
La máscara japonesa
La cita anual con la cultura tiene en esta oportunidad una particular importancia: la Feria Internacional del Libro cumple un cuarto de siglo. Como homenaje a ese pasado y a ese porvenir, se publica un relato inédito de Manuel Mujica Lainez, que integra el primer volumen de sus Cuentos completos (Alfaguara), uno de los títulos más destacados que se darán a conocer en el Centro de Exposiciones.
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AYER me crucé con Philippe, inesperadísimamente, en la calle Arenales. Nadie estaba en ese momento más alejado de mi mente; nadie tenía menos que ver que Philippe con la calle Arenales, con la ciudad de Buenos Aires o con la República Argentina, y sin embargo -pese a que yo caminaba distraído- casi en seguida lo reconocí. También él me reconoció y nos abrazamos. No nos veíamos desde que ambos contábamos quince años, hace cuatro décadas. Nos quedamos mirándonos, recuperando vertiginosamente sensaciones y figuras, retrocediendo cuarenta años en segundos, al par que el uno al otro nos despoblábamos de arrugas, nos añadíamos pelo, nos enderezábamos, nos refrescábamos. [...]
Verdad es que habíamos sido muy amigos en la Ecole Descartes. Con él regresó a mí, relampagueante, el París de 1925, un París al que nuestros padres nos llevaban para esmaltarnos de cultura francesa y también -cosa que le costará entender a la generación actual- porque entonces, para los argentinos, vivir en París era un negocio. Por un peso -por un admirable, sólido, fecundo, bovino y cereal peso- nos daban, de mil amores, diez francos, con un valor adquisitivo equiparable al de diez nacionales . [...] Regresó, pues, ese París remoto, mitológico, imposible, en el tumulto de la calle porteña [...].
Lo evocamos con maravilla, mientras remontábamos la calle hacia el Ministerio de Relaciones Exteriores. Después me percaté de que era yo quien había hablado más, quien había dicho casi todo, y de que Philippe se había reducido a corroborar, con una semisonrisa, mis palabras. Pero en ese momento, vibrante por la reconquista simultánea de París y de Philippe que, al fin y al cabo, para mí representaban la misma cosa tierna y perdida, no me paré a observarlo, a analizarlo. La imagen del muchacho Philippe no me dejaba ver, todavía, al Philippe hombre. [...]
Era necesario que se calmase aquella inicial efervescencia para que, ya en la Plaza San Martín, sus árboles y su verano, me enfrentase yo con un Philippe nuevo, con un forastero desconocido que, desorientándome, resultaba ser algo así como el padre del que había participado, en la Ecole Descartes, del abrirse de mis ojos a la multiplicidad espléndida de la vida. Pero antes, como si yo temiera, instintivamente, el despojo de mi primera juventud tan súbita e inopinadamente devuelta, prolongué la atmósfera fascinante cuanto pude, repitiendo las anécdotas, reiterando las interrogaciones. Poco a poco, empero, Philippe me fue quitando el dulce que saboreaba. Los nombres de nuestros antiguos compañeros se tamizaron de melancolía. Los fracasos, la guerra, las muertes... Me estremecí, como si de repente sintiera frío, en medio del verano tenaz de Buenos Aires [...]. Entonces quise, por lo menos, ya que se esfumaba el entrevisto tesoro, afianzar entre Philippe y yo una reforzada intimidad madura, y le conté de mí, de mis andanzas, de lo que había escrito y escribía, mientras él, a su turno, brevemente, me refirió sus éxitos de industrial, la fortuna lograda, las responsabilidades que impulsaron su viaje a la Argentina. estábamos, como en la Ecole Descartes de Passy, en el mismo banco; mi mano oprimía su brazo o él me rozaba el hombro al inclinarse; éramos los mismos dos -Manuel (un nombre exóticamente deformado por la pronunciación francesa) y Philippe- y, hallándonos tan próximos, nos espiábamos desde muy lejos.
Me confió, en el zarandeo de la deshilachada conversación, que permanecería en Buenos Aires tres días más y que sólo disponía de esa noche, porque debía sus minutos restantes a personas vinculadas con sus empresas, y se me ocurrió invitarlo a comer, en mi casa de Belgrano, aunque le adelanté que, por ausencia de mi familia, partida a los azares del veraneo, se encontraría con una casa desmantelada a medias [...].
Vinimos, en consecuencia, a la casa donde esta tarde escribo para que no se me borre nada de aquella singular experiencia. Elogió mis cuadros, mis libros, mis objetos, y cuando recordó que en París me había acompañado, una mañana, a comprar un viejo plato de cerámica, con un gallito pintado -lo cual anunciaba mi futura y empeñosa pasión por las antigüedades- comprobé que había acertado al invitarle, pues sus palabras me reintegraron, con su intacta emoción, el episodio traspapelado en la memoria: la rue de la Tour; la anciana mercachifle; mi flamante angustia por poseer esa cosa roja y verde que luego, por supuesto, se rompería; nuestra timidez; nuestra solidaridad al encarar juntos algo propio de gente grande y conocedora.
Pasamos al comedor y previamente, nos detuvimos en la habitación pequeña donde he reunido varias piezas de arte popular americano. Curioseó en la vitrina (sin excesiva indagación: ya había advertido yo que el rico industrial no adolecía de mi amor por las arcaicas manifestaciones inocentes), y lo vi vacilar y palidecer. Sus ojos se habían fijado en las máscaras que cuelgan, multicolores, encima de la ventana. Se las enumeré, con pormenores de coleccionista, y me interrumpió su pregunta insospechada: -¿No les tienes miedo? A las máscaras, ¿no les tienes miedo?
Como soy supersticioso y las máscaras no han terminado nunca de tranquilizarme, exageré la broma insegura, en el sentido contrario. Comimos rápidamente, consciente yo de que Philippe había añadido una preocupación a las suyas anteriores, y aquello se convirtió en un difuso monólogo mío, que atravesaban, cada vez más brumosos, los espectros de nuestros compañeros de clase: Jean de la Marliére, Pinot, Nougaret, Baudoin... Mientras revolvía el café, mi amigo tornó, imprevistamente, al tema de las máscaras, y comprendí que desde que nos habíamos sentado a la mesa y pese a mis tentativas conversadoras, la obsesión de las máscaras no había cesado de turbarlo. Por fin no resistió a su tormento y me relató la historia que consigno aquí, tal cual me la contó, la dolorosa, la fantástica historia de su vida.
A los veintitrés años, Philippe se había casado con una muchacha algo menor, de Rouen, que estudiaba medicina; una muchacha bonita, de ojos azules, elegante, y que lo atrajo, según él, por cierto misterio indefinible. Yvette cortó la carrera, y Philippe consagró su inteligencia y su voluntad a enriquecerse. Al principio se propuso lograr la fortuna para ella; para que ella, mimada, halagada, brillase como debía y le agradeciese, amorosa, ese resplandor; luego lo hizo por él mismo, hundido, trabado en el mundo de los negocios que día a día le ensanchaba perspectivas soberbias. A la par que crecía su poder, dilatábase la distancia que lo separaba de su esposa. Los hijos los hubieran aproximado, pero no vinieron. Yvette cumplió su parte del contrato matrimonial: fue frívola, mundana, como lo exigía su condición de mujer de uno que se afirmaba entre los industriales victoriosos; gobernó con acierto su casa del Bois; lo colmó a Philippe de orgullo, de vanidad, más bella a medida que los años transcurrían, más lujosa, más deseable. Philippe seguía deseándola, mas las horas no le alcanzaban para satisfacer sus deseos. Infinitos desvelos lo arrastraban a la Bolsa, a los bancos, a los escritorios, a las fábricas. [...] De ese modo, sin que ni uno ni otro lo planeasen, se elevó entre ellos una barrera que el triunfo doraba y que no franquearon de nuevo.
-Pero se amaban -dije yo.
-Sobre todo nos admirábamos. Ytengo la certidumbre de que, aunque pasábamos la mayor parte del día lejos el uno del otro, Yvette continuó siéndome fiel.
-¿Y tú?
-Yo también. Las mujeres me asediaban pero, si no tenía tiempo para Yvette, tampoco lo tenía para las demás. El dinero se transforma en un aliciente terrible, sensual, que anula las restantes sensaciones.
Llegó de esa suerte la fecha del décimo aniversario de su matrimonio. Esa noche asistirían a una comida importante, y Philippe dedicó el día a las esgrimas astutas. Se trataba de adquirir, en Holanda, unas acciones muy valiosas, de convencer a sus dueños, reacios a desprenderse de ellas. Sólo en el viaje de retorno a casa recordó el aniversario. Le mortificó el olvido, que confirmaba, indiscutiblemente, una situación a la que ambos disimulaban, como por una tácita convención cortés. Era tarde para recurrir a los joyeros. De repente, mientras atravesaba la rue du Bac, notó la vitrina iluminada de un anticuario y su entornada puerta. Descendió del coche. Un exclusivo objeto, como si lo aguardase, se recortaba en el escaparate, sobre el terciopelo oscuro. Era una máscara japonesa.
-Jamás he entendido ni jota de la materia que tanto te absorbe -prosiguió Philippe-. Aun más, las antigüedades me desazonan, casi podría decir que me repugnan. Las presiento sobrecargadas de huellas incógnitas. Sin embargo, aquella pieza, presentada con tan teatral aislamiento, me encandiló. El marchand me declaró, como yo descontaba, que me hallaba ante un objeto único. Sus referencias se han grabado, para siempre, en mi memoria. El personaje esculpido en la careta tenía nombre; se llamaba Chûjô y correspondía al período Muromachi, a las postrimerías del siglo XVI. Se utilizaba en el Teatro Noh, el Nôgaku, y representaba a un hombre joven, un aristócrata nipón de bigotes caídos, rasgados ojos y boca entreabierta. Para reforzar su prestigio, el marchand añadió que la dirección del Museo Guimet se interesaba en la compra. Su precio era muy elevado. Revolví los estantes vecinos, presuroso, sin encontrar nada. El vendedor giraba en torno de mí, señalándome la calidad de la pintura amarillenta del rostro, la finura de la exquisita laca. Es atribuida -me dijo- a un gran artista, a Tatsuemon, pero pienso que el color fue aplicado por Jiun-in. E hizo revolotear, como un diminuto estandarte rojo, el paño japonés en el que iría envuelta, indicándome también la caja de sándalo, con incrustaciones de marfil, que le pertenecía. Consulté mi reloj y mi billetera. Ya debería haber comenzado a vestirme y el dinero me alcanzaba justo. Pagué y me llevé la máscara. [...]
-Yvette acogió la máscara con entusiasmo -siguió contándome mi amigo-. Se pasmó ante la delicia de la caja y ante la gracia de la bordada tela, y cuando Chûjô surgió entre los pliegues del lienzo, me besó en los labios. Deduje, paradójicamente, ya que el regalo no implicaba ninguna búsqueda ni selección previa, que Yvette pensaba que de ese modo yo tributaba un homenaje galante a su sensibilidad, a su buen gusto, al juzgarla capaz de aquilatar los méritos de un objeto singularísimo, de refinado coleccionista, porque hacía largos años que no me besaba así. Colocó la máscara en la caja y la ubicó en el lugar más conspicuo de su habitación, sobre la chimenea.
A partir de esa noche, las relaciones que mediaban entre Yvette y Philippe experimentaron una nueva mudanza. Si, por un instante, cuando le entregó la máscara, parecieron aproximarse y recuperar un soplo de la pasada tibieza, las semanas siguientes ahondaron su separación. Philippe lo corroboró más tarde, atando cabos. Su ensimismamiento, sus operaciones, sus planes, cuanto lo amurallaba y cegaba, no dejaba espacio para tales inquietudes, y como, aparentemente, su vínculo continuó sin variar, jalonado por reuniones innúmeras a las que Yvette no faltaba, por el constante estreno de vestidos y por los elogios que suscitaba el encanto de su mujer, Philippe creyó que todo seguía como antes, que nada amenazaba la fría paz perfecta que en la avenida del Bois había construido.
El primer síntoma de una invasión inexplicable en el orden armonioso de su vida se produjo un mes después del aniversario. Ese día, Philippe volvió a su casa a la hora del té, una hora desusada, a dejar unos papeles. Al pasar, rumbo al suyo, frente al cuarto de su mujer, oyó voces y se paró junto a la puerta. No distinguió qué decían ni quiénes participaban del diálogo -que diálogo le pareció ser- y, movido por la curiosidad, entró. Pero antes de empujar la puerta, quizás porque entendía que la relación que ahora mediaba entre Yvette y él le vedaba pretéritas familiaridades, golpeó discretamente. Cuando avanzó hacia la chimenea, a un costado de la cual reposaba Yvette, tendida en un sofá, tuvo la sorpresa de hallarla sola.
-¿Con quién hablabas? -inquirió.
-Con nadie. Recordaba versos.
-La respuesta -continuó Philippe- me asombró tanto como el hecho de encontrarla sola en su dormitorio, luego de la certeza de que en él se desarrollaba un diálogo, porque Yvette jamás decía versos; por lo menos yo no le había oído ninguno. Sin embargo, la premura invariable que daba tono a mi vida no me permitió alargarme a considerar el asunto. Otra anomalía se sumó a las mencionadas, cuando Yvette me comunicó que no me acompañaría en la comida de esa noche.
-¿No te sientes bien?
-No es nada.
Desde aquella vez, la conducta de Yvette varió sustancialmente. Ella, tan mundana, se alejó del mundo. No lo hizo con brusca resolución, sino poco a poco, espaciando las salidas. Pretextaba su salud, sus cansancios, y el médico, consultado por Philippe, opinó que la señora necesitaba reposo y que pronto reanudaría su andariega existencia. Pero las semanas, al transcurrir, demostraron que Yvette se enclaustraba más en su habitación.
-A pesar del cariz desagradable de los acontecimientos, no me hubiera alarmado extraordinariamente, dándole la razón al médico, si no hubiese sido por las voces.
-¿Qué voces?
-Las que resonaban en el cuarto de Yvette. En varias ocasiones las oí, nítidas, no como la primera vez, y eran dos, aunque no pude discernir las palabras. Y en cada oportunidad, cuando entré, la encontré a Yvette sola [...].
Días más tarde, Philippe debió enfrentar una experiencia desazonante, que representó un paso más, y significativo, dentro del misterioso proceso. Regresaba, a altas horas, del teatro y se le ocurrió dirigirse a la habitación de Yvette, pensando -me dijo- que quizá me necesitase [...] Yvette dormía en su cama. Junto a ella, sobre la almohada, estaba la máscara japonesa, que el velador iluminaba vagamente.
-No puedes imaginar una visión más extraña y, al mismo tiempo, más... más obscena. Sólo unos centímetros la dividían del rostro esculpido de Chûjô, de sus dilatados ojos, de su hendida boca. [...] Me retiré en silencio, y por la mañana conversé con su médico, un viejo que la conocía bien desde niña. Intentó tranquilizarme, asegurándome que no había motivos de zozobra, y que una semana o a lo sumo dos bastarían para que se esfumaran mis temores. Sus frases me serenaron.[...] Resolví permanecer alerta. Mi vigilancia tuvo su premio cuando, algo después, captando de nuevo el diálogo escalofriante que en la alcoba de Yvette se prolongaba, la avisté sentada delante de su tocador. La máscara había dejado su caja de la chimenea y estaba ahora en ese mueble, afirmada contra el espejo.
La reiterada prueba de la afinidad enigmática que se había establecido entre Yvette y un rostro de labrada madera enfureció a Philippe. Descartando su habitual mesura, le gritó a su esposa que destruiría el objeto maldito, fuente de un daño que se hurtaba a la humana comprensión, y sólo obtuvo, como réplica, la risa de Yvette, una risa tan francamente clara, que por un instante le hizo dudar si no sería él el insano, y salió del cuarto como si huyera. Pero ya estaba determinado a suprimir la máscara de Chûjô, por loco que ello pareciese, y logró que el viejo médico, con el subterfugio de unas radiografías imprescindibles, la apartara durante una hora de su morada. No bien se ausentó su mujer, Philippe se metió en su dormitorio. Me contó que caminaba de puntillas, apretando una daga en la diestra, como si fuese un ladrón o un asesino, y que su extravagante plan vino a parar en nada, porque sólo halló, en la chimenea, la caja de sándalo y marfil vacía. Vanamente revolvió el aposento, hasta que debió convencerse de que Yvette la había llevado consigo.
A su vuelta, su esposa eludió las pesquisas relativas a la máscara, con tan irritante impavidez que se robusteció en el ánimo de Philippe el propósito insano de destruirla. se lo comunicó casi temblando.
-¡Cuánto había cambiado yo en esas semanas! Mis amigos me llamaron la atención, sugiriéndome la conveniencia de tomar un descanso y atribuyendo mi nerviosidad y mis distracciones al trabajo excesivo. Se lo transmití a Yvette y sonrió. Le rogué que se fuera de París, conmigo, por una temporada. Podríamos viajar, ir a Escocia, a Venecia, adonde ella quisiese. repentinamente, me angustiaba la distancia que se había dilatado entre nosotros, que la vida había dilatado, y añoraba a la Yvette de diez años atrás, a la estudiante de medicina, a la muchacha de Rouen, de la cual yo me había desligado con estúpido error. Iríamos, sí, iríamos a Escocia, a Venecia, a los Alpes. Pero antes, aniquilaría la máscara. Era -porfié- un capricho mío; se la había regalado y se la quitaba. Le daría lo que se le antojase, no porque yo creyese que la máscara japonesa participaba de una sustancia... de una condición... distinta de cuanto nos rodeaba... sino porque, eso es, la consideraba algo así como un símbolo de todo lo que se interponía entre nosotros y pensaba que, roto el símbolo, también se quebrarían, se desmoronarían las fuerzas hostiles, y tornaríamos a ser como habíamos sido. Hablé y hablé, implorando, exigiendo, extremando el ardid, revelando la debilidad, y ella no me contestó. Entonces la furia tornó a apoderarse de mí, estimulada por su apatía. Le manifesté que al día siguiente partiríamos y que ya me ingeniaría yo, previamente, para destapar el escondite de la máscara. Me miró con tan insolente serenidad que no me retuve, e hice lo que jamás había hecho, lo que nunca hubiese hecho en circunstancias normales, pero, como te digo, me ofuscaba la cólera. Le pegué en la mejilla, duramente, con el revés de la mano, y me fui de su habitación, golpeando la puerta.
La evocación del humillante episodio había demudado a Philippe. Le latía, en la izquierda sien, una vena, y daba la impresión de un anciano medroso, mucho mayor que su edad auténtica, porque bajó la voz y continuó el relato, espiando de hito en hito la entrada del comedor, como si por allí pudiera surgir un espectro. Todavía le faltaba contar lo peor de su historia. Le serví coñac y aguardé.
Aquella noche, Philippe durmió mal. Lo atenaceaba el arrepentimiento de su actitud, de su violencia. Más de una vez hubo de levantarse, para acudir al cuarto de su mujer y mendigar su perdón. Lo impidió la conclusión de que no lo obtendría, de que luchaba contra energías inescrutables, y eso lo fortificó en el designio de destrozar la máscara antes de la partida. Y mientras la noche transitaba, lenta, se sucedían las pesadillas que convocaba la mueca de Chûjô y con las cuales combatía Philippe transpirando, en su solitario dormitorio. Una hubo, más intensa que las otras: la que le mostró a Yvette, de pie al lado de su lecho, con la máscara japonesa ajustada sobre el rostro.
-Tardé en comprobar -murmuró Philippe- que no soñaba. Yvette estaba, realmente, junto a mí. Reconocí su largo cuerpo bajo el leve camisón que blanqueaba la luna. La máscara repelente le confería una apariencia indescriptible, de un horror macabro. Lo más tremendo fue que aunque el pánico me inmovilizaba, tuve la lucidez necesaria para comprobar que la máscara había dejado de serlo. ¿Me entiendes? Era una máscara y no lo era. Conservaba la rigidez de la máscara, su laqueada contextura, pero no estaba aplicada sobre la cabeza, y en eso fincaba su espanto más terrible, sino formaba parte de ella, porque no existía división alguna, en el óvalo, que indicase que se trataba de un elemento añadido; la máscara se había apoderado de la totalidad de la cabeza; la había, creo yo, sustituido. Y el hecho de que fuese una máscara de hombre, la de un joven aristócrata japonés de firmes rasgos, erguida sobre un cuerpo femenino que seguía siendo voluptuoso y adorable, le agregaba al personaje un toque equívoco, repulsivo, grotesco, convirtiéndolo en un monstruo de siniestra ambigüedad, bajo cuyos párpados rasgados, orientales, me acechaban los ojos azules de Yvette. La certitud de una sustitución, o de la nefanda convivencia de dos seres en uno, resaltó cuando advertí que se movía la estática faz de príncipe asiático, que la tiesura de los rasgos esculpidos cedía y se animaba, que se abría la boca inflexible de Chûjô, enseñando los finos dientes, mientras las manos de Yvette se crispaban y todo el engendro se doblaba sobre mí, sobre mi paralizado pavor. Estiré los dedos, en una suprema tentativa, para arrancar la careta, si bien sabía ya que era imposible hacerlo, y la máscara abrió más aún la boca y me mordió. ¿Comprendes, Manuel? Me mordió, me clavó los dientes. Aquel revestimiento superficial, aquella figura de madera y barnices, arcanamente dotada de vida, me mordió. Hasta hoy no se han borrado las huellas.
Sin cesar de hablar, Philippe bajó, con áspero ademán, el cuello de la camisa, y vi, violácea, en su piel, una cicatriz de dientes. No atiné qué debía pensar. La escena descripta por Philippe, en la conformidad sedante de mi comedor de Belgrano, era demasiado horrible, demasiado fantástica, contenía una intromisión demasiado agresiva de lo ilógico y lo sobrenatural, en el funcionamiento de mi mundo y su prevista sensatez. Casi no oí el final de la narración: el legítimo desmayo de mi amigo; su infructuosa búsqueda de Yvette, por la mañana; la desaparición, la fuga de Yvette y de la máscara, para siempre; la perplejidad ante cómo, ante dónde prolongarían juntas su atroz alianza, su... ¿su amor? Nos retiramos del comedor en silencio y, asomándose a la habitación pequeña donde conservo las máscaras, todavía me dijo Philippe, refinando lo que podía ser una vesánica burla (o no serlo) y señalándome la que Madame Sawada me regaló el año 1940, en Tokio:
-¿Ves?... como ésa... la máscara de Chûjô es muy semejante a ésa.





