revulsivas o de un conformismo solapado.
C. M.


