
"La música empieza cuando la palabra termina"
Habla de sus lecturas, de sus hábitos intelectuales y de su relación con el ex presidente español Felipe González, con quien está escribiendo un libro y mantendrá un diálogo público pasado mañana
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Cuando se le dice que el suyo es un espíritu fáustico, un espíritu que nunca dirá, como querría Mefistófeles ,"detente, momento, eres tan bello", Daniel Barenboim se ríe con ganas. Es más bien una carcajada. ¿De qué otra manera podría concebírselo? Basta pensar en la última semana: ensayos y conciertos tres días seguidos con programas diferentes: Beethoven, Ravel, el Tristán wagneriano y la reunión cumbre con Martha Argerich, uno de cuyos bises, el Andante y Variaciones de Robert Schumann, en la versión original para dos pianos, dos cellos y corno, podría haber estado en el programa por derecho propio. Barenboim no parece mirar nunca atrás. Como sea, la carcajada parece una confirmación, pero nos deja en vilo. Entonces Barenboim pasa a otra cosa, y nada mejor que el clima para cambiar de tema. "El único aspecto negativo de este viaje a Buenos Aires es que nos perdemos el verano europeo. Me gusta mucho el verano. Y la luz, la luz? En Buenos Aires hay mucha luz, incluso en invierno. Berlín es asquerosamente oscura: entre octubre y marzo parece que fuera siempre de noche. Pero Berlín también me encanta. Cuando me llamaron de la Ópera Estatal me entusiasmó mucho la idea de construir algo nuevo después de la caída del Muro. Algo nuevo pero una sólida tradición. Fueron años interesantísimos. De modo que elegiría siempre Berlín para vivir."
Falta sin embargo para que vuelva a Berlín. Le quedan varias funciones con la West-Eastern Divan, entre ellas las dos programadas en el abono del Mozarteum Argentino, otro encuentro con Argerich en la función que compartirá con Les Luthiers, mañana, y, un poco al margen de la música, las jornadas que, con el nombre de "Diálogo de música y reflexión", se realizarán durante los próximos tres años en la sala principal del Colón y que en su primera edición, pasado mañana, tendrá como invitado al ex presidente español Felipe González. La relación de Barenboim con González es lejana. "Nos conocimos hace muchos años. Antes de que fuera presidente, en 1981, el día que asumió François Miterrand. Yo dirigí en esa oportunidad en el Panteón, en París, y hubo después un almuerzo con gente de habla española donde estaban Felipe González, Plácido Domingo y Carlos Fuentes. Ahí tuvimos una primera relación, aunque superficial. Ya mucho más adelante, a partir de 1999, él solía venir en verano a los ensayos de la orquesta del Divan. Habló varias veces con los miembros de la orquesta. Nuestra relación más estrecha se remonta a quince años atrás."
-Supongo que también habrá influido mucho en la relación el compromiso de Felipe González con hallar una salida para el conflicto entre israelíes y palestinos.
-Sí, naturalmente. González tuvo un papel muy importante en la búsqueda de una solución al conflicto entre israelíes y palestinos. Él organizó la primera reunión entre israelíes y palestinos, en Madrid, en 1991. Era uno de los temas de política exterior que más le preocupaba. Si él hubiera podido seguir con eso, yo creo que se habría llegado quizá no a una solución, pero sí a un desarrollo más positivo. Porque piense que casi paralelamente a las reuniones oficiales empezó lo de Oslo. Pero cuando Felipe hizo ese primer encuentro participaron ya todos los líderes de la región.
-Dadas las condiciones actuales, puede imaginarse que será un tema que abordarán pasado mañana.
-Sí, vamos a hablar de estos temas y también de otros. La verdad es que estamos escribiendo juntos un libro, que no está terminado todavía, sobre música y política, y sobre los problemas del liderazgo.
-Tal vez existan entre ustedes otras afinidades al margen de la actualidad. ¿No le parece que ser director de orquesta es ser también un poco un político, en el sentido de que debe administrar fuerzas e intereses en ocasiones opuestos?
-Yo no diría tanto, realmente. Por lo menos diría que no "político" en el sentido cotidiano de la palabra, aunque sí en el sentido de que para ser un buen músico hay que tener un sentido de la estrategia. Uno no se puede sentar al piano a tocar una sonata de Beethoven o ponerse a dirigir una sinfonía de Bruckner sin tener un sentido de la estrategia; es decir, sin saber cómo construir la obra. Y hay asimismo algo en común con el liderazgo. Entonces está por un lado la estrategia, la línea larga, y al mismo tiempo la táctica, cómo hacer para lograr lo que uno quiere. Es justamente esa fluctuación entre estrategia y táctica lo que convierte también a alguien en un gran músico.
-El que hará con Felipe González no será su primer libro. Aparte de Paralelismos y paradojas, las conversaciones con Edward Said, escribió también Mi vida en la música y El sonido es vida. ¿Usted escribe para comunicar sus ideas o para tener más claras para sí mismo ciertas ideas?
-Qué curioso. Es una pregunta fundamental que nunca me habían hecho. Ahora, al pensarlo, le diría que ambas cosas. Para comunicar algo necesito tenerlo claro primero. Desde muy joven escribo notas sobre temas que me parecen importantes o frases que leo o ideas que se me ocurren. Llevo siempre encima un cuaderno para anotar esas cosas. Y tener después todo eso junto me ayuda a aclararme y entenderme a mí mismo.
-Es una tradición, la del músico que escribe, a la que pertenecen también Glenn Gould, Alfred Brendel y, muy especialmente, Wilhelm Furtwängler.
-Furtwängler escribía muy bien, sí. Todo lo que escribió resulta interesantísimo y creo que sumamente útil para cualquier músico. Debo confesar que yo mismo aprendí muchísimo leyendo sus escritos. Lo único un poco negativo es lo que dice sobre la música contemporánea y la condena de la atonalidad.
-Se refiere a "Ensayo sobre la música tonal y la atonal", en el que Furtwängler habla del orden tonal como de una ley de la naturaleza, ¿no es así?
-Sí, claro.
-Pero de todos modos, esa idea de Furtwängler había sido refutada anticipadamente por Schönberg, cuando observó que la tonalidad era en verdad histórica.
-Por supuesto, sí. Y por esa misma razón, es lo único que puede decirse en contra de sus ensayos.
-La manera en la que usted escribe sobre música es de todos modos sumamente singular, más bien objetiva. Recuerdo esa idea suya según la cual lo que decimos de la música dice más de nosotros que de la música misma.
-Es que no se puede explicar la música con palabras. La música empieza cuando la palabra termina.
-Aparte de lo que escribe, maestro, ¿qué suele leer o qué le gusta leer?
-No leo tanto como quisiera por falta de tiempo, pero sí, leo mucho. Ficción muy poco. Leo sobre todo filosofía y, en un plan un poco más ligero, biografías. La biografía es un género que siempre me interesó mucho, y no hablo de biografías de músicos para entender las obras. Me refiero a biografías en general. Yo no creo realmente que se pueda aprender mucho de la vida de un compositor para la interpretación. A veces la vida y la obra van juntas; a veces separadas y a veces incluso, en direcciones opuestas. Mire, Beethoven, en el momento más terrible de su vida, cuando pensó en suicidarse, terminó la Segunda sinfonía, que no es una obra que tenga tantas sombras, ¿no?
-¿Podría decirse que el iluminismo ejerció una fuerte influencia en su pensamiento?
-Es probable, pero mi gran maestro en filosofía fue siempre Spinoza. No sé decirle por qué, pero mi amor hacia la filosofía empezó por ahí. Naturalmente, leí y me interesó mucho la filosofía griega y también la medieval, sobre todo Maimónides y Averroes. Después también Kant, y especialmente Kierkegaard. Pero no creo que haya una línea en todo eso.
-¿A qué edad leyó por primera vez la Ética de Spinoza?
Empecé a leer el libro a los catorce años. Pero es algo para leer toda la vida.
-Una especie de Biblia de la razón. ¿Y cuál su relación con la Biblia?
-No muy profunda, para ser sincero. Estudié la Biblia como se la estudiaba en la escuela, en Israel. La educación era allí muy secular, con una base de pensamiento filosófico. Pero después, no sé por qué, no me ocupé demasiado de la Biblia. ¡Le cuento que no hay tiempo para todo!
-Cuando hablaba antes de Furtwängler, pensaba que, a diferencia de él, usted realizó una tarea muy comprometida en la difusión de la música contemporánea, sobre todo de Pierre Boulez y de Elliott Carter. Ya dirigió obras del primero en Buenos Aires, ¿planea traer piezas del segundo?
-Ah, sí, claro que sí. Alguna próxima vez voy a traer música de él. Me encanta, me interesa muchísimo la música de Carter. Me sorprende que las orquestas que salen de gira no traigan más piezas contemporáneas. Ahora haremos dos obras del siglo XX. Y el año que viene haremos Schönberg de nuevo, a quien aunque más que contemporáneo es ya un clásico, tampoco se lo escucha tan a menudo.
-El Festival Barenboim seguirá los próximos dos años, entonces.
-Ésa es la idea. Que el Festival sea de tres años.
-¿Y el proyecto prevé que vuelva también Argerich?
-En principio, la idea es que volvamos siempre con la Orquesta del Divan. En cuanto a Martha, ojalá que vuelva también. Pero, usted sabe, con ella hay que ser cuidadoso. Con Martha no se puede aplicar una seducción veloz.
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