
La invención de la pintura
Desde la Antigüedad muchas mujeres olvidadas durante siglos, fueron artistas sabias y diestras
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Cayo Plinio Segundo, llamado Plinio el Viejo (hacia 23-79 d. C.), escritor y erudito latino, es autor de una obra célebre: Historia Natural, dividida en treinta y siete libros, de carácter enciclopédico, verdadera compilación del saber de su tiempo. Los temas pasan por la geografía, los países y los pueblos, las plantas, los animales y los minerales, los monumentos importantes, los personajes famosos y los artistas. En realidad, más que indagaciones científicas, los libros recogen tradiciones populares, entre ellas, la "invención de la pintura".
El historiador, que murió entre el 24 y el 25 de agosto del 79 d. C., cerca de Pompeya, durante la erupción del Vesubio, en el Libro XXXV, atribuye la "invención de la pintura" a la joven hija de Butades Sicyonius, alfarero de Corinto. La muchacha, enamorada de un joven que se alejaba de la ciudad, con un trozo de arcilla seca trazó sobre la pared, a la luz de una vela, los contornos del perfil del hombre (su sombra).
En su libro, Plinio nombra a seis mujeres artistas del mundo clásico, sin aportar datos sobre sus vidas y sus obras. Tres son pintoras griegas que vivieron antes de su época: Timarte, Aristarete y Olympia; las restantes -Calypso, Helena de Egipto y Iaia de Kyzikos, son helenísticas, dos de ellas hijas de pintores. Es poco lo que puede mencionarse con alguna certeza de la situación de la creatividad femenina antes de la Edad Media, aunque se conozcan, por distintas fuentes, otros nombres.
El primer ejemplo medieval documentado de un ciclo de miniaturas realizado por manos femeninas se encuentra en España. En los manuscritos del denominado códice del Beato del Apocalipsis, de la Catedral de Gerona (terminado en 975), que puede considerarse una obra maestra, aparece el nombre de la monja Ende, "pintora y sierva de Dios".
También se identificó una a una miniaturista del siglo XII, que firmó sus trabajos como Guda, y agregó a su nombre la frase "mujer pecadora, escribió y pintó este libro". Con estos y otros ejemplos se desvanece la convicción de que las tempranas iluminaciones de manuscritos sólo habían sido realizadas por monjes, aunque nunca se sabrá el verdadero alcance de la labor femenina.
Una abadesa visionaria
El caso más notable es el de Hildegarda de Bingen (1098-1179), una abadesa alemana que desarrolló una intensa labor religiosa, científica y artística. En su larga vida fundó dos monasterios y mantuvo correspondencia con reyes, emperadores y papas. Escribió varios libros, algunos de ellos enciclopédicos, entre los que estaban dos tratados sobre ciencia y medicina. Se sabe que experimentó visiones místicas, las que relató y representó en miniaturas en varias de sus obras. En algunos de sus textos reflexionó sobre la situación de la mujer de su época; en esta vía escribió: "Cuando Adán contempló a Eva, estaba totalmente lleno de sabiduría, porque contemplaba a la madre con la que engendraría a sus hijos".
El libro visionario de Hildegarda, conocido como Scivias (Cómo conocer los caminos del Señor), realizado entre 1142 y 1152, es el trabajo más notable ejecutado por una mujer en el Occidente medieval. La obra está integrada por treinta y cinco visiones que ilustran el camino de la salvación. Se lo considera -junto con el Beato del Apocalipsis- como uno de los manuscritos que iniciaron, con formas y colores, la representación de imágenes sobrenaturales. En sus páginas aparecen figuradas, con un dibujo un tanto ingenuo, la Iglesia en forma humana -o como una ciudad-, los ángeles caídos, el Anticristo, las batallas de las Virtudes con los Vicios. La mujer aparece como Eva, María y la Madre Iglesia. En una de las iluminaciones se muestra a sí misma junto con el monje Volmaro (su colaborador), en el monasterio de Bingen. En esta imagen, sobre la cabeza de la religiosa desciende desde el cielo un destello luminoso que traspasa sus ojos; con una tablilla en sus manos, Hildegarda se prepara para describir su visión mística.
Todas las imágenes de sus libros son de colores saturados; poseen zonas luminosas y zonas oscuras; según Régine Pernoud, la abadesa utilizó figuras circulares para la divinidad y la creación, rectangulares para lo ordenado y estructurado.
Hildegarda no fue la única mujer dedicada al arte y, quizá, a la vida espiritual. Hacia 1200 Clarisa -nada más se conoce de ella- se representó en un salterio, como parte de la "Q" inicial del Salmo 51. En 1380, al quedar viuda, la escritora Christine de Pisan (1364-1430) comenzó trabajar como copista e ilustradora para mantener a su familia. Durero (1471-1528), según su propio relato, adquirió un cuadro de Susana Horenbout, "sorprendido de que una mujer pudiera hacer tales cosas". Por supuesto, hay otros documentos que hablan de la actividad femenina en las artes.
En 1568, en la segunda edición de su Vidas de los más excelentes Pintores, Escultores y Arquitectos -obra inaugural de la Historia del arte- Giorgio Vasari (1511-1574) incluyó, junto con las pintoras citadas por Plinio, a sus continuadoras renacentistas. Sin duda intentaba demostrar que en Italia, como rebrote de la antigüedad clásica, también había mujeres diestras en el arte del dibujo y la pintura.
La leyenda del "nacimiento de la pintura" recogida por Plinio es con toda evidencia falsa, pero fueron muchas las mujeres que se dedicaron a las artes a través de los siglos. Griselda Pollock, crítica e historiadora, profesora de la Universidad de Leeds, Inglaterra, una de las principales estudiosas de la actuación de las mujeres en el mundo del arte, asegura que éstas fueron expulsadas de la historia en el siglo XX. En el libro Las viejas maestras, que Pollock escribió en colaboración con Rossika Parker, se analizan documentos fidedignos que describen la actividad de no pocas mujeres artistas, en particular activas desde el Renacimiento, ignoradas por las historias del arte más prestigiosas.





