
La génesis de una aventura literaria
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Alguien dijo que todas las historias que pueden contarse ya están en la Biblia. El Antiguo Testamento, colmado de profecías, es también una profecía de todos los libros que le siguieron y le seguirán. Los libros descienden de libros y parece que la Biblia es el pariente más remoto pero también el más cercano. La reescritura de cada una de esas historias es, por otro lado, el cumplimiento de una profecía. La activación de la promesa de contar. El escritor que reescribe la historia de Caín y Abel o la de Judit o Jonás está diciendo que es verdad y que es mentira, que todo está dicho. Navega en esas aguas porque ése es su elemento.
También dicen que un buen escritor no puede ni quiere librarse de su época. Se instala, al contrario, en su centro, y desde ahí la cuestiona. Le hace preguntas, la observa, tiende los hilos hacia el pasado (de dónde venimos) y hacia el futuro (a dónde vamos) porque la historia es, a su vez, un relato. Los escritores que contaron cada una de las historias de la Biblia, los poetas que escribieron las poesías que contiene lo sabían y actuaron -escribieron- en consecuencia. La Biblia está repleta de nombres de lugares y de reyes que hoy no existen y sin embargo hay algo que no cambia. El escritor que reescribe una historia de la Biblia -intencionalmente o no- tampoco escapa de su época (porque no quiere, porque no puede). Es el terreno firme desde el que pega el salto, al mismo tiempo, para trascenderla. La lealtad a la historia que reescribe implica esa deslealtad. No le sorprende.
Cuando un escritor reescribe una historia trabaja, al mismo tiempo, la dos caras del acto de escribir. Lee y escribe a la vez la misma historia. Suma una historia a la corriente de historias que atraviesan el tiempo. Agrega su lectura a las lecturas infinitas que despierta y merece un buen texto. Se aproxima a ese texto para leerlo de nuevo, para recordarlo, y toma distancia de ese relato originario al escribir su propia versión. Se acerca y se aleja. Es el que escucha y es el que habla. Responde al deseo de escribir que generan las historias que saben atraparnos, pero sabe que es un deseo que solamente puede nacer de la lectura, como un efecto y una causa de contagio.
Desde diciembre de 2008 hasta abril de 2009, veintitrés escritores releyeron las historias del Antiguo Testamento y reescribieron algunas. Relectura fue, en este caso, una palabra a subrayar. La verdadera versión escrita de cada una de las historias entró en comparación con el recuerdo que tenían de esa historia (la memoria reescribe) o con la versión, más o menos leal, que se forma en la cabeza de todos con la colaboración del olvido, el relato de los otros y el tiempo. Escribieron a la vez, leyendo el mismo libro que, por suerte, nunca es el mismo. Un libro que podría calificarse como el atlas de la vida humana. Las relaciones entre las personas, las alianzas y las traiciones, la vida y la muerte, el poder y la esclavitud, el amor y la desidia, la generación y la esterilidad, la fiesta salvadora y la decapitación -salvadora también-, el agua y el desierto, el entendimiento y la confusión, la sumisión y la rebeldía fueron reescritas en esos meses por escritores muy diferentes que trabajaron en la conciencia de unirse a un proyecto común, a una suma: entraron en posesión del verdadero legado del Antiguo Testamento, las historias que pueden contarse porque cuentan, las que quieren ser escritas.


