La historia en el cuerpo
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Efusión y tormento
Por Arlette Farge
Katz/Trad.: Julia Bucci/235 páginas/$ 53
El ejercicio científico de la historia está emparentado con la ficción. Sobre todo cuando su fin es reconstruir el clima cultural de una época y llamar la atención acerca de la vida cotidiana de las personas olvidadas o estereotipadas por el relato histórico más difundido. Esa reconstrucción con base científica y recursos ficcionales ofrece Arlette Farge en Efusión y tormento , una historia de los pobres en el siglo XVIII francés que pone el acento en un aspecto poco abordado: los cuerpos como sede de sentimientos colectivos, acción política y testimonios de su tiempo.
Especializada en historia del Derecho y del siglo XVIII, Farge se sumerge en actas de denuncias e interrogatorios policiales, archivos sobre el abandono de niños, informes de oficiales de policía que cuidan paseos públicos y cronistas de la época. Con esos documentos construye un asombroso fresco sobre el lado más oscurecido del Siglo de las Luces. Por las páginas del libro desfilan los artesanos y obreros desgarrados por las condiciones de trabajo, los niños expósitos, las mujeres agredidas cotidianamente, las víctimas de las epidemias de viruela y los presos, pero también los peregrinos, los espectadores de diversiones callejeras, las muchedumbres en los mercados al aire libre, la sociabilidad pública y ruidosa. Libro de historia, al fin, la descripción está atravesada por una intención científica: hablar de los hombres y las mujeres del pasado a partir de su dimensión corporal, con un enfoque histórico y político que une lo pasional a lo racional. "El cuerpo del pobre es un formidable agente de la historia", sostiene Farge. Al oponer los maltratados cuerpos de los pobres a los protegidos cuerpos de la aristocracia, Farge demuestra cómo "el temor por el cuerpo pobre rige una parte de la política monárquica", que les aplica una doble mirada: temor obsesivo por las posibilidades de revuelta y compasión por situaciones consideradas indignas de la civilización. Como sintetiza Farge, los cuerpos pobres del siglo XVIII tienen una "amenazadora vulnerabilidad" para los poderosos, que admiten en sí mismos toda la voluptuosidad y búsqueda del placer que niegan a los que están por debajo. El relato oficial del siglo XVIII creó como personajes simbólicos a los libertinos y los aristócratas, pero olvidó, dice Farge, "que los menos acomodados convertían su cuerpo en un agitado refugio contra la adversidad".
Hay pasajes particularmente impactantes. Por ejemplo, las páginas que describen el problema de los niños abandonados, que se multiplican de a miles en París; las redes informales y deficientes de asistencia, y las señales que dejan los padres en la ropa de los recién nacidos con la esperanza de recuperarlos. O el relato de las marcas que imprime el trabajo insalubre en los cuerpos de los obreros. O el capítulo dedicado a la fuerte impronta oral de la cultura del siglo XVIII, que caracteriza los barrios por el sonido de los oficios y las lenguas empleadas, y exige a criados y sirvientas un oído entrenado para distinguir los productos que se ofrecen en las calles cada día. Lejos está Farge de querer mostrar un pueblo impotente o reducido a sus deseos primarios, como se ha hecho. El suyo es un pueblo que tiene "conciencia de lo intolerable" y un saber para la supervivencia. Las huellas de Foucault -con quien la autora escribió un libro en 1982- están presentes en todo el texto, a través de la noción del control social y el modo en que las instituciones moldean cuerpos y expresiones.
Sin voluntad de caer en anacronismos, que la autora no intenta, el lector puede sentirse tentado a ciertas comparaciones. El espíritu de las incipientes formas de asistencia en ese siglo recuerdan políticas conocidas: "El pobre, el loco, el marginal desarticulan la sociedad y el deber de asistencia también es una manera de mantener el orden público".
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