La identidad del pueblo elegido
LOS JUDIOS Por Arthur Hertzberg y Aron Hirt-Manheimer (Sudamericana)-335 páginas-($ 19)
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ABRAHAM, a quien Yahvé ordenó que partiera hacia Canaán; Jesús, que no fue el Mesías de su pueblo; Spinoza, excomulgado por los rabinos de Amsterdam; Theodor Herzl, fundador del movimiento sionista moderno; Franz Kafka, escritor de la culpa y la soledad. El libro Los judíos , de Arthur Hertzberg y Aron Hirt-Manheimer, sostiene que, sobre la arbitraria y cambiante arena de los siglos, estos hombres señalan el arco fulgurante de la identidad milenaria de un pueblo.
En las primeras páginas, Hertzberg -profesor en las universidades de Columbia, Dartmouth y New York y editor de la Encyclopedia Judaica - y Hirt-Manheimer -editor de la revista Reform Judaism - califican su libro de escandaloso, de políticamente incorrecto. Hablar de la "otredad" judía, de su carácter perdurable -sostienen ambos autores- "significa romper un tabú del post-Holocausto".
Dios eligió al pueblo judío para habitar la Tierra "como un reino de sacerdotes y de gente sagrada", dice la Biblia. Según Hertzberg y Hirt-Manheimer, los judíos asumen ese destino especial. Pero esta condición de elegidos es una permanente carga para la conciencia, implica un "sentido de misión moral y un mecanismo de supervivencia que nos genera tanto placer como dolor".
Para los autores, la historia muestra pruebas elocuentes: el exacerbado antisemitismo medieval del Viejo Mundo que derivó en las sucesivas expulsiones de Inglaterra (1290), de Francia (1394) y de España (1492); actitudes como la de Marx, quien en su ensayo Sobre la cuestión judía habló en el tono de los "alemanes correctos" de la época y, aún luego de abandonar la religión, continuó hablando de los judíos en el lenguaje de Martín Lutero; el horror del Holocausto.
Pero los judíos -insisten Hertzberg y Hirt-Manheimer- "llevan muy adentro la determinación de seguir siendo otros". Por eso en su libro rechazan la tesis de Jean-Paul Sartre, quien sostiene que la continuidad y permanencia de este pueblo es un invento de sus enemigos.
Ahora bien, en el libro, todas estas cuestiones confluyen en el único problema que los autores consideran verdaderamente acuciante: en la actualidad, el futuro de la unidad del pueblo judío está amenazada. No por el antisemitismo o la asimilación, sino por el faccionalismo. Su último brote "es tan grave como nunca en la historia judía".
Hertzberg y Hirt-Manheimer intentan demostrar que desde siempre los grupos judíos chocaron entre sí. En la interacción cultural del pueblo judío con el helenismo, existió un debate entre los que querían asimilarse y los que se negaban a abandonar su fe. Durante las revueltas contra la opresión de la Roma imperial, también estaban quienes querían conciliar con las fuerzas de ocupación. "Superficialmente, estas peleas parecían políticas y culturales, pero en realidad se trataba de discusiones de naturaleza religiosa."
En el actual estado de Israel, las disputas continúan en torno al conflicto con los palestinos. Y las implicancias religiosas de tal controversia son una cuestión fundamental "porque, supuestamente, estamos viviendo en los días del Mesías y los acontecimientos políticos del momento aceleran o retrasan el día glorioso en el que aparecerá sobre la Tierra". Este hecho religioso genera una situación de vulnerabilidad política frente al fanatismo que, entre otros excesos, cree justificar el asesinato del primer ministro israelí Yitzhak Rabin ocurrido en 1995.
El libro Los judíos es heterogéneo en sus apelaciones históricas y filosóficas; es equilibrado (no cauteloso) en su evaluación política. Aunque tal vez, el eje subyacente de este amplio collage extendido sobre cuatro milenios sea el propósito de justificar la unidad de un pueblo a través de su Dios. El volumen es también un intento por comprender la odisea religiosa de una minoría que, enfrentada a la paradójica ira de la historia -indiscernible, en ocasiones, de la ira de Dios-, resulta trascendida por una actitud ética que, al aspirar al pluralismo y a la universalidad, debe hacer de su Dios una alegoría o un símbolo o, en todo caso, algo diferente del Dios al que apelan las plegarias y los ritos. ¿Cómo extender los mandamientos de un Dios sin imponer su adoración?
En los bordes de la razón, esta ambigüedad del libro, compartida por los innumerables intentos de buscar fundamentos teológicos para la ética, obliga a la metáfora. Así, para Hertzberg y Hirt-Manheimer, "Ser un judío es haber recibido un mandamiento: hacer algo porque está bien [...]. Ser un judío es creer en tikún olam , que el mundo puede ser redimido [...]. Ser un judío es sentirse transportado por la corriente del antiguo río judío que sigue fluyendo".



