La lengua paradójica

La palabra analítica, de Maurice Blanchot, examina la relación paciente/analista y la confianza de Sigmund Freud en el diálogo entre ellos
Ariel Pennisi
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15 de marzo de 2013  

Este texto fue preparado para los estudiantes de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en una completa versión bilingüe (con su muy buena traducción, notas y epílogo), habilitando así el intenso pasaje del aula al libro que tantas veces las currículas universitarias obturan con su esquematismo. El libro mismo parece ofrecerse como palabra analítica y territorio de una aventura del pensamiento. Maurice Blanchot se sorprende ante lo evidente, es decir, la confianza de Freud en el diálogo, en "la relación más simple: una persona que habla y otra que escucha". Pero, justamente, la sorpresa en lo evidente es el lugar de un pensamiento.

Lo evidente es la presencia y el pensamiento es la intuición de una ausencia irreductible (en la medida en que el analista se corre de la escena), intuición que mejor desarrollada descubre en el par presencia-ausencia como operación simultánea la intervención propiamente analítica: la instauración de un Otro. El peligro de ese Otro es el poder que hace circular cuando se vuelve mera jerarquía; su potencia pasa por el deslizamiento que habilita, el descentramiento que contamina con su vértigo el más mínimo intento de convencionalismo. ¿Será la palabra analítica ese "movimiento de una palabra diferente" capaz de sobreponerse a la negación de la magia, por un lado, y a la desconfianza en la razón, por otro?

El paciente y el psicoanalista afrontanla falla, o sea lo que no habla pero hace hablar. La comodidad de un diván en extremo codificado reconduce lo problemático al sentido común. Sólo una captura lo suficientemente jocosa -¿por qué no artística?- permitiría hacer una experiencia de las fuerzas informes, es decir, en algún punto, de lo abierto o, como le gusta a Blanchot, del afuera, sin cerrar o apresar la deriva bajo la seguridad de un aparato interpretativo que no deja de aplicarse como si se tratara de un manual de procedimientos policiales. Ya reclamaba Barthes, ante el fascismo del Código, la lengua como don, la literatura como "trampas a la lengua".

¿Es la palabra analítica del orden de la comunidad? Si el contrato se basa en el presupuesto de la existencia acabada de individuos aislados, entonces la comunidad se compone de singularidades expuestas que organizan la experiencia como éxtasis, es decir, no como remisión de un individuo a su interioridad, sino como puntos de experiencia que llaman a habitar la plena exposición ante un otro. Aun habiendo contrato, el análisis sustentaría su fuerza en su contacto con lo intrasmisible, en su capacidad de bordear lo imposible de una relación que, como dice Blanchot en otra parte, hace comunidad sólo paradójicamente. La creencia en el diálogo como "palabra diferente" es la confianza de la continuidad de sí en la discontinuidad del otro, como si en lugar de tratarse de dos conciencias separadas, se creara una atmósfera, un continuum sensible disponible a la apropiación fabulada del analista y su paciente. Entonces, la palabra analítica se parece más al jazz -ritmo e improvisación- que a un diálogo socrático. Pero si Freud algo arrastra de la tradición socrática, la palabra analítica aparece como una apuesta que desborda el psicoanálisis y se abre también a otras instancias de la vida, a otras formas de relación con lo imposible, en tanto eso imposible es el sentido. La comunidad inconfesable (título también de otro libro de Maurice Blanchot) no es contractual, sino extática, es un régimen de exposición más que un acuerdo razonable. Ahora bien, la palabra analítica pertenece a la constelación conceptual de Blanchot (que aquí suplementa a Freud) dado que nombra tanto el desvanecimiento del yo como la comunión en un afuera que cura porque no pertenece a nadie y está disponible para cualquiera. Dimensión política del análisis: fin de las jerarquías.

Si la cinefilia taquillera, la devoción por las series televisivas y los noticieros cotidianos tienden a reforzar el valor de las buenas historias individuales o de los melodramas personales, la palabra analítica podría resultar la trampa justa, la sustracción al psicoanálisis reducido a una reproducción cultural semejante. Escribe Marcelo Percia en el epílogo: "No importa una historia personal como colección de hechos, sino como deshechos o restos sueltos. Aferrarse a un conflicto es un modo de aunarse a una identidad. Se habla en análisis para soltarse de lo conocido, para ir más allá de sí".

Ni buena historia, ni conclusión (¿ happy end psicoanalítico?), sino una perseverancia en lo inacabado, una lengua forjada al calor de lo indecible, una escucha que no descifra, sino que acoge lo múltiple que atraviesa a ese pastiche subjetivo que es el paciente y no interviene menos sobre el propio analista. Su ética no pasa tanto por cómo interviene sino por cómo se deja intervenir.

  • La palabra analítica

    Maurice blanchot

    La Cebra

    Trad.: Noelia Billi

    72 páginas

    $ 52
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