
La mujer que leía para ser libre
"A Sontag le gustaba adoptar la célebre frase de Johann Wolfgang von Goethe, según la cual la cultura consiste en «saber todo». Y ella leía todo"
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Le gustaba sorprender a sus lectores y a su público con frases ingeniosas que pronto se convertían en definiciones populares: incluso en "Notas sobre lo camp" inventó una: "Tan malo que es bueno" y en Contra la interpretación ella, Susan Sontag, considerada la escritora más analítica de todas, dijo que "el análisis crítico está implicado con el poder hechicero y mágico del arte".
Aparte de sus frases ingeniosas, era célebre por sus múltiples intereses: estudiosa del ballet y la fotografía, activista apasionada en favor de los derechos humanos, divulgadora de sus autores preferidos, como Walter Benjamin y Elias Canetti.
En Italia era muy popular, especialmente en Roma, donde había dirigido una comedia de Pirandello y donde también había realizado la versión cinematográfica de una de sus comedias. En Estados Unidos dirigió en teatro Esperando a Godot de Samuel Beckett, pero trabajó en el teatro de todo el mundo: por ejemplo, en Sarajevo, durante el asedio, lo que le valió ser distinguida como ciudadana honoraria.
Casi todos la conocíamos como ilustre escritora y como provocadora irrefrenable. Yo me convertí un poco en su amiga en los dos años en que ella fue presidenta del Pen Club norteamericano. En ese período hubo una reunión muy polémica porque Norman Mailer quería nombrar presidente en el Pen a un alto funcionario del Estado. El gran problema había sido la ruptura entre los delegados de izquierda (como Kurt Vonnegut) y los de derecha (como Saul Bellow) y ambos grupos realizaban largas ponencias para sostener sus puntos de vista. Los de Susan Sontag eran siempre controvertidos: parecía que se divertía poniendo en apuros a su público. Se había hecho muy popular su definición del "fascismo rojo", su idea de que entre el fascismo y el comunismo no había después de todo tanta diferencia debido a la autoridad absoluta que ejercían sus dictadores.
Sus ideas, que a menudo contrastaban con las corrientes en boga, se basaban en su activismo por la causa de los derechos humanos -que divulgaba mediante su asidua presencia en todas las ciudades del mundo en que había problemas políticos- y cuajaban en su extraordinaria habilidad para realizar retratos de personajes controvertidos, por ejemplo, de Antonin Artaud. Nunca se cansaba de desafiar el pensamiento convencional. Quizás este placer por el desafío le venía desde niña, derivado de ser hija de un padre muy tradicional y de una madre alcohólica.
Se casó con un compañero de la Universidad de Chicago, al que había conocido diez días antes. A los diecinueve años tuvo un hijo, pero luego de nueve años se divorció y nunca se volvió a casar. A su marido lo conocí en Venecia, en un bar frecuentado por Ernest Hemingway. Siempre es difícil comprender las razones de los divorcios.
También lo es comprender qué esconden las simpatías de un escritor por otros colegas. Por ejemplo: es extraño pensar que Susan Sontag tuviera tanta admiración por una escritora "difícil" como Djuna Barnes o por Los miserables, de Victor Hugo. En general, pensaba que "leer un libro es como entrar en un espejo". Le gustaba también decir que había decidido ser escritora de niña, cuando leyó el Martin Eden, de Jack London. En una entrevista con la Paris Review declaró que solía leer "en un delirio de exaltación literaria".
Naturalmente, conocía todas las revistas literarias del mundo y pronto se hizo amiga de Elizabeth Hardwick, fundadora de la New York Review of Books de la cual siempre fue una importantísima colaboradora.
En este momento no deseo hablar de los que desacreditaban sus ideas. Querría, en cambio, recordar que le gustaba citar y adoptar la célebre frase de Johann Wolfgang von Goethe, según la cual la cultura consiste en "saber todo". Y ella leía todo: le gustaba decir que la principal razón por la cual leía era "porque le gustaba leer".
Otra cosa que le encantaba decir era que siempre había buscado combatir "la distinción entre pensamiento y sentimiento", algo que en realidad es la base de todo punto de vista antiintelectual. Aseguraba que "pensar es una forma de sentimiento y el sentimiento es una forma de pensamiento".
Cuando se dio cuenta de que estaba enferma, escribió La enfermedad como metáfora y, para no contradecir su idea de que no es necesario ser indulgente con las propias enfermedades, jamás hablaba de ello.
Por supuesto, no era partidaria de la guerra en Vietnam y esto la acercó mucho a Allen Ginsberg: se frecuentaban como viejos amigos en aquellos años del Pen Club. Yo estaba entonces siempre con ellos en el restaurante donde se desarrollaba la reunión, siempre feliz cuando podía escuchar, digámoslo así, "en libertad", a genios extraordinarios como ellos.
Esta bellísima señora, con su mechón blanco sobre la frente tan famoso como sus libros, nos faltará a muchos de nosotros: a nosotros los europeos y quizás aún más a los países no europeos, donde con su presencia consolidaba continuamente su popularidad. Fue una iconoclasta: agredía tanto a la derecha como a la izquierda; sostenía, sola entre los norteamericanos, una intervención en los Balcanes contra el asedio a Sarajevo; o realizaba declaraciones a propósito de los ataques terroristas del 11 de septiembre que le valieron -por la envidia de sus opositores- acusaciones de antinorteamericanismo.
A sus detractores no les importaba su convicción de que "una novela es digna de ser leída cuando es educación para el corazón". Sus máximas no terminaban nunca. Como Henry James, decía: "No existe de mi parte una última palabra sobre nada".
Recordémosla con respeto, con admiración y con reconocimiento por las ideas que nos ha dado.
Corriere della Sera - Roma, 2004
(Traducción de María Elena Rey)
Fernanda Pivano, amiga de Pavese y Hemingway, es escritora y fue en las últimas décadas una de las grandes divulgadoras de la cultura norteamericana en Italia.



