
La investigación genética ¿cambiará o no el orden natural?
Jordana Blejmar Carrera: Letras, UBA
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Nunca como ahora las inteligentes y proféticas palabras de Francis Bacon (1561-1626), “la ciencia es poder” , tuvieron más sentido. Desde que la ciencia se ha vuelto el saber hegemónico por excelencia, reemplazando a lo que en otros tiempos fue la autoridad religiosa, política o familiar, la confianza que ha suscitado la ha cubierto de una especie de aureola que impide que se configuren discursos críticos a su actividad. Se la ha querido desligar de responsabilidades sosteniendo que las consecuencias negativas que sus descubrimientos puedan acarrear se deben al mal uso de las teorías científicas y no a características intrinsicas de las mismas. El filósofo Enrique Mari llama a esta concepción “ciencia martillo”. Como un martillo que puede utilizarse tanto para romper un cráneo como para colgar un cuadro, la ciencia es una herramienta que puede ser usada para beneficio o daño de la humanidad. Sólo por dar un ejemplo, la clonación, se ha dicho, permitiría curar enfermedades como el cáncer, el mal de Parkinson o la diabetes, pero también podría ser utilizada para crear miles de seres idénticos a Hitler. Subyace bajo esta afirmación la concepción errónea de la ciencia como una empresa cuya división del trabajo generaría tres campos independientes los unos de los otros: la ciencia pura, la ciencia aplicada, y la tecnología. Mientras la primera sólo buscaría el conocimiento teórico - el “saber por el saber mismo”-, las otras dos se limitarían a utilizar éste último en un momento posterior.
Sin embargo, ya lo ha escrito Mario Heler en su libro Ciencia y Etica: la responsabilidad del martillo, ésta ha triunfado por sobre otros saberes principalmente por su carácter de ser un saber práctico. Su utilidad es parte misma de su constitución y por eso los descubrimientos científicos están indisolublemente ligados a su aplicación. También lo entendía así el propio Einstein, quien a pesar de ser un pacifista a ultranza, y de haber descubierto la fórmula que permitiría la creación de la bomba atómica sin saberlo, escribió en 1939 una carta al entonces presidente de Estados Unidos, Roosevelt, disculpándose de los posibles daños que producirían sus investigaciones a la humanidad.
Asimismo, la ciencia, como cualquier empresa, necesita de financiamiento para subsistir, que le viene dado a su vez por otras empresas. Esta relación de dependencia le exige obtener ciertos resultados que respondan a los intereses de la misma, relativizando la objetividad e imparcialidad de los descubrimientos. Teniendo en cuenta estas relaciones entre la ciencia y las demás esferas de la praxis social, se hace difícil confiar plenamente en que los avances en la genética serán utilizados sólo en casos de beneficio para la humanidad.
A la pregunta entonces de si la genética modificará o no el orden natural, le antecede esta otra: ¿Quiénes son los encargados de decidir cómo, cuándo y con qué objetivos se podrán usar las técnicas de manipulación genética?; dicho en otros términos: ¿a quién pertenece nuestro cuerpo?
Las respuestas son varias y dependen del contexto histórico en que se inscriba la pregunta. En el Medioevo, por ejemplo, no cabría duda de la contestación: Dios. Aunque existen casos en los que la medicina moderna ha respetado a las creencias religiosas, poniéndolas por sobre las suyas propias, no es esa la convicción con más adherentes en la sociedad secularizada en la que vivimos.
Para responder a la pregunta antes formulada teniendo en cuenta nuestro contexto, primero es necesario hacer un breve repaso histórico por los comienzos de la medicina moderna.
Orígenes de la ciencia moderna
Desde la Segunda Guerra Mundial, nos dice el filósofo Michel Foucault, el cuerpo del individuo es uno de los objetivos principales de la intervención del Estado. Concretamente, desde que en 1942 se aprobó el Plan Beveridge (que dictaminaba la obligación del Estado de hacerse cargo de la salud), surge un nuevo concepto de medicina. Ésta deja de ser una actividad clínica para pasar a ser, esencialmente, social. Esta importante transformación implica la introducción de la medicina a la política y a la economía de la que resulta un nuevo campo de acción: la biopolítica . En palabras de Giorgio Agamben, uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos que ha continuado la labor de Foucault, esta es “la creciente implicación de la vida natural del hombre en los mecanismos y los cálculos del poder”. El cuerpo del individuo no sólo es el objetivo de la intervención estatal sino, tal vez en mayor medida, el campo de acción del mismo.
Si en la modernidad el Estado se proponía el trabajo sobre las conciencias y la introducción del individuo al sistema a través de la escuela o el ejército, a partir de la segunda guerra el Estado opera principalmente sobre los cuerpos. Es allí donde imprime su poder y subordina los intereses del individuo por debajo de los suyos propios.
En realidad, el proceso por el cual la política se convierte en biopolítica comienza unos años antes de la Segunda Guerra, cuando en los ’30 se dictan en Alemania leyes nazis relacionadas con la eugenesia, que forzaban a ciertos individuos a tener hijos, y a otros a ser esterilizados. Entre 1939 y 1941 el programa de eutanasia de Hitler mató a 60.000 personas, y ya son harto conocidos los experimentos que el médico nazi Joseph Mengele realizaba sobre los cuerpos de los judíos.
Desde entonces “médico y soberano parecen intercambiar papeles”, escribe Agamben. El Estado aparece así como controlador de la herencia genética de todo un pueblo. Desde esta perspectiva, la vida sólo es vida politizada, o en otras palabras, sujeta al Estado. Este dispone del cuerpo de los individuos para convertirlo en mano de obra o en lugar de experimentación. La posibilidad de crear en un futuro seres idénticos genéticamente (cuya concreción es más posible desde la creación del primer embrión humano artificial), sería la realización de la utopía estatal, donde el Estado tiene la posibilidad de crear, según y en la cantidad que le convenga, nuevos sujetos para beneficio propio.
¿Quién maneja el timón del barco hoy?
Sea la autoridad teológica o el Estado, una cosa parece ser cierta: el cuerpo ha sido objeto de lucha y campo de batalla en la obtención del poder en la política de diferentes tiempos y lugares. En la actualidad, sin embargo, ni las instituciones religiosas tienen tanta injerencia como para influir en el grueso de la población mundial, ni el Estado (en la era globalizada) es lo que solía ser en sus comienzos. Urge entonces preguntarse, ¿quién ocupa ese papel en los tiempos que corren?.
Hace unos años, cuando la ciencia dio a conocer al mundo el primer animal creado a partir de la técnica de la clonación, la oveja Dolly, se generó en el campo de la filosofía de la ciencia en nuestro país un arduo debate entre diferentes especialistas en bioética sobre el tema. Florencia Luna, por ejemplo, llamaba la atención acerca de la necesidad de regular la actividad en cuanto que “no todo lo que se puede hacer se debe hacer”. Exigía que se desarrolle en los científicos un nuevo tipo de humildad que los obligue a prever las consecuencias negativas de cada proyecto y a partir de ahí decidir en cada caso como controlarlo. También desde esta perspectiva, Heler afirmaba que “la idea de autonomía refiere a la de responsabilidad”, indicando así que en la toma de decisiones se deben considerar los aspectos éticos comprometidos en cada caso.
El problema con este imperativo es el riesgo de creer en una idea ingenua. Se debe tener en cuenta que en el caso de la clonación, por ejemplo, muchas veces se ha insistido en lo sencillo del procedimiento, tanto que hasta es posible hacerlo en el sótano de un edificio. Por eso, confiar en que los científicos y quienes estén encargados de las investigaciones serán responsables y actuaran sin negligencia es dejar al azar un tema tan delicado como el de la subsistencia de la propia vida.
Por su parte, Gregorio Klimovsky afirmaba en un artículo de opinión que “en estas técnicas (de clonación) no hay nada intrínsicamente bueno ni intrísicamente malo” , y afirmaba su aceptación de las mismas si se diese el caso de la necesidad de crear más seres humanos, por ejemplo en el caso de una peste. En oposición a estas afirmaciones, Enrique Mari, mucho más radical sostenía que “reemplazar a criaturas (e incluso vegetales) por formas inventadas por los seres humanos a su voluntad puede implicar el colapso del sistema ecológico que constituye nuestro nicho”.
Más allá de las discusiones que, como esta, aportan diferentes perspectivas del problema, las decisiones en el campo de la genética no las toman los filósofos de las ciencias, sino los propios científicos, gobernadores - recordemos sino el decreto que Clinton aprobó cuando era presidente de los Estados Unidos prohibiendo la manipulación genética- y los empresarios que financian las investigaciones (Heler había llamado a la ciencia moderna la “primer empresa global de la modernidad” ). Por eso, la responsabilidad es compartida y, en cuanto decidores, son todos ellos los que deben aceptar los éxitos como responder por los daños que sus descubrimientos puedan causar.
La investigación genética ya modificó el orden natural en animales y vegetales. Sólo es cuestión de tiempo el que lo haga también con nuestra especie. Ante esta realidad sería lícito preguntar ¿hacia qué dirección va?,y también, ¿resulta útil “perder el tiempo” en discusiones estériles mientras como un gran Leviatán o un moderno Frankestein, la ciencia avanza con una rapidez atroz que amenaza con destruir a sus progenitores?
Una propuesta
Frente a este panorama sólo resta proponer y escuchar propuestas. Dado que como se dijo anteriormente no se puede sostener la neutralidad ni de la ciencia como institución, ni de la parte del Estado o las empresas que están involucradas en la toma de decisiones relativas a la genética y a la clonación, una posible solución sería la creación de una asamblea interdisciplinaria que además incorporara a gente que no necesariamente trabaje en el campo científico. Al respecto, el pensador francés Pierre Thuillier sostenía que la responsabilidad de la ciencia no puede quedar en manos de los expertos exclusivamente, dado que compete a la comunidad toda.
Si ante la presunción de un delito interviene la justicia debatida con ciudadanos comunes, por qué no repartir las responsabilidades entre todos también en este ámbito. La duda es un valor del universo científico. Es decir, si alguna particularidad sobresale de ese saber en relación a otros es la de su capacidad de autocrítica y corrección. Por qué no, entonces, aplicar ese mismo criterio a los que están involucrados con las investigaciones científicas y confiar en el poder de decisión de aquellos que no han estudiado académicamente los descubrimientos, pero son quienes quizás en mayor medida, se ven afectados.(*)
(*)Quisiera agregar unas palabras de agradecimiento a Literatura del siglo XX (cátedra Link) de Letras (UBA), cuya cursada me sugirió algunos datos y contribuyó a la argumentación del artículo. También muy especialmente a tres profesores del Colegio Paideia que, de forma directa o indirecta, están presentes en la nota. Ellos son Anibal Jarkowski, Jorge Warley y Javier Trímboli.




