
La infancia recuperada
CUADERNOS DE LA SOMBRA Por Ernesto Schoo-(Sudamericana)-224 páginas-($ 15)
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Hay libros que se agradecen simplemente porque están a contrapelo de la irritante costumbre de una cultura que apela constantemente a la vulgaridad, al sensacionalismo, al impudor y al vacío. Este es el caso de los cuadernos que nos propone Ernesto Schoo, retrato de una infancia acaso sombría pero que llega a nosotros templada por el sol de una antigua serenidad, de una cierta misericordia para con la vida y con nosotros mismos: hay aquí un reparo cierto a la impiedad de los tiempos presentes. Esta sensación de resguardo terapéutico se apoya ante todo en el tempo y el ritmo deliberadamente anacrónico de una prosa mansa y cuidada, muy apta para traducir las virtudes de introspección e intimidad tan ferozmente ausentes de nuestro mundo actual. Y es curioso y también aleccionador, en cierto sentido, que un crítico tan lúcidamente expuesto a las sorpresas y desafueros del espectáculo contemporáneo como Schoo, a quien nadie puede tildar de timorato en materia de gustos diferentes, se demuestre tan firmemente fiel a una veta tan interior y sencilla como la que este libro, humilde en el mejor sentido de la palabra, nos propone: hay una cierta provocación en esta modestia que se vuelve también paradoja y a su manera, un suave escándalo ante el cual no podemos dejar de sonreír.
Schoo recorre sin estridencias los melancólicos caminos de una infancia sobre la cual planeó pesadamente la enconada pareja de sus padres. Las incomprensiones y humillaciones marcan a fuego al niño que acabará por implorar en sus plegarias: "Líbrame del amor", habida cuenta del destrozo emocional que le han infligido los lazos familiares. Pero en su infancia se encuentran también los talismanes que le permitirán desasirse del rencor o la autodestrucción: la presencia de seres libres y extravagantes como sus tías Coco o Beatriz, la sabia ternura de mucamas y abuelas legendarias, la irrupción de la belleza y de la sensualidad en la atracción precoz y poderosa de una odalisca entrevista en una tarde de carnaval. En la tenacidad con que el chico se aferra a estos salvavidas, en la memoria indeleble que le dejan ciertos crepúsculos en el campo presenciados como el ocaso de los dioses, en las fugaces revelaciones de lo extraño -el día en que comprende que la felicidad de María B. era la desdicha, o bien la pila de discos de Gardel que se desploma el mismo día de la tragedia de Medellín- están las pistas de su reconstrucción.
Pero no sólo hay una exploración personal en este libro: la memoria de Schoo traza, con precisión regocijante, una suerte de bazar lejano y colorido donde muchos podemos reconocernos, huellas de un antiguo Buenos Aires con el perfume sepia de las viejas tarjetas postales. Los barquilleros del Jardín Zoológico, las lecturas de Verne y de Salgari, los centinelas de la Penitenciaría, el florero art déco que dispara para siempre la conciencia de modernidad estética en el chico asombrado, la muy exacta y pertinente distinción entre olores pobres y olores ricos son todas señas de identidad insustituibles para una generación que todavía no confunde el pasado con ruinas descartables. Están vivos en nosotros, conviviendo con las nuevas imágenes y acaso confiriéndoles su antigua vida. Esta evocación plástica, sin pretensiones de interpretación histórica o de reivindicaciones psicológicas o sociales, habla no sólo de un costumbrismo lírico sino de esa necesidad irrefrenable que todos compartimos de regresar a la infancia y al Buenos Aires de nuestra infancia como a un libro de lectura extraviado en el cual se cifran muchos de los misterios dolorosos y gozosos que todavía rigen nuestra vida y nuestros sueños.
Sin pretensiones de intensidad ni falsas impostaciones, lejos, por cierto, de los frescos alucinantes de Rilke o de Proust, este libro evoca a su propia manera las magias de la vida con la que finalmente el autor se ha reconciliado, y esto no es poco. "Suelo decirme a mí mismo [...]: ÔHe sobrevivido a mi familia´. Y me asombro de mi capacidad de resistencia y de recuperación, gracias a la cual conseguí disfrazar aceptablemente de madurez a los ojos del mundo, mi infancia eterna." En la eternidad y frescura de esta infancia, precisamente, en los escondidos mensajes que salvaguardaron la confianza de un chico melancólico en la belleza del mundo, reside la paz de este libro. Schoo ha desplegado y descifrado estos mensajes para nosotros, del mismo modo que el canto de las tórtolas le fue descifrado mucho más tarde por unas líneas admirables de Silvina Ocampo. Acaso estas memorias sean continuadas por las de su adolescencia: ojalá que ese espíritu perdure en él, como en nosotros el recuerdo de su libro.




