
La innovación de las místicas
MUJERES TROVADORAS DE DIOS Por Georgette Epiney-Burgard y Emile Zum Brunn (Paidós)-238 páginas-($ 24)
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LA tradición mística occidental, en la que se inscriben grandes escritores de la lengua castellana, como Santa Teresa de Avila y San Juan de la Cruz (siglo XVI), tiene raíces muy antiguas y diversos focos de difusión. Las "mujeres trovadoras de Dios" que componen esta antología permiten rastrear, desde el inicio del siglo XII, los orígenes de la mística renano-flamenca, cuyo representante más conocido es el Maestro Eckhart (1260-1327). Algunas de estas místicas fueron monjas (benedictinas, cistercienses), pero en su mayoría fueron beguinas, mujeres consagradas a Dios que vivían en comunidad sin pronunciar votos perpetuos. Todas fueron reformadoras, innovadoras, y denunciaron abiertamente la corrupción del clero. En los siglos XIII y XIV, la extensión del movimiento beguinal desempeñó un papel muy importante en la lucha entre las tendencias ortodoxas y heterodoxas de la Iglesia (que tan bien plasmó Umberto Eco en El nombre de la rosa ) y sobre todo, en la revolución que hizo acceder a los laicos al conocimiento de los textos sagrados y teológicos, que las beguinas tradujeron a las diversas lenguas vulgares (flamenca, alemana y francesa) en las que escribían, también, sus textos originales. Es difícil imaginar, hoy, lo que significó esa revolución. Se ha podido afirmar que si Eckhart y Margarita Porete (que figura en esta antología) hubieran escrito en latín, no habrían alimentado el fuego de la hoguera de los inquisidores. Tampoco habrían tenido la difusión que tuvieron.
Estas mujeres intentaron transcribir, muchas veces a pedido de terceros, la experiencia mística que las impulsaba, en diversas formas expresivas (visiones, cartas, diálogos alegóricos, poemas, etc.). Las imágenes de Hildegarda de Bingen (1098-1179) llevan la impronta de la cosmovisión de la Alta Edad Media. Las otras autoras citadas (Matilde de Magdeburgo, Beatriz de Nazaret, Hadewijch de Amberes, Hadewijch II y Margarita Porete) integran en sus escritos las formas y el ideal de amor de la poesía trovadoresca. Ese influjo es perceptible, por ejemplo, en La luz resplandeciente de la Divinidad , de Matilde de Magdeburgo (1207/1210-1282/1294), obra cuyo tono erótico no podía sino escandalizar a los inquisidores (que no cumplieron, en este caso, con sus amenazas incendiarias). Así describe Matilde el encuentro del alma con Dios: "Entonces la muy amada va hacia el Muy Hermoso, en las habitaciones ocultas de la invisible Divinidad. Allí encuentra el lecho y el placer del amor, y a Dios, que la espera más allá de lo humano. Y Nuestro Señor le dice:/ -Quedaos, Dama Alma. -¿Qué ordenáis, Señor?/ -Que os desnudéis. -Oh, Señor, ¿qué me sucederá?/ -Hasta tal punto, Dama Alma, os haré parte de mi naturaleza, que nada de nada subsistirá entre vos y yo. [...] pero esto no puede durar mucho tiempo,/ pues cuando dos amantes se unen en secreto, / deberán a menudo separarse sin siquiera despedirse".
Los escritos más sorprendentes, por su calidad literaria, son los de Hadewijch de Amberes (nacida hacia el 1200), considerada una de las madres de la poesía lírica neerlandesa. En su poema estrófico V, por ejemplo, en el que describe la relación con Dios como la aventura arriesgada del alma ("el corazón noble") que se somete a los caprichos del Amor ("Tan pronto ardiente, tan pronto frío,/ tan pronto tímido, tan pronto audaz"), el impulso lírico es tan notable como el ritmo poético que han sabido rescatar las sucesivas traducciones. En su poema XVI describe el estado dividido entre la eternidad y el tiempo, en privación de Dios, como un infierno ( gehena ): "Verse devorado, engullido / en su esencia abismal,/ hundirse sin cesar en el ardor y el frío, / en la profunda y elevada tiniebla del amor:/ esto supera los tormentos del gehena". "La divinidad -escribe en una de sus cartas- es terrible e implacable, que devora y consume sin piedad. Encerrada en el lecho de un pequeño arroyo, el alma, inundada, desborda y rompe de repente sus diques. Así la Divinidad ha absorbido en ella toda la Humanidad".
Cierran esta antología algunos fragmentos de El espejo de las almas simples anonadadas , obra que cayó en la hoguera de la Inquisición cuatro años antes que su autora, Margarita Porete, quemada viva como hereje en la plaza pública, en 1310. En sus diálogos alegóricos, el abandono del alma en Dios es expresado en términos marcadamente negativos: el alma debe "aniquilar" su voluntad y sus deseos, y llegar al estado de "ciega vida anonadada", para trascender su "ser creado" y retornar al "ser increado" primigenio, en su unión con Dios. Amor mortífero, diríamos hoy, que es la faceta oscura del amor exaltado y de una plenitud que estas místicas buscan describir a tiento, afirmando que es indescriptible.
El lector especializado cuenta con el rico material crítico que complementa esta antología, que puede interesar también a los psicoanalistas, no sólo por las variantes del "delirio" místico que pueden rastrearse en las biografías (donde se alude a otras manifestaciones de la experiencia extática), sino porque estas místicas parecen decir algo -todo no puede decirse- de una experiencia de goce, entre líneas. Señalemos que Lacan cita, en este sentido, a Hadewijch de Amberes, en el capítulo VI de Aún (Libro XX de su Seminario ), donde también se refiere a San Juan de la Cruz. Pero no hace falta pertenecer a las categorías de lectores antedichas para apreciar estos escritos. Todo lector abierto, sin prejuicios, que sepa acercarse con la misma curiosidad a una novela recién publicada, a una novela de Sade, a la poesía contemporánea o a los textos sagrados, podrá apreciar quizás, al sumergirse en esta antología, la extraña actualidad que surge, por momentos, de un discurso inactual.




