La generosidad de un amigo

El autor de El país imaginado evoca en este texto íntimo y conmovedor la entrañable amistad que lo unió al escritor argentino recientemente fallecido en París, a quien recuerda como a un padre
Eduardo Berti
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29 de junio de 2012  

El libro se le caía de la biblioteca. Yo le había mandado por vía aérea mi primer libro, porque admiraba su obra, y él no pensaba leerlo (o, por lo menos, creía que esto era improbable, así me dijo años después), hasta que el libro cayó al suelo, él lo recogió, lo volvió a poner en su sitio, el libro cayó otra vez (dos veces, creo, pero digamos tres, como en los cuentos de hadas), lo volvió a levantar del piso y, con algo de resignación, se puso a hojearlo. Casi un año después de mi osadía, otra carta viajó por vía aérea, ahora en sentido contrario y con estampillas francesas: la primera carta que recibí de Héctor Bianciotti. De esa carta nació un vínculo que se convirtió en amistad cuando, en 1998, me instalé en París. Héctor fue una especie de padre para mi mujer y para mí, recién llegados a Francia. Y fue una especie de padrino para mi primera novela, cosa que habla más de él -de su generosidad- que de aquel libro que acaso no merecía esos elogios suyos.

Tuve la dicha y el honor de asistir a su consagración como académico francés, aquella en la que Jacqueline de Romilly, una anciana helenista ciega, le consagró un largo discurso que debió aprender de memoria. Allí estaban sus amigos (René de Ceccatty, Beatriz de Moura, María Kodama, Antoine Gallimard, Silvia Baron Supervielle) y también su familia, venida desde la Argentina.

Hay algo fastuoso y litúrgico en los ritos académicos, pero el pasado de Héctor -sus temporadas en los mundos de la religión y el teatro- parecía haberlo formado para cada uno de los gestos que la ocasión exigía. El traje, que a otros académicos no les sentaba bien, él lo llevaba con pasmosa naturalidad. Los franceses lo han despedido como un "escritor elegante". Su elegancia, a decir verdad, era completa. Un estilo vestimentario y literario, como escribió Ceccatty, tras su muerte, en el diario Le Monde. Recuerdo su casa en París, tanto o más impecable y luminosa que él: sus paredes con una especie de pintura veneciana, sus ventanales que daban a la Place de la République, su amplia mesa de trabajo (de cara a un patio interno, colectivo, de cuyas plantas y flores se ocupaba él), las plumas estilográficas con que escribía haciendo caso omiso a las computadoras ("qué miedo", me dijo cuando le mostré la mía) e, incluso, a las máquinas de escribir. Las enfermeras que lo cuidaron en sus últimos días lo trataban como a un príncipe venido de otro mundo, de otra época. Le servían, a veces, una copa de champagne. Le ponían música de Maria Callas y en la pared de su cuarto, en el hospital, habían pegado una foto con ella, con "la Callas", como podrían haber puesto una con Saint-Laurent, con Leonor Fini, con Roger Caillois?

Cierto olvido remediable ha hecho que permanezca inédito en castellano uno de los libros capitales de Héctor. No se trata de una obra de ficción, sino del grueso volumen de casi quinientas páginas en el que reunió lo mejor de sus ensayos periodísticos publicados a lo largo de tres décadas en la revista Le Nouvel Observateur y, más tarde, en el diario Le Monde, donde su firma era una de las máximas atracciones. Tras algunas idas y vueltas, Héctor tituló ese libro Une passion en toutes lettres (Gallimard, 2001), traducible acaso como "Una pasión con todas las letras". No estaba mal para quien era, a un mismo tiempo, editor, crítico literario, "descubridor" o promotor de talentos (Hervé Guibert, Ferdinando Camon), poeta, cuentista, novelista.

Borges, Bioy Casares, Sabato, Macedonio, Pizarnik, Alberto Manguel, Victoria y Silvina Ocampo son los ocho argentinos en los que hace escala Une passion ?, además de Felisberto, Onetti, Octavio Paz, unos cuantos italianos (Gadda y Savinio, tan admirados por él) y unos cincuenta autores más, entre ellos los que formaban su panteón personal: Robert Burton, John Aubrey, William Goyen, Nathalie Sarraute, Sylvia Townsend Warner, Paul Valéry? De este último poseía una foto, que conservaba enmarcada en su secrétaire , no lejos de un retrato -en blanco y negro, también- de su padre, don Serafín.

A Héctor no le entusiasmaba mucho el universo de Conrad, pese a que le consagró un brillante ensayo en Une passion ? Le resultaba más cercano, desde luego, el distinguido mundo de Henry James, de quien alguna vez me dijo -en un café junto a la Plaza San Martín- que era "admirablemente abstracto". Pero la vida de Héctor y su proeza con la lengua remiten a la odisea de Conrad. Uno y otro abandonaron la lengua natal no en manos del segundo idioma aprendido en la niñez (francés en el caso de Conrad, italiano en el de Héctor), sino que optaron, ya más grandes, por una tercera lengua: el francés en el caso de Héctor, el inglés en el de Conrad. A diferencia del narrador polaco, Héctor no empleó esa suerte de lengua literaria desde su ópera prima sino a partir de un cuento incluido en El amor no es amado (1983) y, ante todo, a partir de Sin la misericordia de Cristo , en 1985. Uno y otro alcanzaron a ser maestros estilistas en esas lenguas adquiridas, pese a que las pronunciaban con un marcado acento que podía hacer que sufrieran al hablar en público. Y uno y otro escribieron con abundancia acerca de sus propias vidas -en plural para el caso singular de cada uno-, aun cuando esto fue central en la obra de Héctor (sobre todo en su serie de autoficción, 1992-1999, con títulos como Lo que la noche le cuenta al día ) y más marginal en el Conrad de las reminiscencias.

Héctor sabía perfectamente de qué hablaba, allá por 1997 (casi al mismo tiempo que se convertía en el primer argentino de la Academia Francesa, salvo por el hecho azaroso de que Joseph Kessel hubiera nacido en la ciudad entrerriana de Villa Clara), cuando aludía a la "tortura" que significaba cada frase para Conrad, cuando contaba que su pensamiento más inmediato y "sin elaborar" transcurría en su lengua patria, mientras pensaba "con atención" en francés; cuando estimaba su premeditación antes de sentarse a escribir (la "necesidad de comprender, de situarse, de definir coordenadas") como una "marca de la literatura francesa", del "agudo mal de la precisión" que mencionaba Paul Valéry; o cuando -citando a Virginia Woolf- decía que, al valerse de una lengua conquistada, no era extraño manipular las palabras como si fuesen "cosas preciosas", tesoros prestados.

Héctor manipulaba esas "cosas preciosas" para hablar, en muchos casos, en los casos más notables, de la preciosa infancia y del precioso pasado de sus muy tempranos años en la provincia de Córdoba. Como en Proust, un "doble yo" escindido por el tiempo es narrador que evoca y protagonista evocado. Pero a la escisión del tiempo se le suma, en la obra de Héctor, la de la lengua y el espacio: quien evoca lo hace en otro idioma y desde otra orilla. Y también un fabuloso hiato cultural: es el refinado académico (menos mundano de lo que hacía pensar) quien recuerda al hijo pobre de agricultores inmigrantes, oriundos del Piamonte.

No solamente por esto Héctor se negaba a decir que sus libros eran autobiografías. "No creo en la autobiografía, creo que todos pueden escribir su autobiografía menos los escritores", le dijo en una extensa y lúcida entrevista a Axel Gasquet. "Parecería que uno se pone a escribir unos recuerdos y, en realidad, lo único que hace es cambiarlos."

Un diario afirmó, en el obituario de Conrad, que éste "había amado la lengua inglesa como se adora a una amante, pero no había jugado con ella en el jardín de infantes". La última vez que vi a Héctor, en un hospital de París, me impactó que su "problema con las palabras" (una enfermedad inmisericorde: una suerte de afasia que le impedía leer y le escamoteaba esas "cosas preciosas" para hablar) había borrado más el francés que el castellano. En cierto aspecto, Héctor volvía ser un niño y allí vencía la lengua del jardín de infantes.

No fue Héctor el único escritor paradójica y trágicamente privado del uso del lenguaje en sus últimos días. Él mismo ha escrito en Une passion ? sobre Valery Larbaud, quien se quedó de súbito "sin organización sintáctica" y, más tarde, debió contentarse con palabras aisladas. El médico Théophile Alajouanine (que también trataría a Ravel por un problema de afasia) contó que Larbaud se limitaba a repetir una frase o leitmotiv de llamativa sofisticación: " Bonsoir les choses d'ici bas ". ¿Qué pensaba entonces Larbaud?, se inquietaba Héctor en un texto escrito en 1981. Me es imposible leer esto hoy sin sentir un triste escalofrío.

Como en aquella fábula de Borges en la que un hombre que desea dibujar el mundo descubre que esos trazos laberínticos constituyen su autorretrato, los ensayos de Une passion ? acaban dibujando -como lo admite en el prefacio el propio Héctor- "algo de mí mismo, algo íntimo". Héctor nos habla de sus propios libros cuando, en referencia al Conrad de Crónica personal , dice que la literatura se nutre de la vida y de los momentos vividos por el autor, sí, pero de un solo modo: transfigurándolos. Un escritor no puede tener recuerdos que la imaginación no haya alterado, que la imaginación no siga aún alterando "con la complicidad de las palabras y de su cadencia". Los hechos, los episodios de la vida, "todo cambia cuando una palabra que la frase no esperaba ocupa allí su lugar, como un monarca, y los otros vocablos obedecen".

¿Debemos concluir que un escritor siempre falta a la verdad? Si tiene estilo, sostiene Héctor, todo será verdad en el futuro. Todo será verdad y él se parecerá, a la postre, a cómo lo pintan sus propias palabras más que a cómo ha sido realmente. Claro que, en el caso de Héctor, el estilo y el escritor están cortados por una misma gracia y parece imposible una separación. Tan imposible como resignarse al paso tan lento de su partida.

Ganador del Premio Emecé 2011, Eduardo Berti es escritor y periodista. Entre sus libros se cuentan Todos los Funes y La sombra del púgil

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