
La gloria de Don Enrique
La casa de Larreta en Belgrano, hoy Museo de Arte Español, es una consistente autobiografía, unas "hipermemorias" construidas con la solidez y la sutileza de una pieza literaria de fuste
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"... Todo nos muestra hoy día que los más refinados lectores prefieren unas medianas memorias a una excelente novela. Lo comprendo. A mí también me encantaron siempre las memorias, las autobiografías, los diarios íntimos; y hasta he llegado a lamentar que sólo se dediquen a ese género los que se creen capaces de hacerlo con elegancia. Seguramente muchas personas de extraordinario talento natural no se atreven a contarnos su propia existencia por razones de retórica y acaso de ortografía, y ¡cuán simpática resulta a veces una mala retórica y hasta una mala ortografía!..." (1) Más allá de su insólita retórica y de su arcaica ortografía, la que fue residencia de Enrique Larreta en Belgrano es sin duda una consistente autobiografía; unas "hipermemorias" construidas con la solidez y la sutileza de una pieza literaria de gran fuste. Como en el caso de su célebre obra La Gloria de Don Ramiro consagrada "la mejor novela americana de estilo modernista", esta casa debe ser considerada patrimonio de múltiples significados y buen testimonio de la complejidad cultural argentina.
Historia de dos novelas
Como en el caso de su famosa novela, fruto de investigaciones, peregrinajes y escrituras por varias ciudades y parajes españoles y europeos, la residencia fue también el resultado de diferentes indagaciones, recorridos y adquisiciones que permitieron armar una sólida morada familiar, artística y espiritual. Larreta imaginó inicialmente su gran proyecto literario como un fresco de los maestros de la pintura española que le permitiera adentrarse en diversas aspectos de la vida de España en tiempos de los Austrias. Viajó inicialmente por Italia para estudiar a los artistas del Renacimiento y a poco de vislumbrar el desafío autoimpuesto decía "...Era, como se ve, un proyecto imponente. Una catedral. No había puesto todavía la primera piedra y ya sentía el vértigo del andamio...". (2) Luego, durante una estada en París, el hispanista francés Morel-Fatio le aconsejó limitar su desenfreno y escribir una novela. Continuando viaje, convencido ya de la sugerencia, Larreta escribió el plan definitivo en Sankt Blasien en la Selva Negra.
Pasó entonces a España, para visitar el solar de sus antepasados vascongados y para adentrarse en Avila, la capital de su ensueño a la que iba y venía desde Madrid, donde recopilaba bibliografía y participaba de tertulias nobiliarias.
En su última visita a Toledo conoció a Maurice Barrés, su alter ego francés, al que Zuloaga retrataría sólo después de inmortalizar al argentino con Avila a sus pies. Antes de volver a la Argentina recorrió el sur de España para completar el borrador mental de la novela que comenzó realmente a escribir en una estancia de la zona de Azul, donde el paisaje de "soledades anchas y doradas" le recordaba las comarcas que rodean a Avila. Cuatro años de trabajo, un libro escrito seis veces y el llegar a escribir "en estado de completa alucinación" resultaron en la prescripción de un nuevo viaje a Europa y la corrección final de la obra, publicada en 1908, en un sitio y un tiempo "iluminados": París antes de entrar en las fauces del siglo XX.
Una casa de novela
La novela arquitectónica que Larreta construyó como su residencia en Buenos Aires también pretendió encarnar el solar de la raza y el destello de una época. El resultado es una pieza que, como su obra literaria, busca recrear una España habsbúrgica, europeísta, imperial y cristiana, de los inicios de la Contrarreforma, mediante una reinterpretación de elegancia y refinamiento borbónicos, adquiridos por su autor durante aquellos "tiempos iluminados" de su desempeño como embajador argentino en Francia de 1910 a 1916.
La propiedad que ocupa el Museo Larreta pertenecía hacia fines del siglo XIX a la familia Chas, que hizo edificar por el ingeniero Ernesto Bunge una casa de veraneo de estilo italianizante con habitaciones abiertas a la galería del patio central. Fue comprada en 1892 por Mercedes Castellanos de Anchorena, quien se la obsequió a su hija Josefina, en 1903, luego de su boda con Enrique Larreta.
La remodelación de la casa entre 1916 y 1917 estuvo a cargo del arquitecto suizo Carlos Schindler. Conservando la disposición de la estructura original, se cubrió el patio principal, se construyeron nuevas habitaciones en el primer piso, se agregó un sector de servicio por detrás y la quinta se convirtió en jardín. La pasión literario-arquitectónica de Larreta lo llevó a construir otro importante conjunto: el casco de su estancia Acelain en Tandil. Aquí el paralelismo debe entablarse con su novela Zogoibi , ambientada en la nostalgia de una pampa perdida, declinante eco de la planicie castellana.
París-Avila-Buenos Aires
La arquitectura de la residencia, transformada en museo en 1962, es un interesante ejemplo de la recreación de modelos consagrados de la historia y una ecléctica combinación de motivos tendientes a una síntesis del inasible estilo del siglo de oro español.
Más próximo a Barrés que a Unamuno, y a Zuloaga que a Sorolla, el sustrato franco-vasco de la mejor arquitectura hispano-colonial argentina aparece en esta obra arquitectónica de Larreta. Los exteriores presentan un carácter marcadamente neocolonial sustentado en un lenguaje derivado de la arquitectura porteña del siglo XVIII como lo demuestra la fachada y el portal de la calle Juramento, inspirados en el edificio de la Aduana Vieja.
En los interiores, las referencias a la arquitectura colonial rioplatense o hispanoamericana son reemplazadas completamente por una recreación de los estilos españoles de los siglos XVI y XVII en repertorios tomados de universidades, palacios, templos, infantados, casas consistoriales, arzobispados y toda otra construcción que ofreciera motivos sugestivos. En los salones de recepción que rodean al patio cubierto la decoración busca una imagen que evoque el Renacimiento español. En casi todas ellas se repite un esquema básico similar: cielorrasos con artesonados, friso de yeso con motivos abstractos, paredes enteladas con damasco de seda, zócalo de mayólicas con estilizados dibujos y pisos de cerámica roja con pequeñas mayolicas.
El mismo criterio fue aplicado a la remodelación de la quinta con árboles frutales para transformarla en frondoso jardín andaluz con senderos, cercos, y surtidores de agua. El sector de habitaciones privadas de la familia ilustra rasgos de la personalidad de Larreta.
En su dormitorio predomina el mobiliario francés y casi no existe señal alguna de hispanofilia. Es que en su casa como en su vida la extroversión era española y la introversión francesa, y como tantos otros aspectos de su argentina vida, el camino de Avila pasaba primero por París.
Letras y espacios
La casa y sus colecciones, más allá de su valor artístico e histórico, reflejan un momento clave en la evolución de la estética del siglo XX en la Argentina y es un gran testimonio de la decisiva y fructífera relación entre cultura arquitectónica y literaria. Como en el caso del Palacio Errázuriz, la casa de Larreta denota un "selectivismo" típicamente argentino. La composición arquitectónica y decorativa buscaba emular un argumento literario, en este caso una novela histórica. Y la puesta en escena se realizaba en sintonía con la vida del autor y dentro de una escala amable y vital.
El conjunto del Museo Larreta es testimonio del hispanismo galicista, de la veta "noventayochista" del Centenario, aquella que buscó enlazar la época de esplendor de España con la del esplendor argentino de inicios del siglo XX.
A las Españas "negras" de Regoyos, Zuloaga, Pio Baroja y Unamuno; o a las "blancas" de Pérez de Ayala, Sorolla, Martínez Sierra y Rusiñol, Larreta opone su España "púrpura", menos estereotipada que la de sus colegas franceses -de Merimée a Barrés- por estar más próxima y más distante a la vez y haber sido releída y reescrita por unos ojos y una pluma más europeos. En el contexto del crescendo cultural argentino del siglo XX, la obra de Larreta es un paso capital. Y no sólo en el incomprendido andar "rastacuerista" que, enaltecido como cosmopolitismo, alcanzará en Borges su versión sublime. Con Larreta también se inaugura la íntima e inédita asociación literatura-arquitectura que, bajo una advocación francesa, estimulará la innovación rioplatense por muchos años, como lo proboarán después las aventuras de "Martín Fierro" y de "Sur".
El autor de esta nota es arquitecto y especialista en temas de patrimonio.
(1) y (2) Temps illuminés , Enrique Larreta (1945), ediciones El Ateneo.



