La memoria de Martin Amis

A través de libros como Dinero , Campos de Londres y La flecha del tiempo , el escritor inglés se perfiló como un nombre perdurable entre grandes narradores como Ishiguro, McEwan, Barnes, Rushdie. En Experience , libro recién publicado en Gran Bretaña, vuelve a lograr un relato brillante en el que no oculta algunos de los hechos más íntimos de su vida: la relación con su padre, el escritor Kingsley Amis, el encuentro con una hija adolescente que no conocía y la historia de su prima Lucy Partington, raptada y ultimada por un asesino serial.
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21 de junio de 2000  

EN 1991, The Times eligió a Martin Amis como su novelista del año. La distinción parecía incuestionable. No sólo Amis acababa de publicar el más reciente de sus tres indiscutibles clásicos modernos ( Dinero , Campos de Londres , La flecha del tiempo ), sino que con ellos había cartografiado como nadie la ansiedad milenarista de la década del ochenta. Dinero (1982) satiriza la obscenidad del consumismo a ultranza. Campos de Londres (1989) explora los desfasajes de la sensibilidad humana frente a singularidades absolutas como la amenaza nuclear, sombra que también planea sobre los estilizados cuentos de Los monstruos de Einstein (1984). La flecha del tiempo (1991), que Amis considera la más exacta de sus novelas, narra hacia atrás la vida de un médico nazi; invertido el tiempo, la moral de los campos también se da vuelta, creando una nueva perspectiva del horror.

Esto era Martin Amis clásico. En un contexto de novelistas admirables (Ian McEwan, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Timothy Mo, Salman Rushdie, A.S. Byatt, por nombrar a los más eminentes de la entonces nueva narrativa inglesa), ningún otro se perfilaba como más perdurable. Como Fitzgerald en los veinte, Amis había inventado un estilo capaz de captar una época.

Pero entonces los años noventa se le vinieron encima. Su voz empezó a extenderse en otros escritores. Nicola Baker, Will Self, Tibor Fisher (todos debutantes durante esa década) sonaban o querían sonar como él. Y Amis, sorprendentemente, parecía tener tantas dificultades como los demás en imitarse a sí mismo. Varios admiradores estaban dispuestos a aceptar que lo mejor había quedado atrás. Otros se preguntaban qué le estaba pasando.

La respuesta, ahora, parece obvia. Abanderado de una era de nítidos contrastes, Amis estaba por un lado rediseñando su temática a la luz de nuevas mitologías culturales (la de la información, los mass-media y, en sus palabras, "la revolución de la conciencia"). Pero también, por el otro, estaba enfrentándose a duras experiencias privadas: un divorcio, la muerte de su padre, los ataques de la prensa amarilla, el encuentro con una hija adolescente que no conocía, la noticia de que su prima, desaparecida veinte años atrás, había sido raptada por el asesino serial Frederick West. La publicación de Experience , su libro de memorias, es la clave para entender todo esto. Y el resultado es brillante.

Mas aún, Experience es el libro que todos esperaban: una narración al fin sobresaliente, donde el escritor, afinando todas sus percepciones, medita acerca del azar, las relaciones familiares, la muerte, la llegada de la madurez, la topografía de una obra que lleva veinticinco años en marcha...

No resulta sorprendente, por otra parte, que sea Amis el primer gran novelista de su generación que prueba su mano en el género de las memorias. Muchas veces se lo ha identificado como el escritor más norteamericano de Inglaterra. Y lo cierto es que Amis siempre se mostró fascinado por la importancia del ego en la literatura de EE.UU. La tendencia autobiográfica está en todos los peso pesados norteamericanos: Roth, Mailer, Updike... Y sobre todo en uno de los héroes literarios de Amis: Saul Bellow.

En un perfil publicado en The Observer y después en la colección The Moronic Inferno , Amis notaba: "La fase actual de la literatura occidental es ineludiblemente una fase de ´elevada autobiografía´. Empezó con la baba del confesionalismo pero se ha afianzado y ha persistido. No más historias: cada vez más, el autor se dedica a su ser privado... Bellow ha hecho resonar su propia experiencia de manera más memorable que cualquier otro autor vivo". Ahí está, precisamente, la palabra clave, experiencia. Pero entonces, cuando le había llegado el momento de hacer resonar la propia sin las mediaciones de la ficción, una pregunta quedaba momentáneamente en el aire: "Soy un novelista, entrenado para usar la experiencia con otros fines. ¿Por qué debería contar la historia de mi vida?"

En el nombre del padre

La necesidad se había manifestado por primera vez en 1995, cuando su padre, el aclamado novelista Kingsley Amis, murió después de una larga internación. Además de una quincena de novelas (entre ellas, clásicos como Lucky Jim o The Old Devils ), había dejado varios libros de ensayos, normativa, memorias y excelentes colecciones de poemas. Amis padre, comunista en sus años mozos y más tarde admirador de Margaret Thatcher, fue un escritor hilarante, intempestivo y dotado de una sensibilidad chestertoniana para la lengua inglesa. Durante las últimas dos décadas de su vida, además, había compartido el oficio con su segundo hijo. La dupla no es única pero sí una rareza, acentuada sin duda por la calidad de las obras en cuestión. "Ahora mi padre está muerto, escribe Amis, y siempre supe que iba a tener que conmemorarlo... es casi un deber hablar de nuestro caso."

Siempre fue interesante observar la relación literaria entre Kingsley y Martin. No se ha hablado poco de envidia... Amis padre encontraba las novelas de su hijo ilegibles. De hecho, casi no se acercaba a ellas. Leyó The Rachel Papers (la primera), Dead Babies (la segunda) y después tiró la toalla. En una carta al poeta Philip Larkin, escribió: "Salió la nueva novela de Martin [ Other People , la cuarta]. Me resulta durísima..." Más aún, ni siquiera leyó entera Campos de Londres , que le estaba dedicada.

Christopher Hitchens, notable periodista inglés y viejo amigo de Martin, recuerda en la revista Lifestyle que, sin embargo, la relación entre padre e hijo era excelente: "hablaban de todo, desde las dificultades con las chicas pasando por el buen uso de la metáfora hasta la mezcla de tragos". Y recuerda también un diálogo acerca de escritores en la casa paterna: "Martin: -¿Nabokov? Kingsley :-Malo. Martin: -¿Ian McEwan? Kingsley: -Malísimo. Martin: -¿Saul Bellow? Kingsley: -Completamente desastroso. Martin: -¿Graham Green? Kingsley: -Completamente desastroso en todo sentido". En este contexto resulta comprensible la actitud del hijo: "No me molestaba que a mi padre no le gustaran mis novelas, porque sus gustos en prosa eran tremendamente excéntricos".

Martin Amis afirma que Kingsley, con todo, sigue siendo su "corrector fantasma" en materia de propiedad lingüística. Y el diálogo del que habla Hitchens continúa de algún modo en las páginas de Experience . Martin desmenuza amorosamente las obras de su padre. Las admira, las da vuelta, las anota, mide sus picos y sus hondonadas. Incluso analiza de modo impecable el período que a grandes rasgos abarca los cinco años posteriores al segundo divorcio de Kingsley, cuando éste escribió aquellas novelas tan problemáticas que, para usar un eufemismo, lindaban con la misoginia ( Jake´s Thing , Russian Hide and Seek y, sobre todo, Stanley and the Women ). Conjuntamente con Experience , además, se han publicado las esperadas cartas de Kingsley Amis, donde el novelista dialoga extensamente con Philip Larkin. Es la excusa perfecta para que el hijo recorra una de las amistades literarias más interesantes del siglo veinte.

La escritura de Experience , cuenta Amis, le fue doblemente impuesta. No sólo responde a la necesidad de hablar de su padre, sino también a la de estudiar las pérdidas que signaron su obra. "He visto lo que ningún escritor quizás deba ver: el lugar de mi inconsciente del cual salen mis novelas". ¿Cómo no hablar de eso?

La tragedia de Lucy Partington pobló los titulares ingleses a mediados de los noventa y sus resonancias son horrendamente familiares. Lucy Partington, prima hermana de Martin por el lado materno, tenía veintiún años cuando desapareció en 1973. Durante otros veintiuno su familia esperó, imaginó, se preguntó en el vacío. En 1994 las autoridades locales exhumaron su cadáver, decapitado y desmembrado, en el fondo de una casa en Gloucester. La chica había sido raptada por Frederick West, uno de los asesinos seriales más infames de Inglaterra. Los sucesos marcaron a fuego a la familia, obviamente, e hicieron impacto en el fuero íntimo de Amis.

Otra historia se entrelaza en Experience con la de Lucy Partington: la de Delilah Seale, la hija "perdida" del autor. La chica fue fruto de un breve affaire que Amis vivió en 1977 con una mujer casada, Lamorna Heath. Ésta se suicidó dos años más tarde (sufría de depresión maníaca) y su hija, que fue criada por el esposo, no supo hasta los dieciocho años que su padre era Amis. Entonces hicieron contacto. Ahora la relación entre ellos marcha propulsada por un amor tanto filial como paterno, pero Delilah Seale representa, comprensiblemente, una pérdida.

Amis escribió bastante sobre el patrón de su generación y la desmesurada longitud de la juventud setentista: relaciones breves, amores fáciles, matrimonios e hijos que se conciben bien pasados los treinta. Delilah le hace revisar ese patrón y repensar las generalizaciones... El resultado es uno de esos bellos momentos de Experience donde el novelista, que por naturaleza persigue la universalidad, debe rendirse ante el biógrafo.

Las tres historias anteriores (la de Kingsley, la de Lucy y la de Delilah) conforman, por decirlo de algún modo, el sistema nervioso de Experience . Amis vuelve sobre ellas desde distintos ángulos, desde distintos tiempos, mientras las memorias van tomando el tono de un dilatado soliloquio shakespeareano. Pero también los recuerdos pasan por lo anecdótico y dejan entrar la comidilla literario-mediática.

Como se sabe, durante los últimos diez años Amis se batió continuamente mano a mano con la prensa (no sólo la amarilla; también el Sunday Times hizo lo suyo). Los más variados géneros se volvieron en su contra: fábula, folletín, ciencia ficción... Menos el realismo, todos. Los diarios que rastrean los movimientos de la familia real o de las Spice Girls en su momento cubrieron, o transfiguraron, el divorcio del escritor, su reencuentro con Delilah Seale, su cambio de agente literario (cuando dejó a Pat Kavanagh, la esposa de su amigo, el novelista Julian Barnes), su pelea posterior con Barnes, su adelanto por La información (de rumoreadas £500.000), su tratamiento odontológico.... Y así, Amis se convirtió en una improbable caricatura, que había abandonado a su esposa "por una heredera de New York" y había gastado veinte mil libras en el dentista "en busca de una sonrisa a la Liberace".

Ajuste de cuentas

Ajustar las cuentas es de algún modo parte de las exigencias genéricas de la autobiografía. Y muchos esperaban, antes de la publicación de Experience , que de la lengua de Amis salieran latigazos en todas direcciones. Afortunadamente, no es el caso. Amis no sólo parece poco interesado en ser cáustico, sino que además se muestra decididamente benévolo. La experiencia que tanto se invoca en Experience parece ser, también, un modo de disciplina. Es ejemplar su tratamiento de la famosa pelea con Julian Barnes. Amis cuenta los hechos, da sumariamente su versión, cierra después el asunto. El único momento en que levanta verdaderamente la voz es al poner en claro el caso de Eric Jacobs, el biógrafo y amigo de su padre que publicó una crónica de sus últimos días donde exponía los detalles más íntimos de la internación y la decadencia física de Kingsley.

Ahora Amis se toma unas páginas para dar su versión. Pero lo cierto es que estas tiradas amargas son lo menos atractivo de un libro brillante en muchos otros sentidos.

Martin Amis, en Experience (y en cualquier otro libro), está en su mejor forma cuando habla de las cosas que cuentan: cuando le abre la puerta al asombro, cuando comenta su vida de lector, cuando le habla a su esposa (la escritora Isabel Fonseca) con un "tú" líricamente nabokoviano, cuando dialoga con sus escritores favoritos (Joyce, Nabokov, Bellow), cuando habla de su padre y de su familia, cuando revive su infancia y las marcas ciegas -para usar una expresión de Larkin- que delinearon su vida. En todos estos momentos nos ofrece "una vista diáfana de la geografía mental de un escritor."

Entonces, Experience se vuelve un mapa de todos los otros libros. Más aún, cada tanto Amis (que aquí se refiere a Bellow) escribe exactamente lo que sus lectores queremos leer: "El está sobre los estantes, sobre el escritorio, está por toda la casa, y siempre dispuesto a hablar. De eso se trata la escritura, no de una comunicación sino de un medio de comunión. Y acá están los otros escritores que dan vueltas alrededor de uno, como amigos, pacientes, íntimos, despiertamente a mano, a través de los siglos. Esta es la definición de la literatura".

Pornografía y realeza

  • Finalizado Experience , su libro de memorias, Martin Amis se puso a escribir una nueva novela. Según informó el diario británico The Sunday Times , realeza, pornografía y pederastia son los explosivos ingredientes de la próxima obra.
  • Para documentarse, Amis investigó los emporios pornográficos de Los Angeles. Impresionado por el recorrido, expresó su alarma ante la violencia concentrada en los films sobre sexo. "Comparada con la pornografía norteamericana, la británica parece una de esas chicas ruborosas que se quedan sin pareja en los bailes", ironizó.
  • En esta novela, que el año próximo entregará a su editor, Jonathan Cape, el protagonista, llamado Xan Meo, recibe una herida en la cabeza que altera su personalidad y lo convierte en un obseso sexual. "Se trata de una novela sobre el choque de dos culturas, con personajes despreciables provenientes del hampa y de la realeza", explicó el autor.
  • Convertido en traficante porno, Meo se enreda en un escándalo con una princesa de catorce años, hija del rey Enrique IX de Inglaterra. Amis la involucra en un turbio negocio de pederastia que afecta, ¡y cómo!, la confia bilidad de la monarquía.
  • Es pura ficción, por supuesto, pero la prensa ya se ha encargado de señalar los paralelos con la familia real británica. En la novela, la reina sufre un grave accidente automovilístico, igual que Diana Spencer, sólo que en vez de morir, entra en un coma profundo.
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