La mirada del monstruo
En sus cuatro nuevas novelas, reunidas en un solo volumen y conectadas por los mismos personajes, César Aira muestra una imaginación desbocada y presenta dos superhéroes que combinan la cultura de masas con las novelas de aventuras
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De la Redacción de LA NACION
Las aventuras de Barbaverde Por César Aira
Mondadori/384 páginas/"$ 39
En Diario de la hepatitis , César Aira desdeñaba la idea del "proyecto" narrativo y anotaba que "preferiría no hacer nada, nunca, que tenga un objetivo". Tal vez sea muy pronto para saber si cumplió con semejante programa, pero es indudable que no ahorró esfuerzos para su eventual consumación, sobre todo en las novelas que publicó en la década de 1990. Las aventuras de Barbaverde es tanto o más desaforada que cualquiera de los libros que escribió en esos años y, a la vez, tiene una estructura convencional, derivada de los unitarios televisivos, los cómics y los folletines de aventuras decimonónicos.
Esta nueva novela de Aira es más voluminosa que las que venía publicando últimamente, pero semejante espesor es engañoso. Se trata en verdad de cuatro nouvelles conectadas por los mismos personajes (aunque su grado de protagonismo es variable) que atraviesan diversas aventuras. Hay, en principio, dos enemigos, Barbaverde y el profesor Richard Frasca, "dos payasos de la cultura de masas", que representan, de manera casi infantil (con el tipo de puerilidad que pueden tener las series televisivas o las historietas) el combate entre el Bien y el Mal absolutos. Frasca pretende apoderarse del mundo, y Barbaverde está allí para impedirlo, siempre sobre el fondo de la ciudad de Rosario. Ninguno de los dos se hace visible efectivamente en las novelas y su combate se realiza con la mediación de complejos dispositivos o raros influjos sobre ciertas personas. Entre ellos median o se interponen (en realidad, son instrumentos de Barbaverde) el repentino periodista Aldo Sabor, redactor del diario El Orden , y Karina del Mar, artista contemporánea, que mantienen una relación amorosa (el enamorado es Aldo Sabor) nunca correspondida del todo.
En el primer episodio, Sabor y Karina buscan a Barbaverde (él pretende entrevistarlo y ella, aprovecharlo para una instalación). Pero estos planes se interrumpen cuando el universo queda alterado por un salmón colosal que emerge en el cielo con la cabeza a pocos kilómetros de Rosario y provoca un corrimiento masivo de átomos. El recurso puede parecer arbitrario, pero Aira lo anticipa con breves motivos y recurrentes menciones del color rosa que preparan la irrupción del pez. Finalmente, el salmón es reducido a su tamaño natural por un sillón de peluquero que se eleva hacia el cielo movido por una cuadriga de cigüeñas (la explicación es que si Frasca puso "cualquier cosa" en el cielo, cualquier cosa puede asimismo desbaratar sus planes). Esa última escena parece una animación intervenida del cuadro Los cormoranes , de Max Ernst. En el segundo episodio, la protagonista es Karina, que se desplaza a Luxor, Egipto, acompañada por una decena de lúmpenes rosarinos. Allí, la misión de Barbaverde consiste nada menos que en salvar el presente, que Frasca amenaza eliminar con el avance irrefrenable del pasado bajo la forma de un ejército de pirámides móviles. La salvación del presente tal vez sea la alegoría más precisa de la literatura del autor: la coincidencia es una de las matrices de Aira, y la coincidencia es, antes que nada, un atributo del presente. Los equívocos de las coincidencias producen realidades, o por lo menos realidades ficcionales. Así, una vieja foto que Karina rescata de una tarjeta de su cámara digital y le envía a Sabor, con la excusa de que se trata de una instantánea de su visita a Egipto para ilustrar un artículo, revela, como es previsible, la presencia de un personaje rosarino, un cantautor apodado Lenteja. Inmediatamente, el engaño es absorbido por la trama y Lenteja se pasea por Luxor como el poeta Abu Ibn Wassar. Por eso, no se sabe nunca si los hechos son ficciones del narrador o delirios periodísticos de Sabor. El narrador se revela, más bien, como una especie de testigo activo, capaz de "ordenar los hechos en forma de relato, crear los nexos causales, verosimilizar, administrar el interés y el suspenso".
En la tercera novelita, la acción se traslada a una isla en las cercanías de Rosario donde Frasca pone en funcionamiento una fuerza que transforma las cosas reales en juguetes y los juguetes en cosas reales; y la cuarta se funda en una especulación matemática en la que está implicada literalmente la venta de números. Hacia el final, los dos superhéroes son arrastrados por el viento sin rumbo fijo.
Como muchos otros personajes de Aira, Sabor y Karina son presa fácil de la perplejidad, habitan en ella, y no dejan de hacerse preguntas ni de sorprenderse ante lo evidente. Ambos actúan acuciados por la perentoriedad de las circunstancias, improvisan, deciden en el momento, aunque sus decisiones pertenecen a órdenes diferentes. Uno sigue la lógica del periodismo; la otra, la del arte. Se lee en la novela: "Al contrario del arte, que se inventaba como fábula y procedimiento, el periodismo se apoyaba en los mitos, intereses y temores ya actuantes". Y, sin embargo, el periodista tiene aquí algo del artista, pero en dirección contraria: en lugar de representar, como el artista clásico, el periodista presenta y, con su escritura, crea acontecimientos. En el fondo, Las aventuras de Barbaverde podría ser tanto una expansión de los textos periodísticos de Sabor como una descripción minuciosa de alguna instalación de Karina.
Las peripecias son tan infinitas como extravagantes. Pocas veces la imaginación de Aira fue tan profusa y rocambolesca (para usar el adjetivo con el que el autor califica los artículos de Sabor) como en estas cuatro novelas, o única novela en cuatro partes. Las invenciones que le atribuye al profesor Frasca parecen versiones corregidas y exacerbadas de las de Martial Canterel, el protagonista de Locus Solus , de Raymond Roussel. La historia no es para Aira el ordenamiento de los hechos (en verdad no hay en esta novela "hechos" en sentido estricto) sino más bien el despliegue de una simultaneidad, la simultaneidad ciega de la imaginación.
El problema por excelencia de Aira es la verosimilitud. La solución que encontró es la más difícil de todas, una que podría parecer casi imposible: inventó un "verosímil Aira", sostenido por su figura de autor, que justifica y subsume las inverosimilitudes. Como el salmón del primer episodio, esa imaginación ocupa casi todo el espacio. Su cabeza pende en suspenso sobre las nuestras. Y nos mira.
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