La lucha de un esteta contra el tiempo

Con sus libros sobre literatura, arte y decoración, Mario Praz, el gran crítico italiano, moldeó el gusto del siglo XX. Su casa romana, hoy un museo, alberga dos mil objetos que reflejan el yo devorador y fascinante de un fetichista ebrio de belleza
Con sus libros sobre literatura, arte y decoración, Mario Praz, el gran crítico italiano, moldeó el gusto del siglo XX. Su casa romana, hoy un museo, alberga dos mil objetos que reflejan el yo devorador y fascinante de un fetichista ebrio de belleza
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30 de enero de 2002  

Ningún escritor del siglo XX dejó en Roma una impronta estética tan personal y duradera como Mario Praz, crítico, ensayista, profesor y excepcional coleccionista de arte. Personal a tal punto que su colección de arte neoclásico se halla escrupulosamente exhibida en su casa, que es hoy el museo que lleva su nombre, como una forma de burlar a la muerte. Duradera, porque su obra sigue vigente y despertando polémicas.

Praz nació en Roma en 1896, pero siendo muy pequeño, tras la muerte de su padre, debió trasladarse a Florencia, donde siguió sus estudios secundarios. De Florencia, ciudad en que su madre contrajo nuevas nupcias, guardaba recuerdos desagradables: su familia sufría estrecheces económicas y vivía en el entonces degradado barrio de San Frediano. Pero sobre todo, fue la inestable relación del joven con su padrastro lo que lo obligó a mudarse a Bolonia y luego a Roma, donde completó sus estudios de Derecho y, años más tarde, de Letras, con una tesis sobre Gabriele D´Annunzio.

Cuando estalló la Gran Guerra, Praz se encontraba de regreso en Roma. El muchacho fue eximido de ir al frente por un defecto físico en sus piernas. En esa época nació su pasión irrefrenable por los objetos. Sus paseos por la ciudad tenían como metas los anticuarios y las librerías de viejos. El primer libro que compró fue Historia de Roma medieva l, de Gregorovius y un librito de Oscar Wilde, Pen, Pencil and Poison , con el que comenzaría a estudiar el inglés.

En Roma alquiló una habitación paupérrima, llena de piojos, pero con vista a Piazza Navona. Desde allí su caminata predilecta lo llevaba a la nobilísima Via Giulia, a la que se asoman algunos de los palacios más hermosos del Renacimiento romano. Uno en particular llamaba su atención y frente a él se detenía durante horas: el palazzo Ricci, donde años más tarde establecería su nueva residencia.

La sombra satánica de Sade

En 1923 Praz obtuvo una beca para continuar sus estudios en Inglaterra, país en el que permanecería por diez años, como profesor de italiano en la Universidad de Liverpool y de Manchester. Los años ingleses signaron el recorrido de su carrera meteórica: en Londres entró en contacto con Romain Rolland, Charles Du Bos, Harold Nicholson y Mrs. Middleton, quien lo introdujo en los círculos literarios de la época.

En 1930 publicó el libro que lo haría famoso y que despertaría incluso el interés de Thomas Stearns Eliot, que además facilitaría su traducción al inglés: La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. Este maravilloso ensayo (que acaba de reaparecer en algunas librerías porteñas) ha resistido al tiempo. En él, el crítico italiano traza una línea que une la exaltación pornográfica del homo sexualis en Sade (según sus palabras: la "fase infantil y mítica de la perversión en la literatura"), hasta el sensualismo de D´Annunzio. Todo bajo una misma etiqueta de romanticismo, concebido en sus más diferentes acepciones. Praz no le temió nunca a las asociaciones discordantes ni a las comparaciones audaces. Sin conocer todavía las últimas teorías de Freud sobre el inconsciente, analizó las pulsiones eróticas de la belleza tórrida, de la felicidad tempestuosa y de la hermosura corrupta de muerte en Shelley y Baudelaire; se detuvo en los héroes satánicos de Byron y Eugéne Sue; abordó los efluvios sádicos en las novelas inglesas de terror, pero también en Flaubert y Lautréamont; estudió la evolución de la femme fatale , desde Natasha Filipovna en Dostoievski hasta el Poema Paradisíaco de D´Annunzio. Finalmente, desmenuzó el sentido de las perversiones del siglo XIX tardío, desde los cuadros de Moreau, que ilustran la belleza diabólica, hasta el crepúsculo bizantino en Salomé , de Oscar Wilde.

La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica marcó su regreso a Italia, en 1934, para ocupar la cátedra de literatura inglesa en la Universidad La Sapienza de Roma. Se instaló en el palazzo Ricci, gracias a un contrato de alquiler que obtuvo del conde Ricci, y se dedicó a formar su colección. A lo largo de treinta y cuatro años publicó diversos estudios académicos que ahondan en las recíprocas influencias entre las literaturas de sus dos "patrias", con particular interés analizó la obra de Giambattista Marino y los metafísicos ingleses. En 1967, revisó y actualizó su Historia de la literatura inglesa (Losada la publicó en la Argentina). Los capítulos dedicados al conceptismo, al héroe victoriano y a la era de la anxiety (Praz tradujo al italiano The Waste Land de T. S. Eliot) son sin lugar a dudas uno de sus mayores aciertos críticos.

Decorar para conocerse

Los datos que tenemos de la vida de Praz provienen de un extraño libro que se publicó póstumo, en 1984, La casa della vita , una suerte de autobiografía, centrada en la historia de cómo lentamente formó su admirable colección. El libro confundió no sólo a los coleccionistas (que sumergiéndose en el relato desordenado de la adquisición de los muebles, se esforzaban muchas veces en vano por recomponer una cronología veraz) sino también a sus propios amigos, que lo acusaron de ser un fetichista egoísta, incapaz de desprenderse de los objetos.

Por cierto, su caprichoso modo de narrar sorprende. En ningún momento logra concentrarse por completo en la acción sin abandonarse al comentario utilitario y autocomplaciente de cómo forjó su colección o afianzó su indeclinable vocación. Así, en uno de los capítulos en que describe el salón, Praz da lugar a la enésima digresión y confiesa: "El primer cuerpo de mujer que estrecharon mis brazos fue el de una joven y carnosa empleada doméstica, cuyo perfume, como el de las magnolias, me mareaba. Se llamaba Cesira. En esa casa, presa de la pasión, comencé a tener mis primeras pretensiones de decorador de interiores".

En 1933 se casó con Vyvian Eyles, escocesa de origen italiano a quien había conocido en la Universidad de Manchester. De su matrimonio nacería Lucía, a quien le dedicaría una de las más bellas habitaciones de su casa. El matrimonio se rompió en 1944. Vyvian regresó a Inglaterra y se llevó consigo a Lucía. La distancia alimentó en Praz el deseo de formar una verdadera colección infantil para la niña. Siempre en su texto autobiográfico, narra con qué excitación regresaba a Inglaterra llevando consigo piezas únicas para regalarle a su hijita. De Vyvien, no sin ironía, escribió: "Un día, como la Vivien de la leyenda de Merlín, se irguió rígida como una helada víbora".

La casa della vita no hace sino subrayar la asociación entre autoindagación psicológica y formación del gusto individual que había caracterizado su menos voluminoso La filosofia dell´arredamento (La filosofía de la decoración, 1945) en que, a la manera de los antiguos tratados del comportamiento cortesano, Praz establece las máximas y normas que rigen el vivir cotidiano del uomo di classe .

La decoración de la casa que habitamos es simplemente un acto de vida, una afirmación de nuestra voluntad de existir y de la propia individualidad. "La casa -escribe- es una proyección del yo y la decoración, una forma indirecta del culto de sí mismo. La casa es una expresión del cuerpo en que cada ambiente resulta un archivo de las experiencias humanas. Cada habitación es una caja de resonancia del alma individual, cuyas cuerdas revelan su auténtica vibración."

Pero, lejos de una autocelebración del superhombre, Praz razonaba sobre la pasión angustiosa del coleccionista: "El coleccionismo es una degeneración de la necesidad de proyectar a nuestro alrededor una determinada atmósfera". No es justo condenar -sostenía- a quien intenta de ese modo salvarse de la naturaleza y del tiempo que todo lo fagocitan, sobre todo "porque la hipersensibilidad nerviosa y la pasión por los muebles son fenómenos conexos".

La colección

La colección de Praz fue adquirida íntegramente por el Estado italiano, que en 1995 inauguró la Casa-museo en el tercer piso del palazzo Primoli, a orillas del Tíber y a pocos metros del Puente Umberto I. El crítico había dejado expresas instrucciones acerca del destino de su colección poco antes de su muerte, en 1982.

La casa es, a decir verdad, bastante estrecha, al menos para contener los más de dos mil objetos y muebles que componen su decoración integral. Para quien entra por primera vez, la visión de conjunto puede llegar a ser desalentadora: una especie de horror vacui contrasta con los motivos y los paisajes conciliadores del arte neoclásico y del estilo Imperio que dominan en su colección.

La habitación de Lucía es quizás la más encantadora de toda la casa, pues su decoración ha sido el fruto de una escrupulosa y delicada elección de cada detalle: el pequeño lecho con baldaquino, los bellos muebles Biedermeier, de Berlín, el cuadrito titulado Lamento por el perrito muerto y la pequeña colección de juguetes y muñecas antiguas. Lucía nunca vivió en esa casa, de ahí que dicha habitación invite a una dulce melancolía y -como escribió un crítico- sea "una especie de homenaje a la niña ausente".

Al salir del museo, la sensación es de una extrañeza profunda. Porque, si bien es verdad que la colección -compuesta en resumen por muebles franceses, ingleses y alemanes neoclásicos, Imperio y Restauración- contrasta con el barroco romano que domina a pocos pasos, en Piazza Navona, no es menos cierto que toda la casa tiene guiños monstruosos y anómalos, en los que uno puede ver que, tras la aparencia de un sosiego recuperado, brilla la inteligencia sarcástica y superadora del famoso coleccionista. Cuando los críticos lo acusaban de ser elusivo y digresivo, Praz contestaba: "Yo me reconozco en aquellas inteligencias imperfectas, que poseen facultades más bien sugestivas y no comprensivas, que están hechas de fragmentos y recortes de una Verdad".

Contra la violencia estética

De la misma manera que admiraba Inglaterra, Praz detestaba los Estados Unidos. Llegó a escribir que una de las mayores contradicciones del siglo era profesar amor por Nueva York. Amarla es una antítesis, porque "el amor -afirma- es permanencia y Nueva York es un ejemplo de violencia estética, de destrucción y de metamorfosis continua, de ausencia de raíces".

Pero si bien, en el fondo, se lo puede acusar de haber caído en un lugar común (París, Londres y Roma definen el triángulo perfecto de todo espíritu que se precie de ser auténticamente aristocrático), es cierto que la conclusión de su libro Il mondo che ho visto , depara una sorpresa inesperada: "El viaje a Sicilia es el único viaje perfecto", afirma, aseveración que recuerda la famosa frase de Goethe: "Sicilia es la clave de todo".

Personaje multifacético y apasionado, Praz vivió suspendido entre distintos mundos que recreaba cotidianamente: en su casa estrictamente dieciochesca, traducía los versos de Eliot y de Pound, adelantándose a todos los que en Italia no tenían todavía noción de la revolución poética inglesa; de regreso en Roma, paseaba por la ciudad, siempre ansioso por poseer sus fetiches, acompañado nada menos que por Eugenio Montale, el poeta de la aridez y el despojo.

Quién sabe si hoy hubiese apreciado que, a pocos pasos de su casa, una colorida y monumental escultura de Keith Haring, el discípulo preferido de Andy Warhol, marque el inicio de su idolatrada Via Giulia. Quién sabe si se hubiese detenido para tomar en su librito de apuntes esas notas lúcidas que todavía admiramos.

Una filosofía para viajeros

De los viajes, que Praz programaba con obsesiva escrupulosidad y que reflejaban su filosofía de la vida y su estética, surgió un libro, Il mondo che ho visto (1982), que recoge sus impresiones a lo largo de cuarenta años.

Un viaje, según Praz, no debe sino alimentar la propia singularidad, aquella que se forja en la confrontación con el otro y lo diverso, que, sin embargo, no es excentricidad, como lo era para D´Annunzio, sino una expresión de la propia individualidad polícroma e irrepetible. Así, denunciaba la facilidad con que en tiempos de posguerra el nuevo turismo masivo aniquilaría el sentido que el viaje había podido tener para los hombres del siglo precedente. Lo consolaba una verdad, aquella según la cual "pocos viajeros saben ser personales, ver con ojos que penetran en la esencia de las cosas: la mayoría mira con un banal par de anteojos, que todo lo achata".

Pero tampoco es cierto que en el siglo XIX todos los viajeros, sobre todo los ingleses, supieran captar el alma de los lugares que visitaban. En realidad, ya en el siglo XVIII -escribe Praz- "las plantas selváticas del Coliseo se volvieron más importantes que los romanos mismos, las anémicas inglesas descubrieron su semejanza con las figuras femeninas de Lippi y Botticelli, el paisaje toscano se redujo a un escenario del País de las Maravillas, y los adorables campesinos con sus blancos bueyes, a figuritas de un magnífico pesebre. Los ingleses comenzaron a experimentar hacia los italianos un sentimiento de compasión, como el que despierta el cuidado solícito de perritos, gatitos y pajaritos, y al saberlos esclavos de tiranos, su alma solterona se enternecía".

Sólo Byron había logrado escapar, entre muchos de sus connacionales, al flagelo del sentido común, pues había comprendido el verdadero espíritu de Grecia, y naturalmente Goethe, que había penetrado en lo más hondo de la italianidad.

Claves

Decadentismo: la relación que Praz establece entre la belleza, el sexo y la muerte responde a una visión decadente que aparece claramente en Gabriele D´Annunzio, uno de los autores que Praz estudió profundamente y de cuya estética se alejó.

El hogar como espejo: la tradición literaria de la casa como proyección del yo tenía para Praz antecedentes próximos como los del propio D´Annunzio, el conde Robert de Montesquiou (el modelo del barón de Charlus proustiano) y el conde italiano y fotógrafo Gigi de Premoli.

Consejos: Praz recomendaba elegir objetos bellos pero macabros, clásicos pero inusitados, obras extrañas y aislarlas en una atmósfera vagamente espectral.

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