La madre de todos los prejuicios es la ignorancia

Claudia RomeroPara LA NACION
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15 de julio de 2011  

"Las claras se sientan adelante, las oscuras atrás." Eso nos decía la mítica y diabólica señora de Wagner, profesora de geografía de aquella escuela secundaria de señoritas en una provincia del norte argentino, hacia el final de los años setenta. El color de la piel, como una marca de origen y destino. Pedagogía de la discriminación, del prejuicio y de la violencia que persiste.

La escuela es un escenario de pasiones humanas. De nada vale pretender dejarlas afuera, tarde o temprano ingresan. El problema no es que estén allí sino qué se hace con ellas.

La socialización que realizan los niños y jóvenes en la escuela pone en juego las pasiones del reconocimiento. El aspecto físico, el color de piel, pero también el peso, la estatura, la armonía de los rasgos, constituyen el primero y más básico eslabón de una cadena de discriminaciones. Luego, la etnia, la religión, el género, la nacionalidad, serán motivo de más segregaciones.

Hay muchas maneras y diversos ámbitos en que la discriminación se expande capilarmente en la sociedad. El bochornoso espectáculo de las hinchadas de fútbol que vociferan bestiales cantos xenófobos, como el intolerable cruce de descalificaciones falaces y prejuiciosas que atraviesan las discusiones políticas por estos días son algunos de ellos. ¿Por qué suponer que las aulas o los patios de las escuelas podrían permanecer ajenos?

El enorme trabajo de la educación es sobreponerse a este juego naturalizado y extendido socialmente de perseguir al diferente o, mejor dicho, de "inventar" al diferente usando como excusa rasgos físicos o pertenencias culturales.

La ignorancia es la madre de todas las discriminaciones. Y también de todos los prejuicios. La escuela, lo que hagan y digan los adultos de la escuela, es clave para construir una trama de pertenencia para todos.

Directora del área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella

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