
La guerra que no cesa
EL JARDIN BOTANICO Por Claude Simon (Perfil)-303 páginas-($ 18)
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DE Claude Simon, como de muchos otros escritores, se podría decir que escribe siempre la misma novela. Pero, a diferencia de otros que lo hacen desde un universo cerrado, en el Nobel francés el punto final es tan inexistente como cualquier principio.
Un episodio de la vida de Simon salpica toda su literatura y aparece, una y otra vez, de distinta manera (o tal vez de la misma, ya que la repetición es una característica de su obra): su experiencia en la Segunda Guerra, en mayo de 1940. La vivencia de una realidad tan cruda produjo el efecto de una bomba que, al estallar en medio del lenguaje, dejó para siempre en el escritor un hueco imposible de saldar con palabras.
En casi todos sus libros, Simon plantea una narración de la guerra, aunque sea consciente de la imposibilidad de escribir una historia completa. La memoria es su tintero. Allí moja su pluma insaciable que busca rendirle cuentas a un pasado que no cesa. Sus días en prisión, la brigada destruida, la muerte de los otros, el dolor de haber sobrevivido son los temas de esta última novela, El jardín botánico . Esos temas no alcanzan nunca una escritura definitiva, apenas pueden nombrarse de a poco, a la manera de fragmentos de una memoria de imágenes y sensaciones. La memoria, una vez más, como territorio sin cartografía pero con señales.
Por eso el estilo es tan fundamental y hay que tomar los textos de Simon mot-á-mot. Las palabras son señales en medio de una narración sin puntuación, con frases ya empezadas y cortadas antes de concluir. Es notable cómo esta misma fragmentación produce un goce estético del lenguaje. Hay una satisfacción por el tránsito de las palabras más allá del sentido que éstas le infieren al relato. Como buen bricoleur , el autor sabe intercalar estados de la escritura. Comienza con párrafos aparentemente desarticulados y a medida que avanza (sólo porque pasan las hojas, no porque la historia avance) aparece la forma. En momentos de exasperación, en los que la lectura se convierte en un verdadero esfuerzo, Simon pone un punto y redacta una perfecta crónica periodística, como si intuyera la respiración del lector: "El 10 de mayo, a las cinco de la mañana, los alemanes lanzaron su ofensiva a lo largo de todas las fronteras francesas, belgas y holandesas..."
En esa alternancia y progresión, el novelista se asemeja a un pintor que nos muestra el proceso de su creación: las primeras pinceladas, los borrones, las superposiciones, hasta que la forma cobra una vida casi independiente de la primera intención. Su técnica narrativa es muy diferente de la de otros escritores que también integraron el nouveau roman , como Alain Robbe-Grillet y Marguerite Duras. En esta novela, el autor explicita su política literaria al describir, precisamente, el Jardín Botánico de París:"Parece como si el hombre se hubiera empeñado allí en, por así decir, domesticar, sojuzgar la naturaleza, contrariando su exuberancia y su desmesura para someterla a una voluntad de orden y dominio, del mismo modo en que las reglas del teatro clásico encierran al lenguaje en una forma también artificial, en contraposición a la manera desordenada en que se exteriorizan naturalmente las pasiones".
¿Podríamos considerar a Claude Simon un narrador deconstructivista? No en vano eligió un epígrafe de Montaigne para dar comienzo a esta historia:"Nadie hace un plan de su vida, y sólo analizamos parcelas... Todos somos fragmentos y de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza hace, en cada momento, su propio juego." Parodiando su imposibilidad de ser un escritor convencional, el narrador de El Jardín Botánico , que no es otro que Simon, le advierte a su personaje:"Discúlpeme, no tengo el don de la palabra, supongo que es por eso que escribo".





