La hora del castigo
Después de la liberación de París, en 1944, llegó el momento de juzgar a los colaboracionistas. El espíritu de justicia se mezcló con el de la revancha. Herbert Lottman en La depuración, 1943-1953 (Tusquets) narra ese momento crucial y formula una cuestión ética de candente actualidad: ante circunstancias tan extraordinarias, ¿cómo debe un gobierno restablecer el orden y sancionar a los culpables sin causar más daños?
1 minuto de lectura'

EL verano parisiense suele ser tan denso y pegajoso como el de Buenos Aires. El sol del 26 de agosto de 1944 se desploma, inclemente, sobre cientos de miles de personas abarrotadas en ambas aceras de la Avenue des Champs-Elysées, desbordadas sobre las calles laterales, trepadas a los árboles, a las enfáticas esculturas de algunas fachadas. La multitud, acrecentada por minutos, no siente ese sol porque hay otro que la ilumina por dentro: el de la libertad. El día de gloria ha llegado, París está siendo liberada de sus ocupantes alemanes. Quienes con lágrimas vieron pasar, cuatro años antes, al arrogante ejército nazi bajo el Arco de Triunfo, sienten ahora que han recuperado su capital incomparable, su patria, su dignidad cívica.
El ejército de las sombras
Por encima de la muchedumbre sobresale, desde sus dos metros diez de estatura, la cabeza del general Charles de Gaulle, ánade majestuosa que desciende, impasible en apariencia, la espléndida avenida rumbo a la plaza de la Concordia y a la catedral de Notre-Dame. Las aclamaciones, las fanfarrias, el bullicio, no apagan del todo un lejano tabletear de metralla: en los barrios periféricos todavía luchan, encarnizadamente, sin tregua, los guerrilleros del maquis urbano con los últimos ocupantes alemanes y sus cómplices franceses. Ambos bandos saben que en estas acciones postreras se juegan la vida, pero los collabos (colaboracionistas, se los llamará en la Argentina) no ignoran que, si son capturados, su destino será más atroz incluso que el de los soldados nazis.
Así lo expresa Herbert Lottman en el prólogo de La depuración, 1943-1953 , último volumen de la trilogía iniciada con La caída de París y La Rive Gauche : "La coexistencia de resistentes totalmente decididos, de un lado, y de colaboradores no menos decididos, del otro -incluso aunque estos dos grupos fueran en realidad minoritarios-, desembocó en una guerra civil mientras proseguía la ocupación de Francia". La Resistencia había comenzado prácticamente desde el primer día de la ocupación. La mayoría de sus miembros profesaban el credo comunista y se agrupaban bajo la sigla FTP (Francotiradores y Partisanos Franceses). Otros resistentes, no izquierdistas, componían las FFI (Fuerzas Francesas del Interior), también denominadas Ejército Secreto. El novelista Joseph Kessel las designaría a ambas, poéticamente, como el Ejército de las Sombras.
La mayoría de la población se resignó a la ocupación nazi y, como casi todo el mundo en todo tiempo y lugar, procuró reanudar su vida normal pese a las duras circunstancias. Los alemanes introdujeron en Francia una novedad: delimitaron un pequeño territorio al que otorgaron un status ficticio de autonomía, con capital en Vichy (hasta entonces, apacible ciudad famosa por sus aguas termales), y confiaron el gobierno a un viejo soldado de prestigio legendario, el mariscal Henri-Philippe Pétain, héroe de Verdún, firmante en 1940 del deshonroso armisticio que supuestamente ponía fin a las hostilidades en suelo francés. Pétain aparecía a los ojos de muchos de sus compatriotas como un padre, o un abuelo bondadoso (tenía por entonces 84 años), capaz de protegerlos y guiarlos en tiempos difíciles. El anciano, muy lúcido aún, era un militar a la antigua, nacionalista furibundo, chauvinista, ultracatólico, convencido de que la podredumbre liberal-burguesa, improbablemente mezclada con la izquierda, y los chanchullos de los políticos eran la causa principal de la derrota, y no la evidente inepcia de los altos mandos castrenses. Aceptó presidir esa ficción y no supo o no pudo rechazar al primer ministro impuesto desde Berlín, el siniestro Pierre Laval.
Varios países reconocieron al gobierno títere de Vichy, otorgaron el plácet a sus embajadores y miraron a otro lado. Bien pronto debieron convencerse de que no había tal legitimidad y que, simplemente, los alemanes dejaban los trabajos sucios en manos de la administración francesa. Pétain y Laval chocaron desde el comienzo, porque el mariscal tenía, a pesar de todo, sus principios. Criticó la creación de las Milicias, un cuerpo paramilitar francés encargado de eliminar sin vueltas a disidentes o sospechosos de serlo, cuyos miembros usaban la camisa parda de los fascistas, y protestó enérgicamente cuando en el territorio bajo su mando comenzó en 1942 la persecución de los judíos, exigida por Alemania y prestamente ejecutada por Laval.
Simultáneamente, otro militar francés, Charles de Gaulle, de distinguida foja y notables cualidades personales, establecía en Londres el gobierno en el exilio de la Francia Libre. Su habilidad política le permitió asumir la representación de su país como único interlocutor legítimo frente a las potencias aliadas, Gran Bretaña y los Estados Unidos, y hasta ser aceptado -a regañadientes- por Churchill y Roosevelt como un par en la mesa de negociaciones.
Justicia con mayúscula
Aquí entra Lottman en la materia profunda de su libro, que lo hace tan apasionante y tan actual. El tema es la relación entre la política y la ética, nada menos. Más concretamente, la responsabilidad del gobernante en circunstancias extraordinarias que sacan de quicio a las conductas normales, digamos, de los ciudadanos; y cuál ha de ser, en tiempos de convulsión, el papel de la Justicia, con mayúscula. En una situación anómala, pero nunca descartable, como las guerras, revueltas, sediciones, sublevaciones, invasión extranjera y ocupación de territorio, entre otros ejemplos (que incluyen también las catástrofes naturales propicias al saqueo, a la anarquía), ¿cómo restablecer el orden y sancionar a los culpables sin causar más daños? ¿Cómo persuadir a los legítimamente indignados, de deponer las armas y no ejercer justicia por cuenta propia?
Los resistentes franceses contestaron a la ocupación con violencia, y más violentos fueron con los compatriotas por los que se sentían traicionados: los colaboradores directos del gobierno de Vichy, los traficantes del mercado negro, los especuladores, los delatores, las mujeres que se acostaban con el ocupante para medrar (tal vez algunas lo hicieron por necesidad, o por mera frivolidad). La respuesta no se hizo esperar: los Milicianos mataban a mansalva, la pequeña ciudad de Oradour fue arrasada y todos sus habitantes, sin distinción de sexo ni edad, torturados y asesinados por los nazis.
Contra la anarquía
Consciente de la gigantesca tarea que lo aguardaba tras la Liberación, De Gaulle concretó desde temprano su plan de reconstrucción de Francia, cuya clave maestra sería la restitución de la justicia ordinaria. Vio con claridad que la exigencia del maquis de sanciones drásticas e inmediatas, llevaba a la anarquía. Planeó con sus consejeros (Maurice Schumann, Michel Debré, Pierre Mendés-France, hombres todos que adquirirían notoriedad en la posguerra y serían, desde diversas orientaciones políticas, los arquitectos de la reconstrucción), una creación única, calificada por Lottman de herramienta principal, clave de bóveda del proyecto de De Gaulle: los comisarios regionales de la República. Procónsules, los denomina Lottman, que en el momento de la Liberación se vieron investidos de casi todos los poderes de que puede prevalerse un presidente, incluso un soberano (incluyendo el de gracia, o sea, la conmutación de la pena de muerte). Este invento permitiría a los gaullistas "reforzar su autoridad en el momento mismo en que el enemigo y sus acólitos salieran de circulación, y a veces incluso antes; de este modo, Francia no tuvo nunca necesidad de un gobierno militar angloamericano, como los que crearon otros territorios recientemente liberados del yugo nazi". Añade Lottman, con alguna ironía: "Por la misma razón, los franceses tampoco tuvieron la posibilidad de pronunciarse sobre el gobierno gaullista".
Es precisamente la convicción de De Gaulle, de ser el hombre del destino, designado por la providencia para salvar a Francia, la que lo aleja de sus aliados y lo hace sospechoso, ante ellos, de egolatría y pretensiones poco menos que monárquicas. Al General no se le pasaba por la cabeza someter a ninguna consulta democrática su condición de jefe del gobierno francés de vuelta en casa. A Churchill y Roosevelt, anglosajones, la voluntad popular les resultaba indispensable como sello de legitimidad y control de un mandato.
La sanción
Dice mucho del pensamiento de De Gaulle, el hecho de que en varias ciudades importantes, Lyon entre ellas, el cargo de comisario de la República fue otorgado a hombres de filiación comunista. Moderados, por cierto, y de una probidad democrática excepcional. Lyon, que había sufrido tanto, fue puesta en manos de Yves Farge. El 26 de julio de 1944 (Lyon había sido liberada mucho antes que París, pero la guerra continuó allí prácticamente hasta mediados de 1945), el comisario Farge exhortó así a los partisanos, inclinados a cometer excesos: "Vuestro deber es actuar de tal modo que la historia pueda registrar que el Derecho y la Justicia han sido inseparables de la Libertad en esta hora de la liberación. Los tribunales militares juzgarán a los traidores... pero guardémonos de los juicios prematuros y de los extravíos de la pasión... Ninguna flaqueza habrá de entorpecer el curso de la Justicia, pero tampoco ningún acto individual ha de perturbar su serenidad".
"Poco a poco, etapa tras etapa, la autoridad central, representada por De Gaulle y sus ministros, llegó de Argel, controló la anarquía y la dominó." No fue fácil. "Los comunistas, por su parte, no ocultaban su convicción de que la justicia popular debía suplir a la justicia oficial y su exasperante lentitud; es decir, suplantarla, si era preciso. [...] Una de las lecciones que iban a aprender los gaullistas es que, arrestando y deteniendo a una persona acusada de colaboración, podía salvársela de la justicia popular, que se traducía en brutalidades o incluso en muerte." Estas frases de Lottman resumen la situación en Francia a comienzos de 1945. Los excesos resultaban inevitables, sin o con tribunales legítimos. El libro registra arbitrariedades y contradicciones múltiples. Conductas que podrían considerarse fruto de la inexperiencia o del miedo fueron sancionadas con fusilamiento. De Gaulle mismo negó pedidos de gracia (el presidente de Francia heredó este privilegio de los reyes) en casos de importancia menor, pero en los que, a su entender, era imperioso ejemplificar, en tanto que casi todos los industriales y los comerciantes de alto copete, que habían trabajado para los alemanes y hecho grandes negocios con ellos, escaparon al paredón. Menos Louis Renault, anciano cascarrabias y empecinado, cuya colaboración había sido tan evidente y su arrepentimiento tan nulo, que se lo encarceló y, según parece, se lo maltrató hasta ocasionarle la muerte.
Hay observaciones curiosas. En las ciudades que sufrieron mayor represión (Lyon es el ejemplo más notorio), los excesos de la revancha fueron mayores. Cuanto más pequeña es la ciudad y menos habitantes tiene, se multiplican las denuncias de colaboración y se persigue con más saña a los culpables presuntos. Como siempre en estos casos, hay venganzas personales, litigios cuya salida se procura mediante la delación del oponente, rencores de familia, codicia del bien ajeno... Una imagen típica de esos tiempos , con la cual se ilustra la cubierta del libro, es la de la mujer rapada, desnuda (a menudo), escupida e insultada por la multitud justiciera, por haber mantenido relaciones íntimas con el ocupante. Lottman se pregunta el porqué de esta sanción tan particular (cabe evocar aquí el film de Alain Resnais, sobre guión de Marguerite Duras, Hiroshima mon amour , donde Emmanuelle Riva encarnaba a una de esas mujeres) y concluye con esta reflexión pragmática: "Si esas mujeres rapadas y desnudas hacían el papel de víctimas expiatorias, también cumplían otra función, tal vez más útil de forma inmediata: permitían dar salida a la cólera que de otro modo habría desembocado en efusión de sangre".
El escándalo de Churchill
"Los procónsules de la Francia libre, los comisarios regionales de la República hicieron frente lo mejor que pudieron a la anarquía que reinaba en el momento de la Liberación, a veces con autoridad, más a menudo con manga ancha, porque estos hombres expertos comprendían que si la gente no veía que la justicia seguía su curso, los más militantes, los que más habían sufrido con Vichy, se tomarían la justicia por su propia mano." De Gaulle en persona abordó de frente el problema, como era su costumbre, en un discurso pronunciado en Rouen en octubre de 1944: "Es al Estado, a la justicia del Estado, a la autoridad del Estado, a la fuerza del Estado, y sólo a su fuerza, a su justicia y su autoridad, a las que corresponde imponer orden en Francia". Doctrina impecable, que proclama que el Estado no debe nunca abdicar de su majestad para imponer orden y justicia, ni rebajarse jamás a emplear los mismos métodos que los promotores de desórdenes.
A partir del 11 de diciembre de 1943, el Comité Francés de Liberación Nacional había decidido, en Argel, proceder al arresto e inculpación de los antiguos ministros y altos funcionarios del pseudogobierno de Vichy que se encontrasen entonces en el Norte de Africa. Pero ocurrió que varios de ellos habían colaborado con los Aliados, ayudándolos en su gestión en esa zona. Churchill se escandalizó al enterarse del arresto de algunos de esos personajes y envió un cable al presidente norteamericano, Roosevelt: "Le ruego haga comprender al Comité francés la falta de prudencia de su presente acción. Boisson nos ha ahorrado, en material y en hombres, el costo de una importante expedición contra Dakar. Peyrouton ha vuelto por su propia voluntad. Flandin ha impedido que se enviase una expedición desde Dakar contra la Francia Libre en el lago Tchad". Roosevelt encomienda a Eisenhower que en su nombre solicite al Comité la postergación de toda medida contra esos hombres hasta que, después de la Liberación, se reinstalen en Francia los tribunales competentes para juzgarlos, si así correspondiera. En privado, Roosevelt le confiaba a Churchill: "Me parece que ha llegado el momento de eliminar de una vez por todas el complejo de Juana de Arco, y de volver al realismo. También yo estoy escandalizado por esas arrogantes detenciones en un momento como éste". Y al almirante William D. Leahy le comentó, oficiosamente, su idea de que habría que desembarazarse cuanto antes de De Gaulle.
Resultó, por suerte, imposible. El General era hueso duro de roer y tuvo ocasión, años después, de devolver cumplidamente la animosidad de sus antiguos aliados. Como en toda andanza humana, a medida que pasaban los años los rencores de la Ocupación iban dando paso a otras preocupaciones más urgentes: la guerra de Indochina, la de Argel. Los tribunales seguían trabajando en la depuración, pero los peces más gordos se escurrían con relativa facilidad de redes cada vez más laxas. En el decenio del 80, resurgieron a la atención pública los casos de René Bousquet, ex secretario general de la policía de Vichy, aparentemente protegido por el presidente Mitterrand hasta alcanzar, tras haber sido rehabilitado por amnistía, altos cargos en la banca; el de Mitterrand mismo, acusado de haber ejercido un cargo menor en Vichy y haber estrechado la mano de Pétain; y el de Maurice Papon, ex prefecto de policía de París cuando las inicuas redadas de judíos destinados a los campos de concentración. Papon, octogenario ya, enfermo de cáncer y dotado de singular energía combativa y de una lengua filosa, fue finalmente condenado, en abril de 1998, a diez años de cárcel.
Pétain, se sabe, terminó sus días a los 85 años, confinado en la isla de Yeu, como permuta (en razón de su edad y de su glorioso pasado anterior a Vichy) de la condena a muerte ordenada en 1945. Su traición fue evidente y su conducta carece de atenuantes. Pero quien firma estas líneas no puede abstenerse, por un imperativo ético y profesional, de expresar su propio sentir sobre tema tan arduo y tan cercano. Lo resume en esta frase de un pensador griego cuyo nombre lamenta no recordar, aprendida cuando tenía quince años en un aula del secundario y que desde entonces adoptó como una sabia enseñanza de vida: "Mortal, no abrigues odio inmortal". Quinientos años antes de Cristo, ¿no resuena en ella un anticipado eco evangélico?




