La literatura inconfundible de un creador

Ford ha convertido en tema central de su obra la imposible redención de una América que destruyó lo mejor de su propio sueño por mezquindad
Armando Capalbo
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15 de febrero de 2013  

Creador de una literatura inconfundible que convierte en tema la imposible redención de una América que por mezquindad destruyó lo mejor de su propio sueño, Richard Ford nació en Jackson, Misisipi, en 1944. Debido a la precaria salud de su padre, pasó una infancia itinerante entre su ciudad natal y la de Little Rock, Arkansas, donde su abuelo boxeador regenteaba un antiguo e inmenso hotel. Después de estudiar en la Universidad de Michigan y de casarse muy joven con Kristina Hensley, padeció una extraña dislexia por la cual se acercó a la lectura reflexiva y a la escritura creativa, tanto que completó una maestría sobre la especialidad en la Universidad de California. Penduló también entre el periodismo deportivo (en el New York Magazine Inside Sports) y la literatura, para finalmente convertirse en uno de los más grandes narradores de su generación y de la segunda mitad del siglo XX, consagración que obtuvo con la trilogía novelística El periodista deportivo (1986), El Día de la Independencia (1995) y Acción de gracias (2006), proezas literarias sobre la derrota de los ideales y la árida consumación de un vacío social y humano. Editor de varias de las célebres antologías de cuentos de la revista Granta, ha sido distinguido con los premios Pulitzer, PEN/ Faulkner y PEN/ Malamud.

Sin abstracciones y en el espacio luminoso de la experiencia, la novela iniciática se destaca en la prosa de Ford con Un trozo de mi corazón (1976), La última oportunidad (1981) e Incendios (1990), textos pletóricos de significados extraídos de una visión sombría de la realidad, pero con territorios emocionales que muchas veces logran conmover al lector sin que el punto de vista jamás incurra en el sentimentalismo. Inicialmente cerca del dirty realism de su gran amigo Carver, la temática de la depredación social y la supervivencia es un horizonte feroz en la narrativa breve de Ford, siempre a partir de la cosmovisión desencantada de un mundo corroído de ambición banal y falta de expectativas: Rock Springs (1987), De mujeres con hombres (1997) y Pecados sin cuento (2002). Aprendizaje y desazón se dan la mano, como en la gran tradición que delinearon Updike, Bellow, Cheever, Roth y Mailer. Pero es la angustia áspera y lánguida de un Carver o de un Tobias Wolff la que triunfa en el sigilo ominoso de sus cuentos.

En El periodista deportivo, novela en la que la alienación contemporánea modula un laberinto diurno y nocturno asolado por la cotidianidad y el hastío, comenzó su personal estilo. Desde entonces, entre el testimonio mordaz y la crónica realista, el narrador de Ford se permite introspecciones y subjetividades. Así, la violencia, el azar, la crueldad del mundo cobran víctimas sociales, pero el relato deja en pie una crispada voz de rebeldía y hasta de vitalismo. Aunque a menudo se yergue la América Profunda en toda su devastadora incomprensión, el espacio humano de la narrativa de Ford es, en gran medida, un mundo privado de seres solitarios que viajan anímicamente hacia la frontera de sus posibilidades materiales, hacia una región onírica, como si el texto ensayase una oculta poesía lírica, casi un jardín secreto, bajo los trazos tensos e impiadosos del realismo sucio.

La gran lectura crítica de su país (por ejemplo, la de Alfred Kazin) y sus propios colegas (incluso Carver) señalaron en la prosa de Ford la obsesión por representar en forma cáustica e implacable un mapa humano de la arbitrariedad y el desconcierto de su tiempo, integrando un linaje de próceres como Hemingway o Steinbeck. En clave propia, Ford desnuda la opacidad del mercantilismo y la futilidad de las ambiciones, plasmando una ardua tensión entre lo perenne y lo iniciático, duplicidad reveladora y libertaria.

Transitando su espléndida madurez, Ford ha recrudecido su capacidad reflexiva, como se observa en su última novela, Canada. Se dedica a enfatizar las potencialidades de un lenguaje de la ausencia y a vislumbrar los designios de la identidad, sin descuidar un ápice su ácido análisis del vínculo entre individuo y sociedad o entre familia y comunidad. Hoy, en un sutil equilibrio de intensidades y melancolías, Ford se atreve a un deslumbramiento sobre la vida, aun en su condición precaria y abismal.

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